Seis días de lluvia 87
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A las siete, Gideon había conseguido que una casa vacía pareciera habitada por un príncipe.

Había tapices flamencos en las paredes y una alfombra gruesa en el suelo.

La araña de cristal multiplicaba las llamas en los espejos de marco de plata.

En cuatro mesas había fiambres, pasteles de caza, hojaldres, frutas y confituras, y la vajilla estaba puesta para dos, aunque había platos para veinte.

Los criados contratados aquella tarde daban los últimos toques en los salones.

Gideon contemplaba su obra desde un banco de la cocina, dolorido, y con una satisfacción que no podía evitar.

Sabía vestir una habitación casi tan bien como vestía al rey.

Jasper Quill colocaba las copas sin hacer bromas.

—Aquí tenéis la cinta roja y negra.

Sobre una mesa esperaban seis pares de guantes perfumados en cajas de papel jaspeado, cada uno con su cinta de un color. Faltaba el séptimo.

Jasper le entregó un envoltorio. Dentro había un par de guantes de cabritilla blanca, con los puños bordados en plata.

—Os lo pido por última vez. No me obliguéis.

—Podéis negaros —dijo Jasper—. Volveréis a Newgate y Danby recibirá mis cartas con vuestro nombre en el margen. Elegid.

Gideon sacó el envoltorio de Crowe. Dentro quedaba un polvo rojizo.

Lo llevó a una mesa limpia, lejos de la comida.

Dio la vuelta al guante derecho hasta dejar a la vista la palma y los dedos.

Humedeció con perfume una espátula de hueso, recogió un poco de polvo, formó una pasta y la extendió por el interior de la piel.

Le temblaban las manos y le caían lágrimas sobre la camisa.

Era el hombre que había jurado en el Grifo Rojo que ningún guante saldría de su guardarropa sin que él lo revisara.

El hombre que había visto el pañuelo rojo y se había callado, y que había visto a Jasper quemar la carne.

Ahora hacía, con sus propias manos, lo mismo que había hecho Carstairs.

—Otra vez —dijo Jasper.

Gideon repitió la operación. Y luego una tercera vez. Esperó a que se secara y volvió a dar la vuelta al guante con la espátula, sin tocar el interior. Por fuera seguía blanco, suave y perfecto.

Al terminar, lo guardó con su pareja en una caja de falso nácar y le ató la cinta roja y negra. Jasper la puso sobre un cojín de terciopelo en el centro de la bandeja, rodeada de las otras seis.

—Ahora podéis descansar.

Gideon recogió la capa, la espada y el sombrero y siguió a Jasper escaleras abajo. En el patio, el bufón dejó la vela y abrió la puerta de la calle.

Entonces Gideon echó a correr.

No supo cuánto tiempo estuvo corriendo. Cuando se atrevió a pararse, solo se oían a su espalda el viento y la lluvia. No reconocía la calle. Londres estaba a oscuras, y el agua le borraba las fachadas. Se sentó en el escalón de una casa cerrada, tiritando.

—Lo he hecho. Dios mío, lo he hecho.

Entre la lluvia sonaron unas campanas. Reconoció la torre.

—Fulham. He llegado hasta Fulham.

El palacio del obispo estaba cerca. Corrió hasta la portería y tiró de la campana con las dos manos.

—Tengo que ver al doctor Compton. Es un asunto que importa al rey.

Compton estaba leyendo. Se levantó al ver a Gideon empapado, lívido y tembloroso.

—¿Qué ha pasado?

—Alguien va a morir. Quizá haya muerto ya.

Compton cogió el manto y ordenó que ensillaran dos caballos. Salió al patio sin esperar escolta.

—Contádmelo mientras cabalgamos.

—He puesto veneno dentro de un guante. La caja tiene una cinta roja y negra. Está en una casa de Great Queen Street que he preparado para una cena de dos.

—¿Para quién es?

—No lo sé. Me lo encargó Mercy Lane. Jasper me obligó a hacerlo.

Compton pensó en la hija de Rose, en Julian Villiers recién casado y en Lucy Ainsworth, que había denunciado a Mercy por celos. Clavó los talones en el caballo.

—¡Más deprisa!

Atravesaron Charing Cross, el Strand y Drury Lane con las capas pegadas al cuerpo. Al entrar en Great Queen Street oyeron en la oscuridad un choque de espadas, varios golpes rápidos y un grito.

Más adelante, un hombre se arrodillaba junto a un cuerpo.

—Es ahí —dijo Gideon.