86
Gideon Vale contó el dinero por tercera vez.
Sesenta mil guineas. No faltaba ni una.
Los sacos cubrían la mesa del cuarto secreto y parte del suelo.
Crowe había salido de Newgate con la orden de Danby y había ido derecho a casa de Marsh, y este le había devuelto todo el dinero.
Solo faltaban las monedas que los alguaciles le habían quitado la noche que lo apresaron.
No le importó. Anne tendría una dote. Él compraría tierras cerca de Witney y se retiraría allí con Elizabeth a criar al niño que esperaba.
Se tocó el bolsillo. El envoltorio de Crowe seguía allí.
—Lo quemaré —murmuró.
Elizabeth y Anne ordenaban las habitaciones saqueadas. Elizabeth clavaba otra vez un tapiz y canturreaba en voz baja. Anne iba de negro desde que había salido de Newgate. No había dicho una palabra en todo el día.
—Elige el terciopelo que quieras —le dijo Gideon a su mujer—. Te compraré todo lo que quieras.
Elizabeth le sonrió desde la silla. Anne lo miró de una manera que él no supo descifrar, y siguió doblando ropa.
En el guardarropa lo esperaba Jasper Quill, con una escudilla de madera en la mano.
—Buenos días, hermano Gideon. Tengo hambre, y sé que vos tenéis derecho a ración de la despensa.
Gideon le hizo traer una empanada, vino y confituras. Los oficiales lo miraban de reojo. Jasper comió deprisa y luego se lo llevó a su cuarto y echó la llave.
—Mercy Lane os espera en su casa. Tiene un encargo para vos.
—No iré. Danby ha enterrado lo de Carstairs. Ya no podéis amenazarme con Newgate.
Jasper sacó un legajo y le puso una carta en las manos. Gideon leyó el nombre de Danby, el de Barillon y unas cifras que le hicieron sentir frío.
—Si le entrego estas cartas al conde a cambio de vuestra vida —dijo Jasper—, ¿cuánto creéis que tardará en aceptar?
Gideon se tocó el cuello.
—Iré.
La casa de Mercy estaba en penumbra. Caleb le abrió y lo condujo a una sala con muchas guineas apiladas sobre la mesa. Mercy estaba de pie junto al balcón. Tenía los ojos brillantes de fiebre y respiraba con esfuerzo.
—Tomad el dinero que necesitéis. Quiero una casa preparada para recibir a dos personas esta noche, a las ocho. Tengo una vacía en Great Queen Street.
—¿Qué clase de recibimiento?
—El que prepararíais para el rey.
Gideon volvió a mirar el oro.
—Apenas quedan siete horas.
—Contratad a la gente que haga falta.
Mientras hacía cuentas de carreteros, tapiceros y cocineros, Gideon miró por la puerta entornada de la alcoba. Sobre la cama había un vestido de raso blanco bordado en oro, extendido como si alguien lo hubiera sacado de un arcón después de mucho tiempo.
Mercy se quedó en silencio con los dedos hundidos en la tela de la falda. Después habló.
—Tengo otro encargo para vos.
—¿Cuál?
Mercy abrió la boca y no le salió ninguna palabra. Lo intentó otra vez.
—Un veneno que mate en el acto.
Gideon retrocedió hasta rozar la puerta.
—No me pidáis eso.
—Os lo estoy pidiendo.
—¿Para quién?
—Nada de preguntas. Prepararéis un par de guantes de cabritilla blanca, y el veneno irá dentro del derecho, en cantidad suficiente para que nadie pueda socorrer a quien se lo ponga. Los ataréis con una cinta roja y negra para que yo los reconozca en cuanto los vea.
Gideon pensó en Lucy Ainsworth, en la propuesta de Jasper en aquella misma sala y en la respuesta del bufón en Newgate: para quien ella decida. No preguntó nada más.
Mercy se sentó a escribir las instrucciones. Le caían lágrimas sobre la hoja y le emborronaban algunas letras, pero la mano no le tembló. Secó la tinta, dobló el papel y lo retuvo unos segundos antes de dárselo.
—Marchaos.
Gideon salió casi corriendo y tropezó con Jasper en el umbral.
—¿Haréis lo que os ha pedido?
Gideon miró el papel.