Seis días de lluvia 85
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Lucy llevaba horas boca abajo en la cama, vestida. Había perdido la cuenta de las veces que había llorado. Mistress Ursula y otra dama esperaban junto a la puerta sin saber qué hacer.

Una doncella asomó la cabeza.

—La reina, milady.

Lucy se incorporó de golpe, con el pelo pegado a las mejillas. Catalina ya estaba en la puerta.

—¿Sabéis algo de Julian?

—Está vivo, y te traigo algo.

La reina sacó un pliego de la manga. Lucy reconoció el sello y leyó la orden entera dos veces. Allí estaba la libertad de sir Julian Villiers, sin ninguna condición.

—¿Cómo la habéis conseguido? Anoche el rey se negó a concederla.

—No la he conseguido yo. Me la trajo Jasper Quill esta tarde. No me dijo de dónde la había sacado, y no quise preguntárselo. —Catalina le tomó la cara—. Ve a buscar a tu marido.

Lucy besó las manos de la reina y salió corriendo. Diez minutos después iba en coche hacia Westminster.

En la Gatehouse, el alcaide examinó el pliego de arriba abajo.

—Otra dama —murmuró—. Y también hermosa.

—¿Hay algún problema con la orden?

—Ninguno, milady. Está en regla. Aunque el preso tendrá que pagar el alojamiento y los derechos de la casa, naturalmente.

—Se pagarán. Llevadme con él.

Subieron por una escalera estrecha hasta una puerta de hierro cerrada con tres cerrojos y tres candados. El alcaide tardó en encontrar la primera llave.

Lucy golpeó la puerta con la mano abierta.

—¡Julian!

—¡Lucy!

Cayó el último candado. Se abrazaron antes de que el alcaide terminara de darles la espalda.

—Os he traído la orden de libertad.

—¿Quién os la ha dado?

—La reina. Y a la reina se la dio Jasper Quill. No sé cómo.

Julian no respondió. Lucy le notó algo en la cara que no supo interpretar y lo atribuyó al cansancio de la prisión.

En el cuerpo de guardia, el alcaide les presentó la cuenta: la cámara alta donde había pasado su última noche sir Walter Raleigh, la cama de pluma, las sábanas de Holanda, doce sillas, un candelero de plata, la comida del White Hart, una vela de cera y los derechos de carcelaje.

En total, diez libras y once chelines.

—Dadle doce guineas —dijo Julian a Lucy—. Y vámonos ya.

El alcaide se apresuró a abrir y les deseó una larga y feliz vida mientras cruzaban el umbral.

Lucy no le soltó la mano a su marido hasta que estuvieron dentro del coche. Entonces cerró los ojos y soltó el aire.

—Pensé que os perdía.

—Estoy aquí.

Ella apoyó la cabeza en su hombro. Julian miraba por la ventanilla. Lucy esperó a que le contara cómo había pasado la noche, qué le habían dicho o qué había pensado. No le contó nada.

Al llegar a Whitehall, él la ayudó a bajar.

—Esta noche tengo que salir un rato.

—¿Adónde?

—A cerrar un asunto.

Lucy le sostuvo la mirada. Le había prometido no interrogarlo cada vez que cruzara una puerta, y lo cumplió.

—Volved sin haber dicho nada que mañana no podáis repetirme.

Julian asintió.