Seis días de lluvia 84
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Julian había contado diecisiete pasos entre la cama y la ventana. Llevaba tantas horas recorriéndolos que ya sabía qué tabla crujía y cuál no.

Por la mañana había vuelto a ofrecerle una moneda al carcelero. El hombre la había rechazado.

—Me han prohibido hablar con vos.

A media tarde oyó pasos en la escalera y el ruido de las llaves en la cerradura.

—Una dama pide veros. Trae una autorización de sir Bartholomew Crane y quiere hablar con vos a solas.

—¿Qué dama?

—No ha dicho su nombre.

Por primera vez desde que lo habían detenido, Julian sintió que podía respirar. Lucy había conseguido llegar hasta él.

Entró una mujer envuelta en un manto oscuro. Esperó a que se cerrara la puerta y se echó atrás la capucha.

—¡Mercy!

La sonrisa se le borró a Julian de la cara.

—Esperabais a vuestra esposa —dijo ella.

Estaba pálida y se movía con cuidado, como si un mal paso pudiera hacerla caer. Sacó un pliego de debajo del manto. Julian reconoció el sello.

—He venido a sacaros de aquí. Seréis libre en cuanto entreguen esta orden. Pero quiero que sea Lucy quien os la traiga. Os acusan de intentar matar a Rowley.

—Nos batimos cara a cara.

—Podríais contárselo a un juez. Pero tendríais que explicarle también qué buscabais en la ropa de Rowley y adónde fueron a parar las cartas. No podéis defenderos sin poner en peligro a la reina. Jasper lo sabía.

—¿Fue Jasper quien hizo que me prendieran?

—Él convenció al rey y obligó a Danby a abrir la causa.

Creía que así me ayudaba. Esta mañana le pedí que deshiciera lo que había hecho.

Danby ha firmado porque Jasper tiene poder sobre él, y Jasper me escucha a mí.

—Hizo una pausa—. Rochester también está preso, o lo estaba. Nadie sabe ahora dónde está.

Julian se quedó mirando el papel.

—Solo quería que supierais quién ha traído esta orden, aunque sea Lucy quien os abra la puerta.

Se apoyó en el respaldo de una silla. Le temblaban los dedos.

—Estáis enferma.

—Tengo un poco de fiebre.

—No deberíais haber salido de casa.

—Ya me regañaréis cuando estéis fuera.

Intentó sonreír, pero se le doblaron las rodillas. Julian la sujetó antes de que cayera y la ayudó a sentarse. Se arrodilló delante de ella. Le ardía la frente.

—Me habéis salvado la vida.

—Solo os he traído un papel.

—Sabéis que es mucho más.

Le tomó la cara entre las manos. Mercy le detuvo las muñecas antes de que acercara la boca.

—No. No me deis durante un segundo lo que después me vais a negar toda la vida.

Se levantó apoyándose en la silla, volvió a cubrirse con la capucha y llamó a la puerta.

—Esperad —dijo Julian—. Quiero volver a veros.

Ella tardó en responder.

—Esta noche, a las ocho, junto a la estatua del rey mártir, en Charing Cross.

—Allí estaré.

El carcelero abrió. Mercy salió sin mirar atrás.