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Danby llevaba despierto desde antes de las primeras campanas.
La lluvia golpeaba los cristales de su despacho y Sayer escribía tan deprisa como el conde dictaba: empleos para los caballeros de los condados, contratos para los comerciantes de la City y aplazamientos de derechos atrasados en los puertos del oeste.
—No bastará —dijo Sayer.
Danby se volvió desde la ventana.
—Ayer me hablasteis de pedir perdón. Explicaos.
Sayer comprobó que la puerta estuviera cerrada.
—Un perdón general bajo el Gran Sello. Que cubra todo lo que hayáis hecho al frente del Tesoro y del gobierno hasta el día en que se firme, lo que se sabe y lo que todavía no se sabe.
Si alguien quiere acusaros, primero tendrá que discutir el alcance del perdón.
Los Lores, los Comunes, los jueces y el rey defenderán cada uno su interpretación. Esa pelea os hará ganar años.
Danby pensó en la perdiz, en Carstairs y en un bufón que se paseaba por su gabinete como por su casa.
—¿Lo firmará Carlos?
—Si se le presenta como una protección para un servidor leal, puede que lo firme.
—Preparad el borrador. Tratad con los oficiales del lord canciller. Quiero el pergamino sellado antes de que mis adversarios entiendan su alcance.
Sayer recogió las hojas. En la puerta se cruzó con un mensajero que traía una noticia: el coche que llevaba al conde de Rochester a Oxford había sido asaltado en el camino. El preso había desaparecido.
Danby miró a su secretario. Sayer se puso pálido.
—Que no lo busquen —dijo el conde, después de pensarlo—. Un Rochester desaparecido me molesta menos que uno sentado ante un tribunal.
Sayer salió casi corriendo.
Al poco le anunciaron a Gideon Vale. Venía con la ropa colgándole, el pelo revuelto y aspecto de haber envejecido otra vez durante la noche. Hizo tres reverencias antes de atreverse a hablar.
—Jasper Quill me encarga deciros que Mercy Lane os espera en su casa.
—Iré. ¿Algo más?
—Me acusan de haber matado al mayor Carstairs.
—¿Lo matasteis?
—Tropecé con él a oscuras, con la daga en la mano. No sé si llegué a tocarlo.
Danby sabía quién había puesto a Carstairs en aquella calle. Se guardó la sonrisa.
—No os ahorcarán por eso. Me encargaré de que esa causa quede olvidada.
Gideon no se movió.
—Mi familia sigue presa. Elizabeth, Anne, Kit Latch y Ephraim Crowe. Os ruego que los saquéis de Newgate.
—¿También ellos tropezaron en una calle oscura?
Gideon fingió no entender.
Danby pensó deprisa. Cuatro presos en Newgate eran cuatro bocas a la espera de un juez.
Antes o después, alguna diría el nombre de Carstairs, luego el de Rowley y después el del ministro que ascendió a aquel mayor por recomendación de su secretario.
Fuera de la cárcel y lejos de cualquier tribunal le resultarían más baratos.
Escribió la orden de libertad provisional, suspendió las diligencias y remitió los autos a Sayer.
—¿Respondéis por los cuatro?
—Sí, milord.
Gideon tomó el papel con las dos manos y salió casi corriendo, como si temiera que el conde cambiara de opinión.
Danby se echó la capa sobre los hombros. Iba a casa de Mercy Lane, y sabía lo que le iba a pedir: el hombre al que amaba estaba preso en la Gatehouse por orden suya. Sabía también que no podría negárselo, porque detrás de Mercy estaba Jasper Quill.