Seis días de lluvia 82
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El coche avanzaba hacia Oxford con las ventanillas cerradas. Las ruedas saltaban en los surcos, y los caballos de la escolta chapoteaban en el barro.

De pronto sonó un disparo junto a la portezuela.

Un hombre gritó.

El coche frenó en seco. Sonaron dos tiros más, gritos, choques de acero y relinchos.

Después, silencio.

A los pocos segundos, algo arañó la cerradura. Entró la luz de una linterna y apareció un hombre embozado.

—Por fin he dado con la llave. Uno de esos alguaciles la guardaba demasiado bien. Ahora tiene problemas más urgentes.

Rochester reconoció la voz.

—¡Ned Rook! ¿Quién te envía?

—Una mujer que os quiere. Esta tarde, en una taberna, se me ha presentado Barnaby Naylor, el criado de la condesa de Norwood.

Traía treinta guineas por adelantado y otras treinta para cuando terminara.

Tenía que esperar en el camino de Oxford a un coche escoltado por cuatro alguaciles, quitarles el preso y llevarlo de vuelta.

No me dijo que fuerais vos, aunque lo supuse.

—¿Y los alguaciles?

—Uno tiene un balazo en el hombro y los otros tres corren hacia Oxford a contar que los asaltaron veinte hombres.

—Déjame en Londres y te pagaré el doble.

—Me pagaríais el doble, pero le tengo más miedo a la condesa que a vuestra espada, y eso que conozco bien vuestra espada.

—Ned bajó la linterna—. Aunque os traigo una noticia.

El rey le ha levantado el destierro a Norwood.

En realidad, nunca ha estado tan lejos como parecía.

Desde hace un mes entra en Londres antes del alba y vuelve de noche. Yo mismo le he llevado cartas.

Rochester se quedó mirándolo.

—Eso obligará a Charlotte a esconderme mejor.

—Eso he pensado yo también. —Ned sonrió bajo el embozo—. Os entrego a la condesa porque es ella quien me paga. Lo que pase después ya lo veremos, según quién pague más.

Hizo detener el coche junto al puentecillo de Knightsbridge y cerró la portezuela desde fuera. Rochester se quedó a oscuras. Pensó en Julian, preso en la Gatehouse. Si al muchacho le pasaba algo, ¿qué le diría a Buckingham?

La portezuela se abrió de nuevo.

—Tomad mi brazo, milord. El suelo resbala.

Lo llevaron unos pasos en la oscuridad hasta otro coche. Desde dentro, una mano tomó la suya. Reconoció el perfume.

El asiento era de cuero gastado. Charlotte había elegido un coche que no la delatara. Durante un buen trecho, Rochester solo oyó el traqueteo y la respiración contenida de la condesa.

—Sois el hombre más miserable que he conocido —dijo ella al fin—. Os confié mi amor y quisisteis huir. ¿Cuánto pensabais tardar en reíros de mí?

—Amaros no me ha dado muchos motivos para reír.

—Os he sacado de una prisión para meteros en otra.

—Si la carcelera sois vos, me costará protestar.

—Me dijisteis que la distancia no borraría lo nuestro. Pero yo no quiero un recuerdo, John. Quiero teneros.

Rochester la quería de verdad. Pero había vuelto a Londres por Buckingham y por un muchacho de Witney, y se había servido de ella como aliada sin medir lo que podía costarle. Había creído que la conocía lo bastante para hacerlo sin consecuencias. Se había equivocado.

—Norwood ha vuelto —dijo—. Si os empeñáis en esconderme, se enterará. Habéis puesto este secreto en manos de criados y de hombres que venderían una historia por una moneda.

—Que se entere. Fuisteis vos quien me enseñó a despreciar lo que dicen los demás.

El coche se detuvo. Bajaron junto a una cerca, y un postigo se abrió y se cerró detrás de ellos. Subieron una escalera a oscuras. Charlotte le apretaba la mano.

Abrió una puerta y tiró de él.

El salón estaba iluminado por decenas de velas.

En la mesa había cubiertos para dos, con vajilla de oro y cristal de Venecia.

Las armas de Norwood aparecían en las fuentes y en los tapices.

Charlotte cerró la puerta y se quitó el manto.

Llevaba puesto su vestido de novia: seda blanca, encajes de plata y una cruz de diamantes sobre las perlas del cuello.

Rochester comprendió que había preparado aquella estancia para representar a solas la boda que nunca podrían celebrar.

—Os he traído a mi cámara nupcial.

Se sentó y le señaló el sillón de enfrente. Tenía los ojos encendidos y la cara todavía húmeda.

—Cenemos.