Seis días de lluvia 81
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El carcelero lo llevó a una habitación junto a las dependencias del alcaide. Allí lo esperaba Jasper Quill, con la capa y el sombrero mojados sobre una silla, paseando de un lado a otro con los brazos cruzados.

—Acercaos, señor Vale. Sois cobarde, codicioso y más torpe de lo que creía.

—Creí que veníais a ayudarme.

—He venido a sacaros de Newgate. —Jasper se detuvo—. Os encontraron en Hart Street junto al cadáver de Carstairs, con la daga en la mano. Sabíais que visitaba a vuestra mujer y que entraba en esa casa. Crane ya tiene un muerto, un motivo y vuestra arma. Puede ordenar los hechos como más le convenga.

—¿Fuisteis vos quien me puso ese muerto delante?

Jasper le sostuvo la mirada.

—Yo no os puse delante de nada.

Gideon no supo si aquello era una respuesta. Se echó a llorar.

—Habéis dicho que me sacaríais.

—Si aceptáis el precio. No quiero dinero. Quiero que matéis a alguien que yo os diré.

—No soy capaz de clavarle una daga a nadie.

—Sois el guardarropa mayor del rey. Por vuestras manos pasan prendas, guantes, cintas y perfumes. Podéis acercaros a personas a las que ningún espadachín llegaría nunca.

Gideon notó el papel de Crowe dentro del puño. Lo sacó sin querer, lo miró y volvió a cerrar la mano.

—Veneno —dijo.

Jasper miró aquella mano y no dijo nada. Gideon comprendió que el bufón ya sabía lo que contenía.

—No. Eso no me lo pidáis.

Jasper se encogió de hombros y caminó hacia la puerta.

—Esperad —dijo Gideon—. Necesito pensarlo.

Pensó en la soga de Tyburn, en las sesenta mil guineas de Marsh y en Anne llorando en el banco de piedra.

—Estuve en casa de Mercy Lane cuando hablasteis de un guante para lady Villiers. Lo oí. Es para ella, ¿verdad?

—Mercy dijo que no.

—Entonces, ¿para quién es?

Jasper tardó en contestar.

—Para quien ella decida.

Gideon se tapó la cara.

—Si acepto, esa muerte será obra vuestra. Me obligáis a elegir entre mi vida y la de alguien a quien quizá ni siquiera conozca.

—Yo cargaré con la culpa.

—Y si sabéis que es un crimen, ¿por qué queréis cometerlo?

—Mis razones no os importan.

Gideon bajó la cabeza.

Jasper llamó al carcelero.

—No lo devolváis al calabozo. Dentro de dos horas saldrá bajo fianza. Edmund Marsh responderá por él.

—¿Marsh? —preguntó Gideon.

—Marsh tiene vuestro dinero y le debe la vida a la discreción de demasiada gente. Pagará. —Jasper se echó la capa sobre los hombros—. Londres será vuestra cárcel. Si intentáis huir, lo sabré. Mañana iré a buscaros a vuestras habitaciones de Whitehall.

Se marchó sin despedirse.

Gideon se quedó solo con el carcelero. Abrió la mano. El papel se había ablandado con el sudor.