Seis días de lluvia 80
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El farol de hierro apenas alumbraba el calabozo de ingreso. Detrás del cristal empañado ardía una llama diminuta, las paredes rezumaban humedad y un banco de piedra recorría dos de los lados.

Gideon volvió en sí en el rincón más oscuro. Al cabo de un rato distinguió a los demás presos. En un extremo había dos hombres. En el otro, dos mujeres abrazadas; una de ellas lloraba en silencio. Se palpó la casaca de nuevo.

—Hasta la justicia me roba —repitió.

—Callad —dijo un hombre desde el banco—. No sois el único desgraciado de este cuarto.

Gideon reconoció la voz.

—¡Kit Latch!

Fue a por él. El otro hombre se levantó y lo sujetó.

—¿Así recibís a los viejos conocidos, señor Vale? —le preguntó Ephraim Crowe.

Las dos mujeres se pusieron en pie. Gideon vio primero a Anne, con la cara bañada en lágrimas. Luego a Elizabeth.

—¡Estáis vivas!

Elizabeth le echó los brazos al cuello y Anne se abrazó a su costado. Durante unos segundos, Gideon olvidó el arcón reventado, la huida y el cadáver de Hart Street.

Después se apartó.

—Intentasteis matar a la reina.

Elizabeth palideció.

—¿Quién os ha dicho eso?

—Ralph Pomeroy llevó la perdiz a su mesa. Después, Kit lo envenenó para que no hablara. Está muerto.

Anne soltó un grito.

—¿Ralph?

Gideon se volvió hacia su hija. Hasta ese momento no había entendido del todo lo que había entre aquel paje y ella. Lo entendió al verle la cara.

—Murió en una escalera de Whitehall —dijo, más despacio—. Jasper Quill estaba con él. Sus últimas palabras fueron para ti.

Anne se cubrió el rostro. Kit, en el banco, apartó la vista hacia la pared.

Crowe no soltó a Gideon.

—Os han contado mal lo de la perdiz. No llevaba veneno, sino polvos de la voluntad.

Se preparan para una persona concreta, según su sexo, el día de su nacimiento y otras cosas.

A ella le inclinan el ánimo. Si los toma otro, pueden matarlo.

Rowley los mandó hacer para que Catalina obedeciera a su marido y dejara de conspirar contra Danby.

Era una patraña, y Gideon lo sabía. Pero creérsela significaba que su mujer y su hija no habían intentado asesinar a la reina.

Así que decidió creerla.

—¿Y mi dinero? —preguntó.

—Está a salvo —dijo Crowe—. En casa de Edmund Marsh. Yo mismo se lo llevé, y solo me lo devolverá a mí. Mientras siga preso, no cobraréis una guinea. Todos estamos aquí por vuestra denuncia.

—¿Mis sesenta mil guineas?

—Allí os esperan. Vos decidís si queréis volver a verlas.

Kit soltó una risa seca desde el banco.

—Dejad ya lo de los polvos, Crowe. Era veneno. Carstairs me lo dijo y me prometió una fortuna. Avisé a Elizabeth antes de que sirvieran la perdiz, y ella se llevó a Anne y el dinero.

Anne lo miró como si lo viera por primera vez.

—Tú le diste el vino a Ralph.

Kit no contestó.

—Os acusan de matar a Carstairs —le dijo Crowe a Gideon—. Si decís que vuestra mujer era su amante, le dais al juez el motivo. Si decís que es una mujer honrada que huyó para protegeros, podréis defenderos. Y después cobraréis vuestras guineas.

—Yo no lo maté.

—¿Estáis seguro?

Gideon abrió la boca. Recordó que iba a oscuras, con la daga por delante, y que tropezó y cayó sobre un peso que no se movía.

—No lo sé.

La verdad podía llevarlos a todos a la horca. La versión de Crowe le prometía recuperar a su familia, la libertad y el dinero.

Al otro lado de la puerta sonaron pasos. Crowe se inclinó hacia Gideon y le metió algo en la mano: un papel doblado y arrugado.

—Guardadlo vos. A mí me registrarán.

Giraron tres llaves y se descorrieron tres cerrojos. Apareció un carcelero.

—Gideon Vale. Salid.

Gideon cerró el puño sobre el papel. Por el tacto supo que dentro quedaba polvo. Al salir no miró a nadie, ni siquiera a Anne.