Seis días de lluvia 79
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Evelyn encontró a Gideon al fondo del pasadizo, acurrucado contra la pared y envuelto en su capa.

—¿Quién va?

—Soy yo, señor Vale. Podéis salir. El conde quiere que os vayáis a descansar. Se ha hecho tarde.

—Llevo dos horas escondido sin atreverme casi a respirar.

La siguió hasta el patio. Evelyn fue derecha al postigo de Hart Street y descorrió el cerrojo. El viento metió la lluvia sobre las losas.

—Id con Dios.

—Cuando veáis a Danby, recordadle que me prometió ayuda. Y el vale de las mil guineas.

—Se lo diré.

Evelyn no disimuló la prisa. Gideon bajó la cabeza.

—Perdonadme. Los desgraciados acabamos creyendo que todo el mundo tiene tiempo para nuestras desgracias.

El postigo se cerró a su espalda. Hart Street estaba a oscuras.

Gideon no quería volver a Whitehall, a sus habitaciones selladas y al arcón vacío.

Pensó en ir a casa de Marsh. No se fiaba de él, pero tenía techo, y aquella noche le bastaba con eso.

Sacó la daga y avanzó tanteando el suelo.

A los pocos pasos tropezó y cayó de bruces.

Palpó una tela empapada y un peso que no se movía.

Al buscar apoyo, tocó una mejilla helada y apartó los dedos con un grito.

—¡Un muerto!

Al final de la calle aparecieron luces.

—¡Quieto! ¡Justicia del rey!

Dos alguaciles lo agarraron de los brazos. Crane le acercó la linterna a la cara.

—Atadlo.

—Solo he tropezado con él.

—Eso se lo diréis a un juez. Veamos quién es.

Un alguacil abrió su linterna sobre el cuerpo. La luz cayó sobre la banda de oficial, los mostachos y unos ojos entreabiertos.

—Hugh Carstairs —gimió Gideon.

—Lo conocéis.

—Fue él quien me quitó el dinero, la mujer y la hija…

Se calló. Acababa de darles un motivo.

Entonces recordó la voz de Jasper la víspera, en el cuarto del guardarropa: Carstairs no volverá a ninguna parte. Ahora entendía lo que había querido decir el bufón. Y entendía también que, si lo decía en voz alta, nadie lo creería, porque el muerto estaba a sus pies y la daga en su mano.

—Yo no lo he matado. En toda mi vida no he cortado más que paños, cintas y cordones.

—La justicia lo averiguará. Llevadlo a Newgate.

Lo obligaron a caminar con las manos atadas.

Gideon repitió que era inocente hasta que la voz se le quedó en un hilo.

Había deseado la muerte de Carstairs, lo había encontrado muerto y llevaba una daga desenvainada.

La acusación se repitió tantas veces a su alrededor que acabó mirándose las manos como si pudieran contarle algo que él no sabía.

En Newgate lo empujaron a un calabozo. Antes de cerrar, los hombres de Crane le vaciaron los bolsillos. Se llevaron las monedas, el reloj de plata, la bolsa de Compton, el medallón de san Jorge para Julian y el vale de Danby por mil guineas.

—Hasta la justicia me roba —dijo Gideon, con las manos en alto.

La puerta se cerró de un golpe. Se oyeron las cadenas y luego el cerrojo.

Gideon volvió a mirarse las manos. Por un instante le pareció ver sangre en ellas.

Se desplomó.