78
Sir Bartholomew Crane llevaba años esperando una noche como aquella. Mientras sus alguaciles golpeaban la puerta principal, los dos que vigilaban el postigo de Hart Street agarraron a un hombre que salía.
—Quedáis preso en nombre del rey.
—¿Sabéis a quién estáis deteniendo? Soy lord Latimer, hijo del conde de Danby.
Crane le acercó la linterna a la cara y lo reconoció. Le soltó el brazo, y la autoridad con la que intimidaba a tenderos y mendigos se le esfumó de la voz.
—Perdonad, milord. A oscuras no os hemos reconocido.
Latimer se lo llevó unos pasos más allá.
—Nadie sabrá que me habéis visto en esta calle.
Le puso una sortija en la mano. Crane tanteó la piedra con el pulgar y calculó su valor antes de cerrar el puño.
—Podéis confiar en mi discreción.
Latimer se perdió bajo la lluvia. Crane volvió con sus hombres.
—No habéis visto salir a nadie de esa casa.
—¿De qué casa, señor? —dijo un alguacil.
El magistrado le dirigió una mirada de aprobación.
Llamaron otra vez a la puerta principal. Se abrió y apareció un hombre embozado, con una pluma en el sombrero y un cintillo de brillantes.
—Entrad vos solo.
Crane entró y la puerta se cerró detrás de él.
—Sois magistrado de Westminster —dijo el desconocido—. ¿Os gustaría presidir el tribunal de Jamaica?
—¿Con quién tengo el honor…?
—Soy el conde de Danby.
Crane acababa de detener por error al hijo y ahora estaba dentro de la casa con el padre. Inclinó la cabeza.
—Nos han avisado de una muerte, milord. La denuncia acusa al conde de Rochester y a sir Julian Villiers, con Gideon Vale como cómplice.
—Es falso —dijo una mujer desde el fondo del zaguán.
—Guardad silencio —respondió Danby sin volverse—. Magistrado, venid.
En un patio estrecho, al pie del postigo de Hart Street, había un hombre envuelto en una capa empapada. Evelyn y una doncella lo habían subido del sótano mientras Crane aporreaba la puerta.
—¿Es el muerto que buscabais?
—Sí, milord.
—Lo encontraréis esta noche, pero en otro sitio. Sacadlo a la calle. Pensad en Jamaica. Tendréis también tres mil guineas para el viaje.
Crane habría preferido que se encargara otro. Pero en aquel patio no había nadie más.
Evelyn apagó las luces y abrió el postigo. Crane se agachó, buscó los tobillos del muerto y tiró. Necesitó tres tirones para sacarlo a la calle. Volvió jadeando.
—Ya está.
—Gideon Vale está escondido en esta casa —dijo Danby—. Cuando yo me haya ido, la señora lo hará salir por ese postigo. Cuando esté junto al cuerpo, lo detendréis por la muerte de Carstairs.
Crane tardó un instante en contestar. La denuncia anónima nombraba a Gideon como cómplice. Si el cómplice aparecía junto al muerto, lo demás se arreglaría solo. Además, ya había arrastrado el cadáver con sus propias manos: negarse ahora no lo devolvería al patio.
—Así se hará.
Danby se embozó y lo acompañó hasta la puerta principal. Los alguaciles solo vieron salir al magistrado, despedido en el umbral por el mismo caballero que lo había recibido.
—Casa registrada —anunció Crane—. No hay ningún muerto ni rastro de delito. Quienes viven aquí son gente honrada. Rodead la calle por Hart Street. Seguimos la ronda.
En el bolsillo de su casaca, la denuncia anónima seguía doblada.