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Danby y su hijo se miraron. El primero había pasado por muchas reuniones incómodas, pero ninguna como aquella: a medianoche, en casa de una mujer que lo había tomado por el rey y con un muerto en el sótano.
—Encended las velas, Evelyn —dijo Latimer—. Y después nos explicaréis qué hace aquí mi padre.
Ella obedeció. Le temblaban las manos al acercar la llama a la primera mecha.
—He venido a poner fin a vuestros excesos —dijo Danby.
—¿Mis excesos? Me apartasteis de Monmouth porque creíais que hablaría contra vos.
Latimer se volvió hacia Evelyn, la agarró de la muñeca y tiró de ella.
—Os he dado vestidos y joyas. ¿Así me lo pagáis, recibiendo a mi padre de noche?
Le dio una bofetada que resonó en toda la habitación. Danby conocía la crueldad de su hijo, pero nunca lo había visto mostrarla delante de él.
—Soltadla. Si os queda algo de vergüenza, no volveréis a hacer eso en mi presencia.
Evelyn se sentó con la mano en la mejilla. Danby fue hacia la puerta, y Latimer le cerró el paso.
—Tenemos que hablar.
—Apartaos.
—Si me atacáis aquí, Londres dirá que padre e hijo se batieron por la misma mujer. Y yo enseñaré las pruebas de vuestros tratos con Francia.
Danby se detuvo.
—Mentís.
—Barillon. Ralph Montagu. Nimega. Las cartas.
Eran los mismos nombres, en el mismo orden, que el bufón había pronunciado aquella mañana en su gabinete. Danby comprendió que Latimer no los había encontrado por su cuenta. Alguien se los había puesto en la boca.
—Evelyn, dejadnos solos —ordenó Latimer.
Ella salió con la cabeza baja.
—Sé por qué estáis aquí —dijo Latimer—. Queríais quitarme mi influencia sobre Monmouth. Hasta os habéis hecho pasar por el rey para entrar.
—¿Quién os lo ha contado?
—Jasper Quill.
Danby cerró los ojos un instante. El bufón lo había chantajeado por la mañana y había puesto a su hijo contra él por la tarde. Ahora lo había llevado hasta aquella casa a medianoche. No sabía cuántos hilos más tenía Jasper en la mano.
—Podemos seguir dándoles armas a nuestros enemigos —continuó Latimer—, o arreglar esto entre nosotros. Si Monmouth llega al trono, quiero ocupar a su lado el lugar que vos ocupáis junto a Carlos. Dejadme el camino libre.
—Puedo mandaros mañana a Flandes. O encerraros.
—Y yo puedo haceros caer desde una celda.
—Decid el precio de vuestro silencio.
—Una parte de los subsidios de Francia y de los negocios de vuestro despacho. Un asiento en el Consejo Privado. Voz en el gobierno y una parte de los cargos que repartís. Y os contaré lo que preparen Shaftesbury, Cavendish y Russell. Creen que pueden fiarse de mí.
Danby calculó lo que valía aquella información, y lo que costaría negarse.
—Acepto.
Se estrecharon la mano.
—Quedan el bufón y Gideon —dijo Danby—. Los dos saben demasiado.
—Jasper haría cualquier cosa por Mercy Lane. Gideon lo ha perdido todo y está muerto de miedo. Podemos tenerlos sujetos. —Latimer se ajustó la capa—. Apartad a Compton del rey. Y que se procese a sir Julian y a Rochester.
Abrió la puerta. Evelyn esperaba fuera, con la marca de la mano todavía en la cara.
—Si la queréis, os la cedo —le dijo a su padre—. Nunca pensé en ella más que para aprovecharme.
Iba a marcharse cuando unos golpes sacudieron la puerta principal.
—¡Abrid a la justicia del rey!
Evelyn miró al hijo y después al padre. Danby se dirigió a ella.
—No soy Carlos, pero puedo sacaros de aquí. ¿Vendréis conmigo?
—Si me ayudáis a vengarme.
—¿De quién?
—De vuestro hijo. No pienso olvidar este golpe.
Latimer soltó una risa breve.
—Elegís un mal momento para decirlo, estando yo delante.
Volvieron a golpear la puerta.
Danby pensó en el sótano. Un muerto, un magistrado en la puerta, el lord tesorero de Inglaterra en casa de una mujer de dudosa reputación y su propio hijo como testigo.
—Desde este momento —dijo—, ninguno de nosotros ha oído ni dicho nada.