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Evelyn Wynne llevaba toda la tarde vistiéndose para un hombre al que iba a recibir a oscuras.
Le resultaba absurdo, y aun así no podía dejar de hacerlo.
Él no vería el brocado, pero lo tocaría.
No vería las joyas, pero notaría su peso.
Arreglarse la mantenía ocupada, y estar ocupada le impedía pensar en el sótano.
Tras la muerte de Carstairs había hecho lo que le ordenó el bufón.
Soltó a los criados uno por uno, les hizo repetir que el mayor se había ido por el postigo y no despidió a ninguno.
Aquella noche los había mandado a las habitaciones del fondo.
El cadáver seguía abajo. Evelyn bajaba la voz incluso cuando estaba sola, como si el muerto pudiera oírla a través del suelo.
Gideon Vale le había prometido que esa noche vendría alguien capaz de protegerla. Ella quería creer que sería el rey.
A lo lejos dieron las doce. Se oyeron pasos en la calleja y una llave en el postigo. Llevó la bujía al dormitorio, encendió una linterna sorda, cerró la tapa y apagó la vela.
—¿Estáis ahí, señora? —preguntó Gideon desde la habitación de al lado, con voz temblorosa.
—Aquí. ¿Viene con vos vuestro acompañante?
—No me hagáis esperar más —dijo otra voz.
Evelyn no había oído hablar nunca al rey. Aquella voz era grave, segura y acostumbrada a mandar. No le pareció que pudiera ser de otro.
—Podéis retiraros, Gideon.
Gideon se alejó por el pasadizo. Evelyn oyó acercarse al visitante a tientas.
—Tended la mano. Os guiaré.
Los dedos de él encontraron primero la tela del vestido y después un hombro que se apartó. Al final, Evelyn le dio el brazo y lo llevó hasta un sillón. Tenía la mano helada y llena de anillos.
—Estáis temblando.
—Tengo motivos.
—Contádmelos.
Evelyn se arrodilló y le besó las manos.
—Hace mucho tiempo que os quiero, majestad. Soy vuestra.
—¿Majestad? —El visitante pareció divertido—. ¿Me confundís con el rey?
Cuanto más negaba él ser el rey, más segura estaba ella de que lo era.
—Juradme que no me abandonaréis cuando sepáis la verdad sobre mí.
—Lo juro.
Le contó lo que nunca le había contado a nadie.
Le habló de Whitstable y de las ostras que recogía descalza en la playa.
De un capitán de la Armada, Adrian Wynne, que la subió a su fragata de la mano delante de sus hombres y se casó con ella en Portsmouth.
De los papeles comprados que la convirtieron en una dama arruinada de buena familia, de una carta con lazo negro, de dos herencias derrochadas y de un nombre que se gastó todo hasta no quedarle más que deudas.
—Después Monmouth me vio en el teatro. Lord Latimer iba con él, y desde entonces me usa para ganarse al duque.
—Habéis hecho bien en contármelo —dijo él, y a Evelyn le pareció que la voz se le endurecía un poco.
—No os lo he contado todo. Hugh Carstairs también venía a esta casa. Lo dejaba entrar por miedo, no por amor.
—Sé quién era el mayor. Y sé que está muerto.
Evelyn se quedó helada. Si el rey lo sabía, todo estaba perdido. O todo estaba salvado.
—No lo maté yo —dijo deprisa—. Fue el bufón, Jasper Quill. Yo solo lo ayudé a bajarlo al sótano. Sigue allí. Jasper prometió volver a llevárselo.
El silencio fue tan largo que Evelyn creyó oír la lluvia a través de los muros.
—¿Está abajo? ¿Ahora?
La voz había cambiado. Ya no sonaba a rey. Sonaba a un hombre asustado.
—Sí.
—Ya os he dicho que no soy el rey.
Evelyn se puso en pie.
—Entonces decidme quién sois.
—Un hombre dispuesto a ayudaros.
—Gideon me ha engañado. Al menos quiero veros la cara.
Buscó la linterna sobre la mesa y abrió la tapa.
—¡El conde de Danby!
—¡El conde de Danby! —repitió una voz desde la puerta.
Lord Latimer estaba en el umbral, con la capa mojada y la sonrisa de quien acaba de ganar una mano que daba por perdida.