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Sir Bartholomew Crane vio partir el coche de Rochester hacia Oxford con su escolta y dio media vuelta para regresar a su despacho.
Aquella misma tarde le habían llegado dos órdenes para el mismo hombre: una que le había traído Sayer de parte de la hija del lord tesorero, y otra con la firma del rey.
Por una vez, la justicia y el soborno apuntaban en la misma dirección, y Crane no pensaba quejarse.
Un hombre bajo le cerró el paso.
Era noche cerrada. Llevaba una capa negra hasta las botas y el sombrero calado hasta los ojos. La linterna solo le iluminaba la barbilla.
—¿Sois el magistrado de Westminster?
—Lo soy. ¿Qué queréis?
—Que leáis esto. Es un asunto que importa al rey.
Crane tomó el pliego. El desconocido dio media vuelta y echó a correr antes de que el magistrado rompiera el sello.
—¡Seguidlo!
Dos alguaciles salieron tras él y volvieron con las manos vacías. El hombre se había esfumado entre las callejas, más deprisa de lo que permitían unas piernas tan cortas.
En su despacho, Crane extendió el papel sobre la mesa. La letra era pequeña, cuidadosa y tan regular que parecía trazada con regla.
Señor magistrado: el mayor Hugh Carstairs ha muerto a hierro.
Los autores son John Wilmot, conde de Rochester, y sir Julian Villiers.
Fueron los mismos que intentaron matar a sir Silas Rowley, y en ambos crímenes se valieron de Gideon Vale, guardarropa mayor de Su Majestad.
El cadáver está en casa de Mistress Evelyn Wynne, en Bow Street.
Vigilad el postigo de Hart Street: esta medianoche entrarán hombres por él.
Registrad la casa y encontraréis al muerto.
Crane leyó la carta dos veces. Pocas noches ofrecían tanto a un magistrado: dos presos de rango, un guardarropa del rey y un cadáver. Cada una de esas cosas podía traducirse en notoriedad, en detenidos y en guineas.
Mandó llamar a un escribano, hizo constar el encuentro con el embozado y reunió a diez alguaciles.
En Bow Street taparon las linternas y se repartieron entre portales y esquinas. Nadie en aquella casa debía sospechar que estaba rodeada.
—Dejad entrar a todo el que llame al postigo —ordenó Crane—. Los quiero dentro cuando registre la casa.
Esperaron bajo la lluvia. A lo lejos dieron las doce.
Dos figuras se acercaron por la calleja, una baja y encorvada, la otra alta, con la capa hasta los ojos. La pequeña sacó una llave y abrió el postigo. Las dos entraron.
Crane no reconoció a ninguna.
—Ya están dentro —susurró un alguacil—. ¿Entramos?
—Todavía no. Que se pongan cómodos.