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Rochester despertó a oscuras y tardó un rato en recordar dónde estaba. Recordó el almohadón del coche, el viaje y una voz que le ordenaba bajar. Le habían quitado la espada y el bastón y lo habían metido en una habitación cerrada con llave. Luego se había dormido otra vez, sin quitarse la casaca.
Palpó el forro. La carta para Buckingham seguía allí. Nadie lo había registrado bien.
—Una cama, silencio y ni una vela que me robe el sueño —murmuró—. Casi podría ser mi casa, si no cerraran la puerta por fuera.
Intentó adivinar quién lo había hecho prender.
Danby no ganaba nada teniéndolo preso, y aquella misma noche tenían que cenar juntos en casa de Mercy.
El conde era capaz de muchas cosas, pero rara vez de actuar contra su propio interés.
Pensó en Charlotte y la descartó casi enseguida.
Ella lloraría, lo amenazaría o intentaría convencer a su padre, pero creerla capaz de hacerlo detener le exigía dudar de lo que ella sentía por él, y Rochester no estaba dispuesto.
Pensó en Mercy, sola en su casa, con la fiebre y una cena para dos invitados que no iban a aparecer.
Pasaron horas. Por fin giró una llave. Entró un hombre sin luz.
—Vestíos. Os esperan para llevaros a otro sitio. La noche es mala y el viaje será largo.
—¿Quién ha ordenado que me detengan?
—El rey. Por vuestra participación en el ataque contra sir Silas Rowley.
—No fui yo quien lo hirió. Admito que impedí que uno de sus hombres lo socorriera, aunque no creo que nadie pueda reprocharme que lo dejara sangrar un poco.
—El conde de Danby os acusa a vos y a sir Julian Villiers de intentar matar a su secretario. Dice que pensabais huir.
Rochester dejó de abotonarse.
—¿Han detenido a Julian?
—Esta tarde, en casa de su esposa. Lo encontraron con los baúles hechos.
—¿Adónde vamos?
—Al castillo de Oxford.
Bajaron por corredores a oscuras. En el zaguán esperaba la voz de Crane.
—Subid al coche.
—¿Y mi espada?
—Queda depositada con vuestros efectos hasta que el rey disponga otra cosa.
—Tratadla con más cuidado que a mí. Ella siempre ha servido fielmente a Su Majestad. Al menos devolvedme el bastón.
—Lo tenéis dentro.
Subió. Cerraron la portezuela, y el coche se puso en marcha. Por la ventanilla, a la luz de las linternas, contó cuatro jinetes de escolta.
—Cuatro alguaciles para un poeta cojo —murmuró—. Alguien me tiene en más consideración de la que merezco.
Ya no tenía sueño.