Seis días de lluvia 73
74%

73

Julian cerraba el último baúl cuando llamaron a la puerta. Lucy había ido a pedir a la reina la licencia para viajar. Le había dicho que volvería enseguida. Julian esperaba oír su voz, pero lo que oyó fue el golpe de una vara de justicia contra la madera.

—Sir Julian Villiers. Abrid en nombre del rey.

Sir Bartholomew Crane entró con cuatro alguaciles. Miró los baúles, la ropa doblada y las cuerdas a medio atar.

—Anotad que el preso tenía preparado el equipaje —le dijo a su escribano—. Indicio de fuga.

—Pensaba pedir licencia al rey antes de salir. Mi esposa está pidiéndosela ahora mismo a la reina.

—Eso se lo diréis al juez. Quedáis preso por el intento de asesinato de sir Silas Rowley.

Julian se quedó inmóvil. Pensó en el barro de la calleja, en el pie que resbaló y en la mano que tal vez había decidido por él.

—Me batí con él cara a cara.

—Entonces os será fácil demostrarlo.

No le resultaría fácil. Para demostrarlo tendría que explicar qué buscaba entre la ropa de Rowley y adónde habían ido a parar las cartas. Julian lo comprendió y no dijo nada más.

En ese momento volvió Lucy con la licencia firmada por la reina. Vio a los alguaciles y a su marido entre ellos.

—¿Qué pasa aquí?

—Lady Villiers, vuestro esposo queda preso por orden del rey.

Lucy se puso blanca. Julian intentó llegar hasta ella, pero dos alguaciles lo sujetaron de los brazos. Ella se desplomó antes de que nadie pudiera sostenerla. Lo último que vio Julian fue a Charlotte, que acababa de entrar, arrodillándose junto a su mujer.

Lo llevaron a la Gatehouse de Westminster, que ofrecía ciertas comodidades a sus presos distinguidos.

Tenía sábanas limpias, un brasero, comida caliente y una cámara alta con dos ventanas que daban a un patio al que no se podía bajar.

El carcelero le contó, como quien cuenta algo valioso, que allí había pasado su última noche sir Walter Raleigh.

Nadie fue a explicarle por qué lo habían detenido, más allá de lo que había dicho Crane. Rochester no apareció. Si estuviera libre, ya se habría presentado a discutir con el carcelero, con el magistrado y con las piedras del edificio. Su silencio le preocupaba más que el suyo propio.

Por la noche le dio unas monedas al hombre que le llevó la lámpara.

—Averiguad de qué se me acusa exactamente. Buscad a mi esposa en Whitehall y preguntad por el conde de Rochester.

El carcelero volvió horas después con una buena cena y nada más.

—No he podido hablar con vuestra señora. De lord Rochester no me dicen ni una palabra.

Julian apenas probó la comida. Contó los pasos entre la cama y la ventana: diecisiete de ida y diecisiete de vuelta.

Pensó en Mercer en el camino de Fulham. Quien os hace un favor esta noche os pasa la cuenta mañana. Pensó en Carstairs y en el pasaje a Tánger. Pensó en Rowley, que ya se sentaba en su cama.

Se acercó a la ventana. Abajo, en el patio vacío, un hombre bajo y ancho miraba hacia su celda bajo la lluvia.

Cuando Julian pegó la cara al cristal, ya no había nadie.