Seis días de lluvia 72
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Danby y Jasper se miraron en silencio. El bufón tenía la cara pálida y los ojos demasiado despiertos para un hombre que llevaba días sin dormir.

—¿Qué queréis? —preguntó Danby.

—Eso mismo podría preguntaros yo. Me necesitáis, aunque todavía no lo sepáis. Carlos ha seguido mis indicaciones mejor de lo que esperaba.

—¿Fuisteis vos quien le dijo lo que tenía que ordenarme?

—Yo le abrí la puerta a Latimer y le recordé al rey todos los hombres que mantenéis lejos de su cámara. Lo demás lo hizo su miedo a que lo tomen por un rey gobernado por vos.

—Venid a mi gabinete. Allí hablaremos sin testigos.

—Id vos primero. Si salimos juntos de aquí, hasta el último paje querrá saber por qué. Nos vemos en el gabinete del Tesoro.

Jasper desapareció tras el tapiz.

Danby bajó a sus oficinas. Le dijo a Sayer que no lo molestaran, sacó la llave que llevaba colgada del cuello y recorrió un largo pasillo.

Abrió dos cerraduras más y llegó a su gabinete.

Era poco más grande que un dormitorio, con una mesa cubierta de despachos, dos escritorios de ébano con incrustaciones de plata y nácar, y un retrato del rey de cuerpo entero.

Desde allí decidía el destino de hombres a los que nunca vería.

Abrió la última puerta.

Jasper estaba sentado en su sillón carmesí, separando papeles en dos montones.

La única ventana tenía barrotes, y Danby acababa de abrir tres puertas con la única llave que existía.

—Cerrad —dijo Jasper—. Y sentaos.

—¿Cómo habéis entrado?

—Os lo diré al final, si para entonces seguís mereciendo saberlo.

Jasper levantó una hoja.

—Copia de una carta del marqués de Barillon al conde de Danby.

El original está a buen recaudo, con otras tres de Barillon, cuatro de Ralph Montagu y varios papeles sobre dinero francés que darán mucho que hablar en el Parlamento.

Hablan de Nimega, de subsidios secretos y de condiciones que os costará explicarle al rey.

Tuvisteis la gentileza de anotar en cada una la fecha de vuestra respuesta y de firmar con vuestro nombre.

Danby fue al escritorio de la derecha, abrió un cajón y luego otro.

—Buscad bien. Las joyas siguen ahí. Lo que falta son las cartas.

El conde cerró el cajón de un golpe.

—También he visto las cuentas —continuó Jasper—. Una parte de las rentas de la Corona llega al Tesoro, otra se queda entre los recaudadores y otra acaba en vuestra casa. El rey tolera muchas cosas, pero dudo que tolere saber cuánto le habéis quitado.

—¿Y si mando prenderos?

—Las cartas le llegarán al rey sin mí. Llamad a Sayer y comprobadlo.

Danby no llamó a nadie. Se sentó en la silla de su secretario.

—Queréis algo. Decidlo.

—Ayer intentaron envenenar a la reina.

—Ya lo sé. Gideon Vale me lo dijo esta mañana por mil guineas.

Jasper sonrió.

—Entonces sabéis que el veneno salió de la mano de Hugh Carstairs, el mayor que vos ascendisteis por recomendación de vuestro secretario. Lo que quizá no sepáis es esto: Carstairs pensaba usar a Mercy Lane para teneros sujeto. Se lo oí decir con mis propios oídos.

—Traedlo y que hable.

—No hablará. Lo he matado.

Danby se quedó mirando al hombrecillo al que había visto hacer chistes a los pies del trono.

—Puedo contarle a Carlos que el hombre al que vos ascendisteis intentó envenenar a su esposa. Nadie os preguntará si lo sabíais. Lo darán por hecho.

—¿Qué queréis?

—Que Mercy Lane deje de sufrir. Se enamoró de sir Julian Villiers, y él se casó ayer con otra.

—Jasper se levantó y caminó hasta el retrato del rey—.

Le he recordado a Carlos lo poco que le gusta ver a otro hombre al lado de una mujer que él deseó, y lo mucho que le molesta Rochester.

Por eso acaba de ordenar que los custodien a los dos.

Pero Lucy irá a verlo, llorará y le pedirá clemencia, y Carlos cambiará de opinión.

Antes de que ella entre en su cámara tiene que haber una causa abierta por la herida de Rowley, con testigos citados y diligencias en marcha.

Sin una palabra sobre las cartas de la reina.

—¿Y para qué queréis a Julian preso?

—Para que sea Mercy quien lo saque. Quiero que vea hasta dónde es capaz de llegar ella por él.

—Me pedís que me alíe con vos.

—Os lo exijo. Hoy vuestra hija os ha pedido que prendierais a Rochester, y la duquesa de Ravensbourne os ha hecho romper la orden. Eleanor lo protege porque Julian es su hijo. —Jasper vio que Danby no lo sabía—. Desde ayer, ya no hay en esta corte un secreto que yo no conozca.

—Carlos me ha mandado preparar las órdenes. Se las llevaré para que las firme.

—Quiero a Julian preso antes de que Lucy hable con el rey. Y a Rochester encerrado esta noche. Si falláis, usaré las cartas.

Jasper se acercó al escritorio de la derecha y apretó un resorte oculto bajo la moldura. El mueble giró y dejó a la vista un pasadizo.

—Por aquí entré mientras esperabais al rey. Y por aquí salieron vuestras cartas. —Miró la llave que colgaba del cuello del conde—. Conviene conocer todas las puertas de la casa en la que uno manda.

Se metió en la oscuridad. El escritorio volvió a encajar en su sitio.

Danby esperó a que dejara de oírse el mecanismo. Tenía las manos frías. Se llevó la mano a la llave. Seguía allí, pero ya no le servía de nada.

Abrió la puerta del gabinete.

—Haced venir a Sayer.