Seis días de lluvia 71
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Mientras el coche de Rochester se alejaba de Charing Cross, Danby entraba en Whitehall entre reverencias. Los ujieres le abrían paso y los cortesanos bajaban la cabeza. Todo seguía en su sitio hasta que llegó a la cámara real.

No había nadie.

Carlos solía esperarlo allí, y ni siquiera en los peores días lo había dejado solo. Danby procuró no mirar el reloj. A los quince minutos empezó a pasear. A los treinta, hizo sonar la campanilla de oro de la mesa del rey.

—¿Sabe Su Majestad que estoy aquí?

—Se lo avisé en cuanto llegasteis, milord —respondió el gentilhombre—. Está en su recámara con lord Latimer.

Su hijo.

Danby dejó la campanilla sobre la mesa con cuidado. Pensó en la palabra de Sayer: perdón. Había venido a sondear al rey. Tal vez a pedírselo. Ahora no sabía si le dejarían hablar con él.

Se dirigía a la salida cuando se alzó un tapiz.

—¿Os marcháis, Danby?

Carlos II apareció por la puerta oculta. Danby se arrodilló y le besó la mano. Al levantarse vio que el rey no sonreía.

—Llevo años esperando a que mis hombres dejen de pelearse, y vos no sois capaz de esperar media hora a que termine una conversación.

—Carlos se sentó y lo dejó de pie—. Latimer quiere un proceso.

Quiere que se investigue por qué lo apartasteis de la casa de Monmouth.

Dice que fuisteis vos, no yo, quien quiso apartarlo.

Y habla de pruebas que solo piensa enseñar al juez que lleve su causa.

—Entonces dimito y devuelvo a vuestra majestad el cargo de lord tesorero.

Carlos soltó un suspiro.

—Acabáis de hacer lo mismo que vuestro hijo: amenazarme para obligarme a elegir. Os ordeno que sigáis en vuestro puesto. Y os ordeno que dejéis de amenazarme con vuestra dimisión.

Danby inclinó la cabeza. Nunca le había costado tanto obedecer.

—Os diré lo que vamos a hacer —continuó el rey—.

A Latimer le devolveremos su puesto en la casa de Monmouth.

El doctor Compton tendrá entrada libre en mi cámara.

Mañana llamaréis también a Shaftesbury al Consejo; quiero oírlo delante de vos.

Le levantaréis el destierro a Norwood, vuestro yerno.

Y mandaréis un correo a lord Cavendish para que suspenda el viaje a La Haya.

Uno tras otro, el rey abría las puertas a todos los hombres que Danby había apartado.

—Falta una cosa —añadió Carlos—. Rochester y sir Julian Villiers quedarán bajo custodia en el castillo de Oxford hasta que decida si los juzgo o los mando fuera del reino.

—Señor, un proceso contra ellos sacaría a la luz unas cartas de la reina…

—Todavía no habrá proceso. Escribid «por razón de Estado». Me han dicho que esas palabras os han servido más de una vez.

Se levantó.

—Preparad todos los papeles y traédmelos para que los firme.

Desapareció tras el tapiz.

Danby se quedó solo en la cámara. Había esperado media hora para ver al rey, y en unos minutos había recibido órdenes de favorecer a casi todos sus enemigos.

Creyó que estaba solo con su derrota.

Pero la derrota se echó a reír.

—¿Qué os ha parecido, excelencia?

Otro tapiz se levantó. De la sombra salió Jasper Quill.