Seis días de lluvia 70
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Llevaba cinco días lloviendo sobre Londres.

Rochester salió de casa de Mercy a media mañana y echó a andar hacia Whitehall, despacio.

Repasó lo que tenía. La reina seguía viva y el médico no le había encontrado ningún mal.

Julian tenía un apellido y una madre. Danby, gracias a Mercy, quería cenar con él esa noche.

Y en el bolsillo llevaba una carta para Buckingham que todavía no había encontrado quién llevara.

Tenía que sacar a Julian y a Lucy de Inglaterra. Sir Richard Ainsworth estaba en las Provincias Unidas y podría protegerlos mientras él buscaba al duque. Después cruzaría el mar él también.

Pensó en Charlotte, aunque llevaba toda la mañana intentando no hacerlo. No podía llevársela. Estaba casada, era hija de Danby, y una huida convertiría sus nombres en la comidilla de media Europa. Si lo quería, tendría que olvidarlo. Y él tendría que aprender a hacer lo mismo.

—Tiempo, paciencia y resignación —murmuró—. Tres médicos lentos, pero baratos.

En el zaguán de la puerta privada del Cuarto de las Damas había dos alguaciles de Westminster. Rochester los vio al pasar.

—Cuervos en la puerta. Hoy cae algún desgraciado.

Subió la escalera. No se le ocurrió pensar que el desgraciado pudiera ser él.

En los aposentos de Lucy, Julian se calentaba junto al brasero y Lucy escribía en una mesa cubierta de hojas.

—Aquí huele a paz —anunció Rochester—. Ya no me acordaba de cómo olía.

—Le estoy escribiendo a mi padre —dijo Lucy—. Esta vez de verdad.

—Dejadlo para luego. Acercaos los dos al fuego. —Se sentó frente a ellos—. Tenéis que marcharos esta noche a las Provincias Unidas. Los tres.

—Esta mañana le prometí a mi madre que no saldría de Londres sin una orden del rey —dijo Julian—. Y todavía no me he presentado a mi compañía. No puedo desaparecer el primer día.

—Entonces pedid licencia. Nadie se extrañará de que un recién casado quiera presentarse a su suegro. —Rochester bajó la voz—. Ayer intentaron envenenar a la reina.

—Lo sé —dijo Lucy—. Yo le sostuve la jofaina.

—Carstairs pidió en casa de Fielding dinero para un pasaje a Tánger para dos —añadió Julian—. Lleva un día sin aparecer.

—Y hay algo más: dicen que Rowley ya se puede sentar en la cama. Cuando se levante, irá a por vosotros. —Miró a Lucy—. Catalina tiene guardias y médicos. Vuestro marido solo os tiene a vos.

Lucy le sostuvo la mirada y después se volvió hacia Julian.

—Si queréis quedaros, me quedaré —dijo él—. Si preferís que nos vayamos, nos iremos.

—No quiero dejar a Catalina en peligro. Pero tampoco puedo fingir que vos no lo estáis. —Lucy se levantó—. Iré a pedirle la licencia a la reina.

—Preparad los baúles. Yo me ocupo del coche, de los caballos y del pasaje. Volveré antes del anochecer.

Rochester salió satisfecho. Creía que le quedaba tiempo.

En Charing Cross vio a sir Bartholomew Crane, que avanzaba hacia él con la vara de justicia en alto. Lo seguían varios alguaciles, y detrás venía un coche cerrado.

—Dios os guarde, milord. ¿Me conocéis?

—Desde hace años. Sois el único servidor de la justicia más ciego que ella, y eso que ella lleva venda.

—Tenéis que venir conmigo.

—Enseñadme la orden y os diré qué me parece la letra.

—Es un asunto reservado. Quedáis preso por razones de Estado, para responder ante el Consejo. En nombre del rey.

Dos alguaciles lo sujetaron de los brazos antes de que pudiera apartarse.

—Metedlo dentro.

—Entraré por mi propio pie.

Subió al coche. La portezuela se cerró y quedó a oscuras. Buscó dónde apoyar la pierna enferma y encontró un almohadón de plumas.

—Al menos alguien conoce mis gustos —murmuró.

Lo llevaban preso en virtud de una orden que Danby había roto aquella misma mañana y que el rey nunca había dado. Rochester no lo sabía. Tampoco sabía adónde iba, ni quién había elegido aquel almohadón. Llevaba la carta para Buckingham bajo la casaca.

Antes de que el coche llegara a ninguna parte, se quedó dormido.