Seis días de lluvia 69
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Charlotte salió de casa de su padre convencida de que había puesto en marcha una orden de prisión. Mandó detener la silla de manos ante una tienda cercana y llamó a Barnaby Naylor, su criado de confianza.

—Volved a casa de mi padre y traedme a su secretario.

Sayer llegó poco después. Charlotte lo llevó a la trastienda, entre sacos de avena y guisantes secos.

—¿Ha ordenado mi padre que detengan a Rochester?

El secretario acababa de romper esa orden. Pudo decírselo, y no lo hizo. Pensó que servir a la hija del conde podía serle útil algún día.

—Mandó que un magistrado de Westminster lo detuviera para llevarlo ante el Consejo.

Fue cierto. Simplemente, ya no lo era.

—Rochester no tiene casa en Londres —dijo Charlotte—. Quiero que lo lleven custodiado al castillo de Oxford.

—El conde no dijo nada de Oxford.

—¿Necesitáis que os lo ordene yo?

—Una orden vuestra no me protegerá si el conde pide explicaciones.

Charlotte se quitó del cuello una cadena con un joyel de oro, perlas y diamantes y se lo puso en la mano.

—Acordaos de mí cuando lo miréis.

Sayer se guardó la joya bajo la casaca. Ella le sostuvo la mirada lo justo para que él creyera posible algo que ella no le había prometido.

—Decidme qué queréis que haga.

—Buscad un magistrado al que Rochester no pueda enredar con dos versos.

—Sir Bartholomew Crane.

—Que lo prenda sin herirlo. Que lo lleven en un coche cerrado a una casa mía vacía; Naylor os indicará dónde. De noche saldrá hacia Oxford en ese mismo coche, con cuatro alguaciles a caballo. Elegid hombres que no se dejen comprar.

—Vuestro padre tiene buena memoria. Si pregunta…

—Puede que os despida. En ese caso, yo necesitaré un secretario.

Sayer hizo una reverencia y salió con el joyel sobre el pecho, sabiendo que la orden que debía ejecutar estaba rota en el gabinete de Danby.

En casa, Charlotte se encerró con Naylor.

—Tengo un encargo secreto para vos. Si lo cumplís, os conseguiré un puesto de alférez. ¿Cuál de mis casas está vacía y apartada?

—La de Tothill Fields, milady.

—Pedid las llaves y poneos a disposición de Sayer. Id embozado y no le deis vuestro nombre a nadie más. Después buscadme a un hombre fuerte y discreto, acostumbrado a tratar con gente de su misma ralea.

—¿Para qué, milady?

—Para que un coche no llegue nunca a Oxford.

Naylor lo pensó un momento.

—Conozco a uno. Sirvió a sir Silas Rowley hasta hace dos días. Ahora no sirve a nadie.

—Traédmelo.

Cuando Naylor salió, Charlotte se quedó sola junto a la ventana. Le había dicho a Rochester que, si se iba, no sería porque ella lo hubiera dejado marchar.

Lo había dicho en serio.