68
Danby acababa de desayunar cuando Sayer entró en el gabinete.
—Vuestra hija desea veros, milord.
Charlotte entró, cerró la puerta y arrastró un sillón hasta el de su padre. Tenía los ojos enrojecidos.
—Maldigo el día en que me casasteis con Norwood.
—Charlotte…
—Quiero a otro hombre, y no voy a seguir fingiendo que mi marido me importa.
—Rochester. —Danby se incorporó—. Él mismo me lo confesó la noche en que volvió. Tiene esposa, y vos tenéis marido. Estáis jugándoos vuestro nombre y el mío.
—Vos os jugasteis mi vida cuando se la entregasteis a Norwood a cambio de sus servicios.
—Puedo mandaros a Yorkshire hasta que recuperéis el juicio.
—Podéis intentarlo. O podéis escucharme.
Sin mí, hace años que no sabríais ni la mitad de lo que pasa en torno a la reina.
—Charlotte se inclinó hacia él—. Rochester espera que Buckingham le diga dónde encontrarse con él.
En cuanto lo sepa, se marchará de Londres.
Impedídselo. Mandad que lo prendan. A cambio, os contaré cada paso de la reina.
Danby la miró largo rato. Había educado a su hija para que entendiera lo que vale un secreto. No podía sorprenderse de que hubiera aprendido también a ponerle precio.
—Mandaré prenderlo. Que Dios os perdone.
—Pedid lo mismo para vos.
Salió sin mirar atrás. Danby llamó a Sayer.
—Preparad una orden de prisión contra Rochester. Que la ejecute hoy mismo un magistrado de Westminster. Debe responder ante el Consejo por razones de Estado.
Sayer salió. Danby aún no había vuelto a sentarse cuando le anunciaron a lady Eleanor Ashcombe.
La duquesa nunca había pisado aquella casa. Danby se cambió de casaca a toda prisa y la recibió en una sala más digna. Venía pálida y con los ojos cansados, pero caminaba con paso firme.
—He decidido dejar mi puesto entre las damas de la reina.
—Pensadlo bien. Fuera de Whitehall no podréis ayudarme.
—Tampoco os ayudó mucho que yo estuviera dentro. Compton habló con los reyes sin que lo supierais. Rochester entró y salió de palacio a su antojo. Hubo cambios que vos, el primer ministro del rey, conocisteis tarde.
—Rochester no volverá a hacerlo. He ordenado que lo prendan.
—Pues revocad la orden. Sin su ayuda, la boda de Lucy Ainsworth no se habría celebrado.
—¿Qué boda?
—Ayer se casó con sir Julian Villiers, hijo natural de Buckingham, al que conocíais como Julian Vale. El rey lo armó caballero delante de media corte, mientras vos no sabíais quién era.
Danby toleraba que otros conspiraran. Lo que no soportaba era que lo hicieran sin contar con él. Eleanor lo sabía.
—Ni Rochester irá preso ni sir Julian será perseguido por lo de Rowley —dijo ella—. Si me dais vuestra palabra, seguiré en la cámara de la reina y os hablaré con franqueza. Os conviene conservar a quienes todavía os dicen la verdad.
—Charlotte me pide una cosa y vos la contraria. —Danby tiró del cordón de la campanilla—. Todos queréis algo de mí.
Sayer entró con el borrador.
—Esa orden no debe salir de esta casa. Destruidla y no guardéis copia.
Eleanor se levantó para irse.
—Un último consejo. Guardaos de Latimer. Y no obliguéis a Charlotte a elegir entre vos y Rochester. Los hijos a los que se utiliza acaban aprendiendo a utilizar a sus padres.
Danby la acompañó hasta la escalera. Sayer pidió permiso para salir: un criado de la condesa de Norwood había venido a buscarlo. Danby se lo concedió sin darle importancia.
Antes de que el conde pudiera volver a su sillón, le anunciaron a Gideon Vale.
Danby apenas lo reconoció. Le temblaban las manos, tenía los ojos hundidos y el pelo casi blanco. Pocos días antes daba órdenes en el guardarropa como un general a sus tropas.
—Me han robado —dijo Gideon—. Mi dinero, Elizabeth, Anne… Todo ha desaparecido. Pero la reina está bien.
Danby se quedó inmóvil. Cerró las puertas él mismo.
—Contadme qué ha pasado.
—No puedo.
Danby escribió unas líneas y le enseñó el papel.
—Mi tesorero os pagará mil guineas si la noticia lo vale. Si calláis, os llevaré ante el Consejo Privado y averiguarán de cuántos amos habéis cobrado. Elegid.
Gideon miró el papel. Danby vio en su cara la vacilación de un hombre que ha prometido callar. Duró muy poco.
—Las mil guineas.
Le contó lo del mayor Carstairs, el amante de su mujer.
Le habló de Kit Latch, devuelto al guardarropa y bajado desde allí a las cocinas, y de una perdiz servida en la mesa de la reina por un paje que después murió envenenado.
Le contó también que el bufón se había llevado la fuente y había quemado los restos.
Danby empezó a pasear por la estancia. Carstairs. Él mismo lo había ascendido a mayor por recomendación de Rowley. Si alguien contaba en el Consejo que el protegido de su secretario había intentado envenenar a la reina, nadie preguntaría si Danby lo sabía. Lo darían por supuesto.
—¿Hay alguna prueba?
—Ninguna. Jasper lo quemó todo.
Danby respiró.
—Daré las órdenes necesarias para encontrar a vuestra familia. Ahora, mis encargos. Mistress Wynne.
—Recibió la gargantilla. Creyó que era el rey.
—Decidle que irá esta noche. Acordad la hora y venid a decírmela. Y decidle a sir Julian que venga a verme. Quiero que sepa que tiene en mí a un amigo.
—Y aquí tengo la respuesta de Mistress Long, milord.
Danby leyó la carta. Su parienta le aseguraba que entre Charlotte y Rochester no había más que una vieja amistad. Charlotte acababa de confesarle lo contrario. Una de las dos le mentía, y ninguna de las dos posibilidades le gustó.
Le dio a Gideon el vale de las mil guineas y lo despidió.
Cuando Sayer volvió, el conde estaba de pie junto a la ventana.
—Sayer. ¿Qué haría un ministro que teme que le pidan cuentas de algo que no ha hecho?
El secretario tardó un instante en responder.
—Pedir perdón antes de que lo acusen, milord.
—¿Perdón por qué?
—Por todo.