Seis días de lluvia 67
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Lady Eleanor Ashcombe se levantó antes del alba. Durante veinticinco años había esperado una señal, y la víspera la había encontrado colgada del cuello de otra mujer.

—Cuando lleguen sir Julian Villiers y su esposa —le dijo a su dama de confianza—, llevadlos a la cámara.

Se sentó junto a la ventana sin descorrer las cortinas.

No quería recordar, pero los recuerdos acudieron igual.

Muchos años en el colegio de Lieja, aprendiendo a bajar la voz.

Un padre que respetaba la voluntad de sus hijas hasta que un duque viejo pidió una esposa.

Un marido cortés que la visitó hasta que los médicos confirmaron el embarazo y no volvió.

Un George Villiers, joven y encantador, que tomaba cada negativa como una invitación.

Una noche en que oyó el cerrojo de su dormitorio y lo esperó de pie, con una pistola cargada.

Algún día seréis mía. Desde entonces cerraba todas las puertas con doble vuelta.

Y Francia, en el verano de 1652. Una galería en noche de tormenta. Una vela apagada por el viento. Una mano en la oscuridad, sin cara y sin voz. Varios testigos juraron que Buckingham había partido hacia los Países Bajos tres días antes, y ella los creyó.

Después vinieron las letras recortadas de un libro, un hombre embozado al otro lado de una celosía, un año de supuesto retiro devoto que Londres alabó, un coche cerrado y un camino que nunca supo adónde llevaba.

Un niño en sus brazos durante unos minutos, al que besó en la frente.

Un aderezo de joyas que dejó para él, con un rizo de su propio pelo dentro del medallón, para reconocerlo algún día.

La víspera había visto ese medallón sobre el pecho de Lucy Ainsworth, y había oído el nombre del marido: Julian Villiers, hijo de Buckingham.

Había recuperado a su hijo. Y por fin sabía de quién era la mano de aquella noche.

Unos pasos se detuvieron al otro lado de la puerta.

—Sir Julian Villiers y su esposa esperan en la cámara de vuestra gracia.

Eleanor llegó hasta el tapiz y se detuvo. Por una rendija vio a Julian delante de los retratos de los Ashcombe. Lucy tenía la cabeza apoyada en su hombro, y él le decía algo en voz baja que la hacía sonreír.

Levantó el tapiz.

Los dos se volvieron. Eleanor miró a Julian y abrió los brazos, pero a mitad del gesto le faltó el valor y fue hacia Lucy.

La joven la abrazó.

—Madre mía —le susurró al oído.

—Hijos míos. Hablad bajo. Julian, cerrad la puerta. Venid conmigo.

En un gabinete interior, Eleanor tomó a Julian por los hombros. Le miró la cara como si buscara en ella al niño que había tenido en brazos unos minutos, y lo besó una vez, y otra. Se rio entre lágrimas.

Después se desplomó.

—¡Madre! —Julian se arrodilló a su lado.

Lucy le humedeció las sienes con agua de olor. Eleanor abrió los ojos enseguida, avergonzada.

—Si volvéis a desmayaros —dijo Julian con la voz temblorosa—, procurad avisar al menos.

Eleanor le hizo sentarse cerca y unió su mano con la de Lucy.

—Os debo una explicación, y os la voy a dar ahora, antes de que me falte el valor.

Quizá el duque os haya escrito que me amó y que me ocultó su nombre.

—Hizo una pausa—. En Francia no hubo ningún amor, Julian.

Hubo una galería a oscuras y un hombre que me sujetó sin decir una palabra.

No supe quién era hasta ayer, cuando vi mis joyas y oí vuestro apellido.

Julian bajó la cabeza. Lucy apretó la mano de Eleanor.

—La culpa es suya —dijo Lucy—. Vos no tenéis nada de que avergonzaros.

—Lo sé. Ya lo sabía entonces. Pero también sabía lo que el mundo haría con la verdad: dudaría de mí antes que de un duque. Callé para proteger al niño que esperaba, Julian, no para esconderos.

Le tocó la mejilla.

—Ayer tuve miedo de que la verdad os hiciera daño. Hoy os la cuento porque sois mi hijo y merecéis saberla.

Julian le besó la mano.

—No es mi padre quien me ha dado nada que valga la pena esta mañana. Sois vos.

Eleanor tardó en soltarlo.

—Buckingham no debe saber que os he reconocido. Antes de saber de lo que era capaz, sentí afecto por él. Nunca se lo dije. Lo de Francia no tuvo nada que ver con aquello, y nada lo justifica. Pero no quiero que sepa que llevo veinticinco años pensando en nuestro hijo. ¿Guardaréis el secreto?

—Por mi honor.

—Hay alguien que sabe algo de mi pasado —añadió Eleanor—. La noche en que la reina desapareció, alguien me amenazó en la oscuridad. Me dijo que guardara silencio si quería conservar mis secretos.

—Fue Jasper Quill —dijo Lucy—. La reina lo sorprendió poco después junto a la puerta secreta. Y él sabe quién sois. Me lo dio a entender hace dos días.

Julian se volvió hacia su mujer.

—¿Lo sabíais?

—No lo supe hasta ayer. Jasper solo me dijo que algún día me acordaría de su conversación.

Julian sacó la carta de Buckingham y se la dio a su madre. Eleanor la leyó despacio. La mano se le detuvo en una línea.

—Amé a vuestra madre. —Dobló la carta—. Así lo llama.

—Que lo llame como quiera —dijo Julian—. Yo sé lo que fue.

—Y no os vayáis de Inglaterra sin decírmelo.

—No saldré de Londres sin una orden del rey, madre.

Eleanor salió y volvió con un cofrecillo de nogal. Al levantar la tapa, las piedras brillaron en rojo, verde y blanco.

—Es mi regalo de bodas. No puedo reconoceros ante la corte ni daros mi apellido. Dejadme daros en privado una parte de lo que habría sido vuestro si el mundo nos hubiera permitido otra vida.

Le puso a Lucy una sortija con las armas de los Ashcombe.

—La corte verá una merced de la duquesa a lady Villiers. Nosotros sabremos lo que significa.

—Madre —dijo Julian—, tengo que pediros algo. Rochester está en peligro. Me ha protegido desde la noche en que llegué, y Danby no se lo perdona.

El nombre puso a Eleanor en guardia. Rochester era enemigo de Danby y amigo de Buckingham.

—Hablaré con Danby.

—¿Ahora?

—Ahora. Violet, mi manto.

Julian y Lucy la dejaron ante la casa de Duke Street y siguieron hasta Whitehall.

Eleanor se quedó un momento en el portal. Iba a pedirle un favor al hombre al que había servido durante diez años, para salvar al amigo del hombre que la había destrozado.

Lo haría por su hijo.