Seis días de lluvia 66
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Rochester llegó a la casa de Mercy cuando el coche de Julian ya se alejaba. Vio a Mercy en la puerta, despidiéndolo con una sonrisa, y vio cómo la sonrisa se le borraba en cuanto dejó de oírse el ruido de las ruedas.

Martha lo hizo pasar. Él se sentó junto al fuego, apoyó el bastón en el brazo del sillón y levantó las manos cuando Mercy entró.

—Mea culpa.

—Por fin decís algo que puedo creerme. Fuisteis vos quien trajo a Julian a esta casa sabiendo lo que podía pasar.

—Mercy, llevo tanto tiempo sin comer ni dormir que mi estómago está a punto de pedir audiencia al rey por su cuenta.

Ella mandó traer pan, jamón, fruta y vino de Burdeos. Rochester comió como un náufrago. Mercy cortó un trozo de jamón y no lo probó.

—Julian ha estado aquí —dijo—. Me ha contado quién es y que se ha casado. Le he dicho que no vuelva.

—Os habrá costado.

—No tenéis ni idea. Ahora decidme por qué lo trajisteis a esta casa.

—Corría peligro. Necesitaba esconderlo mientras averiguaba qué sabía Danby.

—¿Y qué pintaba yo en eso?

Rochester hizo girar la copa entre los dedos.

—Danby os visita. Rowley había sido vuestro amante. Podíais influir sobre los dos.

—Ahí está. Pusisteis a Julian delante de mí porque os convenía que yo lo quisiera. A él le disteis un escondite y a vos os abristeis una puerta hacia Danby. Y las consecuencias me las dejasteis a mí. Os burláis de Danby porque compra lealtades con oro. Vos las compráis con encanto y con secretos.

Rochester no se defendió. Se levantó, cerró las dos puertas de la sala y volvió a sentarse.

—Os lo voy a contar todo, y después decidiréis si volvéis a ayudarme.

Buckingham me escribió que Julian era hijo suyo y me ordenó traerlo a la corte.

Cuando el muchacho llegó a Londres ya se había metido en la trampa.

Os lo traje para protegerlo y para que se ganara vuestra confianza.

Quería que me contara lo que pasaba en esta casa.

Me serví de él y me serví de vos. No era mi única intención, pero estaba ahí desde el principio.

Si ahora os dijera que solo quería salvarle la vida, os estaría utilizando otra vez.

Mercy se apoyó en el respaldo.

—No retiro nada de lo que os he dicho. Pero os creo. Al menos, de momento.

—Entonces vuelvo a necesitar un favor. —Rochester se tocó el pliego sellado que llevaba en la casaca—. Esta carta para Buckingham tiene que salir esta noche. Y he visto hombres de la junta de Compton cerca de Whitehall. Necesito esconderme unas horas.

—Quedaos.

—Y una cosa más. Convenced a Jasper de que habéis renunciado a Julian y a cualquier venganza. Os quiere tanto que puede hacer mucho daño en vuestro nombre.

Mercy lo miró de una manera extraña.

—Jasper ya ha hecho bastante por mí hoy.

Rochester no supo qué quería decir, y ella no se lo explicó. Mercy tosió contra la manga. Él le tocó la frente.

—Estáis ardiendo.

—Es el teatro. Se me pasará.

Un coche se detuvo ante la casa. Martha entró sin aliento.

—Señora, el conde de Danby.

—A mi dormitorio —ordenó Mercy—. Desde allí lo oiréis todo.

Rochester recogió el bastón y entró. Dejó la puerta entornada.

Danby entró con el sombrero puesto, como si hasta en casa de su amante tuviera que recordar que era lord tesorero. Mercy le ofreció el mejor sillón y se sentó frente a él en un taburete, fuera de su alcance.

—¿Cómo estáis? —preguntó el conde.

—Mal. Y os hablaré como a un hombre, no como a un embajador. No os amo, Danby. Nunca os he amado. Supisteis que había rechazado a hombres más importantes que vos y quisisteis conseguir lo que ellos no habían conseguido.

—Pensad bien lo que decís.

—Llevo meses pensándolo. Escuchad mis condiciones.

Si no las aceptáis, os devolveré las joyas y me iré de esta casa.

Buscaré otro amante rico. Un proveedor de palacio, por ejemplo.

Londres dirá que la comedianta ha cambiado al lord tesorero por un mercader, y muchos se preguntarán qué le ha pasado a vuestro poder.

Rochester, detrás de la puerta, contuvo la risa.

Danby tardó en responder.

—¿Seríais capaz?

—Preferiría no tener que hacerlo. Contadme lo que pueda afectarme y dejad que os diga lo que veo. Rowley os ha engañado a la vez que a Latimer y a Shaftesbury. Necesitáis hombres que se atrevan a llevaros la contraria.

—Decidme uno.

—Rochester.

—Puestos a elegir entre mis enemigos, podríais haber dicho Buckingham.

—Venid mañana a cenar y os sentaréis a hablar con él aquí, sin audiencias ni secretarios.

Danby se quedó pensativo.

—¿Qué es Jasper Quill para vos?

—Mi padre, aunque no por la sangre.

—Quiero tenerlo a mi servicio. Mandádmelo lo antes posible.

Se quitó el anillo de sello y se lo puso a Mercy en la mano.

—Que enseñe esto y le abrirán todas las puertas.

Cuando el coche del conde se alejó, Rochester salió del dormitorio.

—Sois mejor actriz que cualquiera en Whitehall. Habéis conseguido que Danby desee mi amistad.

La firmeza de Mercy se vino abajo.

—No sé cómo vivir con este amor, Rochester.

—Con tiempo. Duele, hace cometer disparates y puede volvernos crueles. Pero no os matará.

Rochester se echó la capa sobre los hombros y fue hacia la puerta. Desde el zaguán oyó a Mercy llamar a Martha.

—Mandad a Caleb al teatro. Que digan que mañana no actuaré. Que estoy enferma.

Rochester se detuvo en el zaguán. Después se quitó la capa y subió a la cámara de los tapices.