65
Julian esperaba encontrar a Mercy furiosa, o llorando. Durante el trayecto en coche se había preparado para las dos cosas.
La visita a la duquesa no había aclarado nada. Lady Eleanor los había recibido apenas unos minutos, dijo encontrarse indispuesta y les pidió que volvieran al día siguiente. En el coche, Julian le dijo a Lucy que quería ver a Mercy antes de que terminara la tarde. Le contó también qué iba a decirle.
—Id —respondió Lucy—. Y volved sin haber dicho nada que mañana no podáis repetirme.
Mercy corrió a abrazarlo en cuanto entró.
—¡Cuánto os he esperado! No sabía si Lovell os había herido. Pasó la noche y no volvisteis.
Se apartó para mirarlo y le tocó la manga azul.
—¡Qué cambiado venís! Casaca nueva, plata, coche… Me alegro. Así sabré que, si me queréis, no será por lo que tengo.
Julian comprendió que aquello iba a ser más difícil de lo que había previsto.
—Tengo mucho que contaros. No soy sobrino de Gideon por la sangre. Buckingham es mi padre natural. Lo supe anoche, cuando Gideon abrió el cofre.
Mercy soltó una exclamación. Él la tomó por sorpresa.
—Yo habría preferido que Nathaniel, el hombre que me crio, fuera también mi padre de sangre.
—Entonces, cuando os presentabais como sobrino de Gideon, ¿lo creíais?
—Hasta anoche.
Mercy dejó pasar unos segundos.
—Decidme por qué no volvisteis.
Julian siguió de pie.
—Me atrajisteis desde el primer momento. Acepté vuestra casa, vuestra cercanía y el afecto que me ofrecíais sin pensar en lo que yo podía daros. No os hice ninguna promesa, pero dejé que creyerais que podía hacerla. Fue injusto. —Tomó aire—. Esta mañana me he casado.
Mercy le sostuvo la mirada.
—Ya veo.
Julian esperaba cualquier cosa menos esa calma.
—¿Eso es todo?
—Yo no pensaba casarme con vos. ¿Quién es ella?
—Lucy Ainsworth.
—La dama de la reina. Dicen que nadie ha conseguido conquistarla, ni siquiera Carlos.
Si se ha casado con vos, es que os quiere de verdad.
Me alegro de que la hayáis encontrado. —Mercy hizo una pausa—.
No quiero que volváis aquí. Si os ven cruzar esta puerta, se inventarán una historia, y no consentiré que vuestra mujer sufra por mi culpa.
—¿Me echáis?
—Pienso en Lucy.
Julian había prometido no decir nada que no pudiera repetir al día siguiente.
—Hay algo más. Hace dos noches, Lucy le pidió al doctor Compton que os investigara por vuestro trato con Marsh. Lo hizo por la reina, y también por celos. Esta mañana, antes de casarnos, ella misma ha retirado la acusación por escrito. Quería decíroslo en persona.
A Mercy le cambió la cara. Julian no supo interpretar aquel gesto.
—Así que ella también tiene celos —dijo Mercy, casi sonriendo—. Entonces sí os quiere.
Volvió a su calma.
—Ahora decidme la verdad vos a mí. ¿Qué sentisteis cuando la conocisteis?
—Que quería quedarme a su lado. Apenas la había visto y ya me imaginaba toda mi vida junto a ella.
—¿Y cuando me visteis a mí?
—Me dejasteis sin aliento.
Mercy miró hacia la ventana.
—Si no os hubierais casado, quizá habríais sido mío. Por eso me conviene que os hayáis casado: hay un límite que yo sola no habría sabido respetar.
Julian vio entonces que le temblaban los dedos. Mercy quiso seguir hablando y no pudo. Se tapó la cara, y todo lo que había contenido se le escapó en un sollozo.
Dio un paso hacia ella y se detuvo antes de tocarla.
—Os he hecho desgraciada.
—No. Me habéis recordado que todavía podía querer a alguien —respondió ella entre lágrimas—. Y eso es bueno.
Se secó la cara y lo miró de frente. Tenía las mejillas encendidas, y Julian pensó que era por el llanto.
—Volved con vuestra mujer. Queredla. Yo encontraré la manera de seguir adelante. Daría cualquier cosa por que algún día pudierais olvidarme.
Julian abrió la boca, pero no encontró ninguna promesa que pudiera cumplir.