Seis días de lluvia 64
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Mercy no sabía qué había pasado en la casa de Bow Street.

Solo sabía que Jasper la había metido en una silla de alquiler con las manos manchadas y que había vuelto a casa con fiebre.

Desde entonces vaciaba baúles. Había vestidos por el suelo y joyas sobre las mesas.

Sacaba una prenda, la miraba sin verla y la dejaba caer.

Llevaba el pelo suelto y la misma ropa arrugada de la mañana.

Martha la seguía de habitación en habitación sin atreverse a decirle que se acostara.

Al caer la tarde llegó Jasper, y con él Gideon Vale. Gideon parecía haber envejecido diez años desde la última vez que Mercy lo había visto.

—¿Qué haces? —preguntó Jasper.

—Preparo mi marcha. Venderé todo lo que tengo. —Le temblaban las manos—. ¿Qué pasó en Bow Street? ¿Dónde está Carstairs?

—Se ha ido.

—¿Adónde?

—Lejos. No volverá a acercarse a ti.

Mercy lo miró. Jasper le sostuvo la mirada.

—Julian ha estado en palacio —añadió el bufón—. Ya no es Julian Vale. Es sir Julian Villiers. Buckingham lo ha reconocido como hijo suyo, y el rey lo ha armado caballero esta tarde.

La prenda que Mercy tenía en las manos cayó al suelo.

—También me ocultó su nombre.

Julian no lo había sabido hasta la noche anterior. Jasper lo sabía, y no la sacó de su error.

—Rochester lo trajo a mi casa sabiendo que Danby me visitaba. Quizá desde el principio querían algo de mí. Y yo lo creí.

Jasper la llevó al hueco del balcón, lejos de Gideon, que se había dejado caer sobre un baúl.

—Tengo que contarte algo que no sabes. Cuando Rose murió, empeñé todo lo que tenía para enterrarla.

Después pensé en ti: una niña sin padres, y yo sin nada con que darte de comer.

Una noche, cerca de Cheapside, vi salir a un hombre con un talego de monedas.

Lo seguí hasta una calle oscura y le clavé la daga por la espalda.

Nunca supe cómo se llamaba. Con aquel dinero pagué tu crianza.

Mercy dio un paso atrás.

—Matasteis a un hombre para pagar mi crianza.

—Por ti.

—No. Yo estaba en una cuna. Yo no elegí que muriera nadie.

Jasper bajó la vista. Cuando habló de nuevo, había en su voz algo que ella no le había oído nunca.

—Durante años creí que te quería como un padre. Cuando creciste, me di cuenta de que también sentía celos de los hombres que se te acercaban. Me avergoncé, intenté ocultarlo, y no dejé de sentirlo. Tú sufres por Lucy. Yo sufro por Julian.

Mercy lo miró como si acabara de entrar otro hombre en la casa.

—Me habéis llamado hija toda la vida. No me pidáis que cargue con lo que sentís. No me pertenece.

Jasper encajó la respuesta sin protestar. Luego miró hacia Gideon.

—Julian vendrá. Quizá no por amor, pero querrá explicarte la boda para quedarse tranquilo.

Cuando venga, no le enseñes tu dolor. Eres actriz: deja que crea que todavía confías en él.

—Bajó la voz—. Y Gideon puede ayudarnos.

Por sus manos pasa cada guante que sale del guardarropa, y Lucy vive en palacio.

Mercy tardó un momento en entenderlo.

—¿Queréis envenenar a Lucy?

Gideon se levantó del baúl de golpe, blanco como la cera.

—No. Hoy ya ha muerto un muchacho.

Jasper no respondió.

—Quiero que Julian sufra —dijo Mercy—. Pero no voy a matar a su mujer.

—Entonces no habrá veneno. Hay otras maneras de deshacer una felicidad. De momento, tú sigue viviendo: vuelve al teatro, conserva el favor de Danby y no le enseñes a nadie cuánto te ha herido esto.

Mercy se secó la cara y fue hacia Gideon.

—El conde de Danby todavía me escucha. Le hablaré de vuestro dinero.

A Gideon se le iluminó la cara de esperanza.

—Si lo conseguís recuperar, os deberé la vida.

Mercy escribió a Danby una nota breve y cariñosa en la que le pedía que fuera a verla. Selló el pliego y se lo dio a Gideon, que salió con él a toda prisa.

Martha y Caleb cerraron los baúles y devolvieron la sala a su orden. Mercy se cambió de ropa y se sentó junto al balcón con el libreto de Sir Patient Fancy. Sobre la mesa seguían los guantes de la función de la víspera. Los apartó sin mirarlos.

La luz fue apagándose. Más de una hora después volvió Martha.

—El caballero que vino ayer acaba de llegar en coche.

Jasper se levantó.

—Recuerda lo que hemos hablado.

Salió por la alcoba. Mercy dejó el libreto sobre la mesa.

—Haced pasar a Julian.