63
Gideon entró en Whitehall por Scotland Yard y subió a sus aposentos. En la cerradura habían pegado un papel:
NADIE AbrA ESTA PUERTA, POR MANDATO DEL REY NUESTRO SEÑOR.
La aporreó con los puños.
—¡Elizabeth! ¡Anne!
Corrió al guardarropa. Los oficiales hablaban en corrillos y se callaron al verlo. El más antiguo dio un paso al frente.
—Señor Vale, preparad el ánimo. Antes del mediodía encontraron abiertas vuestras habitaciones. Las habían saqueado. Vuestra esposa y vuestra hija han desaparecido. Kit Latch tampoco está.
Gideon chocó con una mesa. Unas manos lo sujetaron, lo llevaron a una estancia del fondo y cerraron la puerta.
Allí lo esperaba Jasper Quill.
Tenía los ojos enrojecidos y sostenía una escudilla de barro. Dentro había berros y restos de perdiz: patas, alas y una carne con un tono verde que no era natural.
—Rezad por Ralph Pomeroy —dijo Jasper—. Llevó esto a la mesa de la reina, y Kit le pagó con un vaso de vino envenenado. Murió en mi escalera.
Gideon miró la escudilla.
—Lo vi —dijo—. Vi el pañuelo esta mañana, colgado de mi ventana. Y no dije nada.
—Lo sé. Seguía colgado cuando entré a mediodía. —Jasper dejó la escudilla sobre la mesa—. Y yo dejé morir al muchacho al pie de la escalera porque no quería que me encontraran con esto en las manos. No soy quién para juzgaros.
—¿Elizabeth sabía…?
—Carstairs le dio el veneno. Ella hizo volver a Kit al guardarropa, y desde allí Kit bajó a las cocinas.
Gideon se dejó caer en un banco.
—¿Y Carstairs?
—Carstairs no volverá a ninguna parte.
Gideon no entendió lo que quería decir. Jasper no se lo explicó.
El bufón avivó el pequeño fogón y echó sobre las brasas la carne, la piel y los berros. La grasa chisporroteó y un olor acre llenó la estancia.
—Estáis quemando la única prueba.
—Una prueba que robé de la mesa de la reina, que toqué con las manos manchadas de sangre y que le eché a un gato. Si es Danby quien elige al juez, estos huesos me ahorcarán a mí antes que a nadie. Y a vos detrás de mí, por lo que visteis esta mañana.
Esperó a que no quedara nada pegado a los huesos. Luego fregó la escudilla con ceniza y arena hasta que no quedó ni grasa ni olor.
—Se han llevado todo mi dinero —dijo Gideon—. Treinta años de ahorros. ¿De qué voy a vivir?
Jasper lo miró con algo que no llegaba a ser desprecio.
—Hoy ha muerto un muchacho, la reina ha estado a un bocado de morir y vuestra mujer ha huido con un niño en el vientre. Y vos lloráis por vuestras guineas.
Gideon bajó la cabeza.
—Vi a Elizabeth y a Anne cerca de Charing Cross antes del mediodía —añadió Jasper, más bajo—. Iban a la iglesia, dijeron. Ninguna de las dos me miró a la cara.
Escondió bajo la capa un hatillo con la ceniza y los huesos. En el primer recodo levantó la rejilla de un viejo sumidero y lo vació dentro. El agua de la lluvia se lo llevó hacia el río.
—Ralph se llevará el resto a la tumba —murmuró.
En la galería, Gideon torció hacia el guardarropa.
—¿Adónde vais?
—A trabajar. Es lo único que no me han quitado.
Abrió los arcones, revisó las telas y preguntó por las entregas del día.
Los oficiales le obedecieron en silencio.
Ninguno se atrevió a nombrar a Elizabeth ni a Anne.
Gideon se perdía entre las mesas como si no las conociera.
En una sola tarde había envejecido diez años, y los mechones rojizos de su pelo se habían vuelto tan grises como el resto.
Al final se echó la capa sobre los hombros y salió sin despedirse.
—Pobre señor Vale —murmuró el oficial más antiguo—. La desgracia le ha trastornado el juicio.
Gideon encontró de nuevo a Jasper en el corredor y se agarró a su brazo sin decir nada. El bufón miró aquella mano temblorosa y se le quitaron las ganas de reprocharle nada.
—Venid conmigo —dijo—. Hay alguien que os necesita más que yo.