Seis días de lluvia 62
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Compton volvió a Fulham a media tarde. Habían intentado envenenar a la mujer que amaba mientras él estaba sentado frente a ella.

Gideon Vale lo esperaba en su gabinete, custodiado por un alguacil. Había pasado allí todo el día sin saber por qué lo habían detenido. Se había quedado dormido en el sillón.

Compton lo despertó con una mano en el hombro.

—¿Por qué no me trajisteis anoche el cofre?

—Me lo robaron, milord. Es decir, me lo quitaron, pero luego lo recuperó Julian…

—Ya lo sé. Lo ha abierto el rey esta tarde, delante de mí. Sir Julian Villiers tiene sus papeles. Yo mismo lo casé esta mañana. —Compton se sentó frente a él—. No os he hecho traer por el cofre.

Gideon lo miró sin comprender.

—Ayer, aquí mismo, quisisteis decirme algo más. Abristeis la boca y la volvisteis a cerrar. Yo no os pregunté qué era. Os lo pregunto ahora.

Gideon empezó a temblar.

—¿La reina…?

—Vive.

Gideon se tapó la cara con las manos. Cuando volvió a hablar, lo dijo todo de golpe, como quien se quita un peso de encima.

Le habló del cesto de costura y del paño rojo que había visto bajo el ovillo blanco, del Grifo Rojo y de Kit Latch pidiendo plaza en las cocinas.

Y le contó lo de aquella misma mañana: al cruzar el patio con el alguacil había levantado la vista y había visto el pañuelo colgado de su ventana.

—El alguacil me preguntó qué ocurría. Le dije que nada.

—¿Por qué?

—Porque es mi mujer, milord. Y lleva un hijo dentro.

Compton se quedó un largo rato callado.

—Y yo no os pregunté nada —dijo al fin—. Estaba pensando en otra cosa.

Gideon levantó la vista. Era la primera vez que veía al obispo de Londres hablar como un hombre que también tiene algo de que avergonzarse.

—¿Me vais a entregar?

Compton miró por la ventana. Se habría entregado él primero, si eso hubiera servido para algo.

Pero en noviembre de 1678 ya corría por los Comunes el rumor de que la reina papista quería envenenar a su marido.

Si se sabía que alguien había intentado envenenarla a ella, los delatores de la conjura le darían la vuelta a la historia en una semana.

Dirían que el veneno era de la propia Catalina y que lo había probado para disimular.

No había prueba, ni carne, ni testigo vivo que pudiera desmentirlo.

—No. Callaremos los dos. Y los dos cargaremos con ello.

Gideon le entregó las cartas de Mistress Long. Compton leyó la que iba dirigida a él. Charlotte y Rochester se amaban. Dobló el pliego y lo guardó. Después abrió un cajón y sacó la bolsa de cien guineas que le había devuelto Wakefield.

—Para vuestros gastos.

—No lo aceptaría si no estuviera en un apuro.

—Lo estáis. Más de lo que creéis. —Compton le puso la bolsa en la mano—. Volved a Whitehall.

No le dijo qué iba a encontrar allí. Se dijo que hay cosas que un hombre tiene que ver con sus propios ojos.