61
Una hora después de salir de Whitehall, Julian y Lucy iban en coche hacia la casa de la duquesa viuda de Ravensbourne. Desde la calle, Rochester los vio pasar y alzó el bastón.
—¡Eh, heraldo de buenas venturas! Deteneos, que os lo ordena la desdicha.
El coche se paró. Julian abrió la portezuela.
—¿Cabe un desdichado?
—Donde estemos nosotros, siempre cabéis vos. Entrad, que llueve.
Rochester se sentó frente a ellos y se sacudió el agua de la capa.
—Desde que llegué a Londres no ha dejado de llover. Tengo hambre de un cielo limpio y de un día sin desgracias. ¿Adónde vais?
—A casa de la duquesa viuda de Ravensbourne.
Rochester miró a Lucy, y Julian se dio cuenta.
—La duquesa es mi madre —dijo Julian—. ¿Lo sabíais?
Rochester tardó en responder. Pensaba en una buhardilla negra de humo y en una vela de sebo. La tenéis más cerca de lo que creéis.
—No, no lo sabía. Pero hace días, alguien me dijo que la teníais más cerca de lo que imaginabais. Hasta ahora no he entendido qué quería decir.
—¿Quién os lo dijo?
—Un bufón.
Lucy bajó la vista. Julian miró a uno y a otro.
—Jasper lo sabe casi todo —dijo Rochester—. Lo difícil es averiguar qué piensa hacer con ello. ¿Cómo estaba la reina cuando salisteis?
—De pie y de buen ánimo —respondió Lucy—. El doctor Compton no se separaba de ella.
Rochester soltó el aire. Catalina seguía viva, y Julian tenía una madre y un apellido. Era más de lo que había esperado aquel día. Pero también sabía lo que eso significaba en Whitehall: cuantas más cosas buenas le pasaban a alguien, más gente había dispuesta a quitárselas.
—Haced parar el coche.
—No os entiendo —dijo Julian.
—Yo sí me entiendo, y por hoy basta. Si Compton vela por la reina, yo puedo ocuparme de que otros sigan vivos. Quedad con Dios.
Bajó y echó a andar bajo la lluvia hasta Pall Mall. Entró en una casa grande y bien guardada.
—Que me traigan papel y tinta —dijo al entrar.
—Yo misma os los daré —respondió lady Charlotte.
La puerta se cerró.
—¿Qué os pasa, John?
—Que no tengo casa más segura que la vuestra. He venido a cumplir una obligación que no puede esperar. Tengo que escribir al duque de Buckingham para que me diga dónde puedo encontrarlo.
Charlotte lo entendió antes de que terminara.
—Os vais.
—Tengo que sacar de Inglaterra a Julian y a Lucy. Esta corte se está cerrando sobre nosotros. Hoy han intentado envenenar a la reina. Rowley se recupera. Danby sabe demasiado de mí. Esta carta es la barca que nos sacará de aquí.
—Una barca en la que no hay sitio para mí.
—Hay sitio para vuestro recuerdo.
—El recuerdo solo consuela al que se va.
—No soy buena compañía. Tomad lo que ha pasado por un sueño y dejadme marchar antes de que lo convierta en una pesadilla.
—Ojalá no hubierais venido nunca.
Dejó papel, pluma y tintero sobre la mesa y se retiró al hueco de un balcón, de espaldas a él.
—Si os vais —dijo sin volverse—, no será porque yo os haya dejado ir.
Rochester tomó aquellas palabras por una queja. No lo eran.
Se sentó a escribir.
Milord: os escribo con verdadera prisa, y ya sabéis que no malgasto esa palabra.
Encontré a vuestro hijo metido hasta el cuello en los asuntos de Whitehall.
Hirió a sir Silas Rowley y libró a la reina de un apuro que no puedo confiar al papel.
El cofre se ha abierto. El rey ha examinado vuestro reconocimiento, lo ha armado caballero y le ha autorizado a usar vuestro apellido.
Esta mañana, con licencia de Sus Majestades, se ha casado con Lucy Ainsworth, hija de sir Richard.
Se quieren, milord, y sería una lástima que la corte les envenenara esa dicha.
Escribid a Julian y pedidle que vaya a reunirse con vos.
Obedecerá. Yo también deseo veros para contaros de palabra lo que no debe escribirse.
El muchacho vale más de lo que su fortuna permitía esperar.
Enviad la respuesta por el correo del rey.
John Wilmot, conde de Rochester.
Secó la tinta, dobló la carta y la selló. Luego se acercó al balcón.
—¿Lloráis?
Charlotte no se volvió.