Seis días de lluvia 60
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Lucy llevaba toda la mañana oyendo en su cabeza la voz de Julian en la Capilla Real: mi mujer.

Desde el mediodía oía otra cosa: el golpe de la jofaina de plata y la respiración entrecortada de Catalina mientras ella le sujetaba la frente.

Nadie le había explicado qué había en aquel bocado.

Había visto la cara de Rochester y la de Compton, y no le hacía falta que se lo explicaran.

Se sentó a escribir a su padre. Rompió dos comienzos y luego un tercero.

Al final escribió solo lo que podía decirle sin tener a Julian al lado: que la lealtad a la reina la había obligado a decidir su boda con mucha prisa, pero que no había sacrificado por ello su felicidad.

Que era la esposa del capitán Julian Vale y le pedía su bendición.

Llamó a Humphrey Larkin, el escudero de la familia, pero cuando iba a darle la carta se arrepintió.

—Esperad. Mi marido debe escribirle también.

Lady Mary Finch le trajo un recado de la reina: aquella misma tarde, Lucy sería presentada en la corte como dama de su cámara, y Julian iría a ver al rey.

La duquesa viuda de Ravensbourne la acompañaría a ella, y lord Shaftesbury, a su marido.

Mary dejó también un cofrecillo con un aderezo de joyas prestado por Catalina.

Pasó el tiempo. Nadie fue a buscarla. Por los corredores se oían pasos apresurados y rumores.

Por fin, una doncella anunció al capitán Julian Vale.

—Casi no os reconozco —dijo Lucy al verlo con la casaca azul.

—Me han tenido casi una hora en la puerta. Han registrado a todo el que entraba. Han saqueado las habitaciones de Gideon. Elizabeth, Anne y Kit Latch han desaparecido. El cofre está sellado bajo custodia del lord mayordomo.

—¿Y Gideon?

—En manos de la junta, en Fulham. Todavía no se lo han dicho. —Julian bajó la voz—. En casa de Fielding me enteré de que Carstairs pidió dinero para un pasaje a Tánger para dos personas.

Lucy tardó un momento en entenderlo.

—Elizabeth.

—Y el paje que han encontrado muerto al pie de una escalera era el que llevó la perdiz a la mesa de la reina.

Se miraron. Lucy había sostenido la jofaina. Julian vio en su cara que lo sabía. Ninguno de los dos dijo nada más.

La doncella había contado ya por toda la casa que la señora estaba encerrada a solas con un caballero. Al poco, la dueña entró con el mayordomo, los lacayos y las doncellas detrás.

—Amigos míos, pasad —dijo Lucy—. Esta mañana me he casado en la Capilla Real con la aprobación del rey y de la reina. Este es el capitán Julian Vale, mi marido.

Despidió a todos menos a las doncellas y pasó al gabinete a vestirse.

Cuando volvió, lady Eleanor Ashcombe esperaba en la cámara. Saludó a Lucy con frialdad y miró a Julian de arriba abajo.

—Hoy en día se reparten honores con mucha facilidad.

Lord Shaftesbury entró detrás de ella. Celebró en voz alta aquella compañía, y Eleanor no le respondió.

La presentación se celebró en una cámara pequeña, porque el saqueo y la muerte del paje habían llenado de oficiales las salas grandes. Carlos los recibió acompañado de Catalina, de Compton, del lord mayordomo y de dos secretarios. La reina estaba pálida, pero sonreía.

Julian se arrodilló y entregó al monarca los documentos. El rey leyó el reconocimiento de Buckingham y después el compromiso que él mismo había firmado en el destierro. Sonrió al reconocer su propia letra.

—Prometí armaros caballero cuando tuvierais edad de llevar armas, siempre que vuestra conducta lo mereciera. —Miró a Catalina—. Habéis protegido la honra de mi esposa, recuperasteis unas cartas sin leerlas y habéis sabido callar. No necesito más.

Pidió una espada. El acero tocó un hombro de Julian y luego el otro.

—Alzaos, sir Julian Villiers.

El rey ordenó levantar los sellos del cofre y entregar a Julian lo que no estuviera sujeto a los fideicomisarios.

Trajeron el cofre. Julian lo abrió con la llave que se había encontrado entre los bienes de Gideon.

Catalina se llevó a Lucy y a Eleanor a su tocador.

Le quitaron a Lucy las joyas prestadas y abrieron los estuches del aderezo que la madre de Julian había dejado para su futura esposa.

Eleanor se quedó sin color.

—Ese collar… Dejadme ver el medallón.

Lucy se acercó. Eleanor lo tomó, le dio la vuelta y presionó con el pulgar un resorte que Lucy no había visto. El medallón se abrió. Dentro había un rizo de pelo castaño, descolorido por los años, sujeto con un hilo de oro.

A Eleanor le temblaron los dedos.

—¿Quién os ha dado esto? —preguntó tan bajo que solo Lucy pudo oírla.

—Mi marido. Eran de su madre.

—¿Sabe quién fue?

—No. Espera que estas joyas la ayuden a encontrarla.

Lucy miró el rizo. Después miró el pelo de la duquesa, casi gris, pero castaño todavía en las sienes.

Eleanor cerró el medallón.

—¿Os encontráis mal? —preguntó Catalina.

—Ha sido un mareo, señora. Ya se me pasa.

Cuando volvieron con los hombres, Eleanor le pidió el brazo a Julian. En su voz ya no quedaba desprecio.

—Sir Julian, ayudadme a caminar.

Él se apresuró a ofrecérselo. Shaftesbury observó el cambio sin decir nada.

Eleanor apretó el paso hasta dejar atrás a Lucy y al conde. Lucy los siguió a cierta distancia por la galería. En un tramo en penumbra los vio detenerse. Eleanor le tomó la cara a Julian entre las manos y, después de decir algo, lo besó en la frente. Después siguió andando.

Lucy había leído la carta de Amos en su gabinete, la que Gideon le enseñó. Antes de marcharse, besó al niño en la frente.

Al llegar a la galería iluminada, Eleanor había recobrado la compostura.

—Cuando terminéis, venid con Lucy a mi casa.

—Iremos, señora.