Seis días de lluvia 59
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El médico de la reina llegó antes de que Rochester terminara de explicarle por qué lo necesitaban. Compton le resumió lo poco que podía decirse delante de los criados: un bocado, quizá en mal estado, y la conveniencia de no correr riesgos.

Catalina no discutió. Tomó el agua tibia con sal que le dieron y vomitó en una jofaina de plata, sujeta por Lucy y por Charlotte. Después se recostó, pálida.

—Si había algo en ese bocado —dijo el médico—, ya no está dentro.

Compton no se había apartado de ella. Tenía la cara blanca como el cuello de la sotana.

—¿Qué le ha pasado a Jasper? —preguntó la reina con voz débil.

—Hambre, señora —respondió Rochester.

Catalina se rio sin fuerzas. Los criados se rieron con ella.

En el corredor, Rochester llevó a Compton junto a una ventana y le contó en voz baja todo lo que sabía: el envoltorio de Carstairs, el pañuelo rojo, Elizabeth, Kit en las cocinas y la perdiz con patas y pico.

Compton cerró los ojos.

Al poco llegaron otras noticias. Una moza de servicio había encontrado a un paje de la reina muerto al pie de una escalera, con una fuente de plata a su lado. Se llamaba Ralph Pomeroy. Los médicos de la Casa lo examinaron y dijeron que había sido una apoplejía. Nadie buscó otra causa.

Poco después se supo que habían saqueado las habitaciones del guardarropa mayor.

Rochester fue a verlo. En la puerta encontró a un escribano levantando acta.

La primera estancia estaba en orden. En la segunda había ropa por el suelo.

En el cuarto del fondo, el que Gideon siempre cerraba con llave, el gran arcón tenía las cerraduras rotas y estaba vacío.

A su lado había un cofre de hierro con marcas de violencia en la tapa: lo habían intentado abrir sin conseguirlo.

El lord mayordomo ordenó sellarlo y guardarlo bajo su custodia.

Elizabeth Vale había desaparecido, y con ella Anne y Kit Latch.

En la tercera habitación, el escribano se detuvo ante la ventana.

—Un pañuelo rojo de algodón —dictó—, colgado por fuera.

Nadie más en aquel cuarto sabía lo que significaba.

El rey encargó el caso a un magistrado de Westminster, que ordenó prender a Hugh Carstairs, a Elizabeth Vale, a Anne Vale y a Kit Latch por el saqueo.

Nadie relacionó al paje muerto con las desapariciones.

Nadie sabía que Carstairs estaba en un sótano de Bow Street.

Y nadie pensó que un pañuelo rojo pudiera ser la señal de un atentado contra la reina.

En las antecámaras, la historia del bufón que había robado la perdiz de la reina corría de boca en boca, y cada versión añadía una mueca o una carcajada. Nadie se preguntaba por qué lo había hecho.

Por orden del rey, la madre de Ralph recibió unos chelines para el luto. Un clérigo cobró otros por el oficio de difuntos.

De Jasper no había ni rastro.

Antes de irse, Rochester volvió a mirar las ventanas del ala de los alojamientos. El pañuelo seguía allí. Nadie se había molestado en descolgarlo.

Whitehall siguió con su día.