58
Jasper chocó con un hombre, apartó a otro de un empujón y dejó atrás los insultos. Faltaba un cuarto de hora para el mediodía.
Cerca de Charing Cross distinguió a dos mujeres bajo unas capas empapadas: Elizabeth Vale y Anne.
—¿Adónde vais?
—A la iglesia —respondió Elizabeth.
—¿Solas, y con este tiempo?
Ninguna de las dos lo miró a los ojos. Jasper habría querido sacarles la verdad allí mismo, pero pensó en Catalina y siguió corriendo.
En la puerta privada del Cuarto de las Damas tropezó con varios hombres que salían. A uno le golpeó el hombro, y se le cayó al suelo un talego que sonó a monedas.
—¡Mirad por dónde vais!
Era Ephraim Crowe, el amigo de Carstairs. Recogió el talego y desapareció bajo la lluvia. Jasper no tenía tiempo de seguirlo.
Al entrar en el patio levantó la vista hacia las ventanas de los alojamientos. De una de ellas colgaba un pañuelo rojo, tan empapado que ya no se movía con el viento.
Subió la escalera casi a gatas y cruzó una galería. Al doblar una esquina se dio de bruces con Rochester. El conde lo agarró de los hombros para que no cayeran los dos.
—¿Quién os persigue?
Jasper miraba más allá de él. Por la galería avanzaba un paje rubio y colorado con una fuente. Sobre la plata llevaba una perdiz más pálida que dorada, rodeada de berros, con las patas y el pico todavía puestos.
—El pañuelo está colgado —dijo Jasper—. Y esa perdiz va a la mesa de la reina.
Jasper se soltó y corrió hacia la antecámara. Dos alabarderos cruzaron sus armas delante de él. Rochester llegó detrás, golpeando la piedra con el bastón.
—Dejadlo pasar. En nombre del rey.
Ante la cámara de Catalina, dos ujieres volvieron a cerrarle el paso. Jasper empujó a uno contra la pared y apartó al otro. Pero aquel retraso le había costado unos segundos preciosos: el paje ya había servido el plato.
Catalina almorzaba frente al doctor Compton. El trinchante había cortado una pechuga, y la reina acababa de llevarse un bocado a la boca.
Jasper se lanzó sobre la mesa. Catalina gritó y Compton se puso en pie. No había tiempo para explicaciones, y delante de los criados no podía darlas. Agarró la fuente, soltó la carcajada más estridente de su repertorio y levantó la perdiz como un premio de feria.
—¡Mía! ¡Para mí, no para la reina!
Y salió corriendo, sin dejar de reírse, antes de que nadie pudiera detenerlo.
No paró hasta su buhardilla. Echó el cerrojo y dejó la fuente sobre la mesa. Le temblaban las manos, todavía manchadas de la sangre de Carstairs.
Al poco, alguien llamó.
—Abrid. Soy yo.
Rochester entró sin aliento.
—Le he dicho a Compton que no la deje probar nada más. He mandado a buscar al médico de la reina. ¿Qué habéis hecho?
Jasper le señaló un trozo de perdiz en el suelo. Grizzle, el gato gris de la buhardilla, lo olfateaba desde lejos sin acercarse.
—Ese animal roba la comida de cualquier plato. Esto no lo toca.
—Un gato puede rechazar la carne por muchas razones. Con eso no podemos acusar a nadie. Guardad la carne. Sacadla de esa fuente; es de la reina y vendrán a buscarla.
Rochester se marchó en busca del médico. Jasper echó la perdiz en una escudilla de barro.
Al poco, alguien volvió a llamar. Era el paje rubio.
—Haríais bien en esconderos, Jasper. Me han mandado a buscar la fuente.
Tenía la cara gris y estaba empapado en sudor.
—¿Qué os pasa?
—No me encuentro bien. Kit Latch me ha dado en las cocinas un vaso de vino caliente. Desde entonces me arde el estómago.
Jasper lo agarró de los brazos.
—Os han envenenado. Kit y vos ibais a matar a la reina, y a vos ya os habían condenado desde antes de servirla. Venid. Hay que haceros vomitar antes de que llegue el médico.
—¿Kit? No puede ser. Kit y yo… —El paje se aferró a la bandeja—. Decidle a Anne…
No llegó a terminar. Puso el pie en el primer peldaño, gritó y perdió el equilibrio.
Rodó hasta abajo. La fuente resonó contra la piedra.
Jasper bajó tras él. El muchacho estaba al pie de la escalera, con los ojos abiertos, y ya no respiraba.
Se oyeron pasos en la galería de abajo.
Jasper miró al paje, luego la escudilla que había dejado arriba. Si lo encontraban allí, con la perdiz de la reina y aquel muerto a los pies, nadie le preguntaría nada más.
Volvió a subir sin hacer ruido.
Por segunda vez aquel día, dejó atrás a un muerto.