57
Jasper Quill entró en casa de Evelyn Wynne detrás del lacayo de lord Latimer, que llevaba un cesto de víveres. El criado de la puerta dejó pasar al recadero, y Jasper se coló detrás de él.
Esperó junto a la escalera hasta que el lacayo se fue.
Cuando el viejo criado cerró la puerta, Jasper lo derribó, le tapó la boca con un pañuelo y le ató las manos con su propio cinturón.
A la dueña, que bajó a ver qué pasaba, la sorprendió antes de que gritara.
En la cocina encontró a una doncella y a la cocinera.
Les enseñó la daga y las encerró en la despensa.
Nadie del servicio podía dar la alarma.
Recorrió las habitaciones sin hacer ruido. Al apartar un tapiz vio a Mercy en la estancia contigua, sentada y encorvada, con los ojos fijos en la alfombra.
Quiso llevársela en ese mismo instante. No lo hizo. Carstairs la había llevado hasta allí, y Jasper necesitaba saber para qué.
—Aguanta un poco más, hija —murmuró.
Siguió dos voces hasta una puerta cerrada y pegó la oreja a la madera.
—…una gargantilla de mil guineas —decía una mujer—. Gideon Vale me la trajo en nombre de alguien que solo puede ser el rey, para que lo reciba a oscuras.
—Danby está detrás de eso, estoy seguro —respondió Carstairs—. Averiguad quién entra antes de darle nada. Pero eso puede esperar. A mediodía, Whitehall tendrá otras cosas de que hablar. La reina va a almorzar con su obispo.
Jasper se quedó inmóvil. Mediodía.
—¿Y la joven que habéis traído? —preguntó Evelyn.
—Es mi hija.
Hubo un silencio.
—¿La hija de Rose Fletcher?
—Hace veinticuatro años quise dejarla a la puerta de una iglesia de Southwark. Un hombre me la quitó de los brazos y me dio tres puñaladas. Creí que me moría. No supe que era ella hasta anoche, cuando oí su nombre al otro lado de una puerta.
—¿Cómo podéis estar seguro?
—Tiene una marca en el hombro derecho. La mordí antes de sacarla de la habitación, por si algún día necesitaba reconocerla.
Jasper se apoyó en la pared.
Veinticuatro años antes, en una escalera de Southwark, había tenido a aquel hombre bajo su daga sin verle la cara.
Llevaba botas de jinete. Dos días antes se había arrodillado ante un obispo para que lo absolviera de una muerte de la que no estaba seguro.
El rey le había prometido el perdón bajo el Gran Sello.
No iba a hacerle falta: aquel hombre había sobrevivido.
—Mordisteis a vuestra hija recién nacida —dijo Evelyn, y por primera vez no pudo ocultar el asco—. ¿Y para qué la habéis traído?
—Está enamorada de Julian Vale, el hombre que hirió a sir Silas.
Julian se ha casado esta mañana con Lucy Ainsworth, y Mercy los ha visto.
Está dispuesta a vengarse. Ella es la debilidad de Danby.
Con ella podemos sujetar al conde y librarnos de quien nos estorbe.
Mantened vivo su rencor. Vos sabéis encontrar la herida de una persona y ponerla a trabajar.
—Habláis de vuestra hija como de un arma.
—Puede serlo.
Se oyeron pasos hacia la puerta. Carstairs iba a llamar a Mercy.
Abrió, y al otro lado estaba Jasper.
—Apartaos, mayor.
Jasper entró y cerró la puerta a su espalda. Le temblaba la voz, pero no la mano que sostenía la daga.
Carstairs retrocedió. Evelyn se levantó junto al brasero.
—Mercy no irá a ninguna parte con vos —dijo Jasper—. Ya tiene un padre. Fui yo quien la recogió, quien le curó la herida que le hicisteis y quien la crio.
Carstairs reconoció la voz. La arrogancia se le borró de la cara.
—Fuisteis vos.
Jasper se movió primero. Carstairs apenas había empezado a desenvainar cuando el bufón le sujetó la muñeca, se metió bajo su brazo y le hundió la daga bajo el esternón. El mayor forcejeó y se desplomó.
—La otra vez necesité tres heridas —dijo Jasper—. Esta vez, una.
Se inclinó sobre él.
—Destrozasteis la vida de Rose. Queríais envenenar a la reina y usar a vuestra hija como un arma. No volveréis a ponerle la mano encima.
Carstairs intentó respirar y le salió sangre por la boca. Un momento después dejó de moverse.
Evelyn había corrido hacia la otra puerta. Jasper la alcanzó y la agarró de la muñeca.
—Os conocí cuando cogíais ostras descalza en Whitstable, Abigail. Os ha costado mucho llegar a esta casa. Si queréis conservarla, ayudadme.
—¿Qué tengo que hacer?
—Esconderlo. Deprisa.
Envolvieron el cuerpo en la capa del mayor y lo arrastraron hasta un sótano húmedo y sin ventanas. Quedó sangre en las tablas y en los peldaños.
—Soltad a los criados cuando nos hayamos ido y decidles que Carstairs se marchó por el postigo. No despidáis a nadie: un criado sin empleo vende en una taberna todo lo que sabe. Volveré a por él.
Subió la escalera casi a la carrera.
Mercy seguía donde la había dejado. Levantó la cabeza cuando él le tomó la mano.
—¿Jasper? ¿Qué hacéis aquí?
—Sacarte de esta casa.
—Carstairs…
—No volverá a hacerte daño.
Ella quiso preguntar algo más. Jasper apartó la mirada antes de que pudiera encontrar en sus ojos la respuesta.
En la calle paró una silla de alquiler, pagó a los porteadores y la ayudó a subir.
—Vete a casa y espérame allí.
—Decidme qué ha pasado.
—He llegado a tiempo. Algún día entenderás lo demás, y estaré contigo cuando llegue ese día.
La besó en la frente y cerró la portezuela.
En St Martin-in-the-Fields dieron las doce menos cuarto.
Jasper echó a correr hacia Whitehall.