56
Julian salió de Whitehall con la misma ropa con la que había llegado a Londres.
Todo lo demás había cambiado. Tres días antes no tenía dinero ni casa.
Ahora estaba casado con Lucy Ainsworth, llevaba un despacho de capitán bajo la casaca y tenía derecho a un apellido que todavía no se atrevía a pronunciar en voz alta.
Junto al despacho llevaba los papeles de Buckingham y el rizo de Lucy.
Si un ladrón le abría la casaca, perdería en un minuto las pruebas de su nacimiento, su grado y la historia que acababa de unirlo a su mujer.
Apretó el paso. Antes de las once tenía que presentarse ante el rey.
La casa de Ambrose Fielding estaba cerca de Charing Cross.
Tenía una fachada discreta y, dentro, mostradores, balanzas, un armario de hierro y un patio con cuadras.
Fielding trabajaba como orfebre, como banquero o como custodio de secretos, según lo que necesitara cada cliente.
Era ancho de hombros, canoso y vestía con pulcritud.
—El capitán Julian Vale, supongo —dijo—. Sir Miles Wakefield os describió con bastante exactitud: alto, rubio, joven y vestido como si hubierais reñido con todos los caminos de Inglaterra.
—¿Os dijo también que tengo que ver al rey dentro de una hora?
—No. Pero para eso tengo sastres.
En la habitación de al lado habían extendido sobre una mesa dos casacas, una escarlata para el servicio y otra azul para la corte, con chupas, calzones, camisas, botas y una capa.
Antes de que se acercaran los oficiales, Julian sacó el envoltorio de seda y lo dejó sobre una silla, donde pudiera verlo.
—Antes de que empecéis conmigo, quiero saber cuánto os debo por todo esto.
—Nada. Está pagado. El crédito venía del doctor Compton. Sir Miles presentó una libranza de mil doscientas guineas.
—¿Mil doscientas? ¿Cuánto se ha gastado en la ropa y el equipo?
—Trescientas, incluido el caballo.
—Quedan novecientas.
Fielding dobló una carta que tenía sobre la mesa.
—Yo entregué el dinero a quien estaba autorizado para recibirlo. No sé a quién decidió pagárselo después.
Julian se acordó de Mercer en el camino de Fulham: en Whitehall, quien os hace un favor esta noche os pasa la cuenta mañana. Hasta entonces había visto aquel despacho como una merced de la reina. La firma del rey seguía en el papel, pero alguien había cobrado por abrirle el camino.
—Yo no pedí que me compraran un grado.
—Casi nadie elige el precio de lo que recibe.
—Cuando disponga de mi fortuna, le devolveré a Compton todo lo que haya puesto por mí.
—Es una intención honrada. Procurad conservarla cuando llevéis más tiempo en la corte.
El barbero lo sentó delante de un espejo. Mientras le lavaba y le arreglaba el pelo, Julian pensó en otra cuenta pendiente.
—¿Conocéis a un mayor de la Guardia llamado Hugh Carstairs?
Fielding tardó un instante en contestar.
—No suelo hablar de mis clientes.
—Anoche pagó a un hombre para que me matara.
El banquero lo miró en el espejo.
—Carstairs no tiene cuenta en esta casa. Pero hace tres días cobró aquí cien guineas a cargo de una cuenta que no era suya. —Hizo una pausa—. La de sir Silas Rowley. Y ayer vino a pedir doscientas más, a cuenta del mismo crédito. Dijo que necesitaba pagar un pasaje a Tánger para dos personas.
—¿Se las disteis?
—Le dije que volviera el lunes. No me gustó su prisa.
Julian se guardó aquel dato. Carstairs, el hombre de Rowley, pagaba a Lovell, mandaba a Kit contra el cofre y preparaba un viaje para dos.
Fielding le enseñó una espada de Toledo con la guarnición de plata. Julian la sopesó.
—Es buena. Pero llevaré la mía.
Su vieja espada estaba apoyada contra la pared. Nathaniel había tenido la paciencia de enseñarle a usarla.
—Y tengo un caballo en Whitehall —añadió—. Se llama Bramble. Nadie daría una corona por él, pero no pienso cambiarlo por el nuevo.
—Habrá sitio para los dos.
Los sastres le pusieron la camisa de hilo, la corbata de encaje, la chupa de brocado de plata y la casaca de terciopelo azul. Fielding le ofreció un anillo y dos cadenas, y Julian se los devolvió. Aceptó, en cambio, una bolsa de cincuenta guineas a cuenta de su patrimonio, y pidió un recibo.
En St Martin-in-the-Fields dieron las once menos cuarto.
Fielding lo llevó ante el espejo. La casaca le sentaba bien, y el barbero le había borrado de la cara las huellas más visibles del camino. El hombre del espejo parecía saber lo que hacía. Julian no estaba tan seguro de saberlo.
—Vuestra esposa no os reconocerá —dijo Fielding.