Seis días de lluvia 55
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Gideon Vale volvía a Whitehall con el cofre de Witney cuando se dio de bruces con Jasper Quill.

El asalto de Long Acre le había costado el resto de la noche: declaraciones ante la ronda, discusiones con el hostelero y el empeño de no mover el cofre hasta que se hiciera de día. Ahora lo transportaban dos mozos, colgado de unas varas, y dos soldados cerraban la marcha. Ninguno había dormido.

—¡Jasper! Dios os pone en mi camino.

—Apartaos. Estoy siguiendo a alguien.

—Soy el hombre más desgraciado de Londres.

—Hoy la competencia está muy reñida. Apartaos.

Gideon mandó dejar el cofre en la portería del señor Bristow con los soldados y siguió al bufón. Jasper no apartaba los ojos de dos figuras que subían por St Martin’s Lane: un hombre corpulento y una mujer tapada que se apoyaba en su brazo. Los vieron entrar en una casa de Bow Street.

—¿Quién vive ahí? —preguntó Jasper.

—Hace frío. Hablemos bajo techo. Enfrente hay una taberna; invito yo.

Desde la mesa se veía la puerta. Gideon le contó a Jasper lo que sabía: que aquella era la casa de Mistress Evelyn Wynne, que lord Latimer la mantenía para acercarse a Monmouth y que Danby le había mandado una gargantilla haciéndole creer que el rey quería visitarla a oscuras.

Jasper lo escuchó sin interrumpir.

—Padre e hijo se gastan el dinero de todos en engañarse el uno al otro —dijo al final—. Sus guerras no me importan. Mercy acaba de entrar ahí, y he venido a buscarla. Pagad.

—No me habéis dado ningún consejo.

—Mandad a Elizabeth a Gales, llevad a Anne a Cambrai y marchaos de Whitehall.

—No puedo hacer nada de eso.

—Entonces no puedo aconsejaros.

Jasper cruzó la calle. Gideon volvió a palacio.

Todavía no había llegado al patio cuando un hombre le cerró el paso con un mandamiento de la junta especial, firmado por el doctor Compton.

—Acompañadme a Fulham.

—Soy el guardarropa mayor del rey. A estas horas me necesitan.

—El presidente de la junta os necesita más.

Gideon le ofreció diez guineas, después veinte. Quizás por ello, el alguacil le permitió pasar por su casa antes de ir.

En el guardarropa se encontró a Kit Latch entre los baúles de ropa.

—Gracias por perdonarme, señor Vale.

—¿Quién os ha dejado entrar?

—La señora Elizabeth vino con él esta mañana —se apresuró a decir un oficial—. Dijo que vuestra merced lo había readmitido.

Pajes y criados fingían seguir trabajando, pero todos escuchaban. Gideon sentía al alguacil detrás. No podía organizar allí un escándalo con su mujer.

—Elizabeth es demasiado generosa —dijo—. Pero habla en mi nombre. Volved al trabajo.

Le había prometido a Rochester que ningún guante saldría de aquel guardarropa sin pasar por sus manos. Llamó a Solomon Brome.

—Mientras yo no esté, ningún guante sale de aquí. Ni para el rey ni para la reina. Que nadie los toque.

Brome asintió sin entender. Kit, desde los baúles, tampoco pareció entenderlo.

Al salir, Gideon vio a Kit en la galería, hablando con un paje rubio y colorado de la casa de la reina. Lo conocía de vista: era el que pasaba bajo la ventana de Anne. Al cruzarse con ellos le llegó un fragmento de la conversación:

—…seis perdices. Solo una con aceite…

Gideon apretó los labios. Aquel era el muchacho que rondaba a su hija, el que había mencionado Kit en el Grifo Rojo. Ya les ajustaría las cuentas a los dos cuando volviera de Fulham. No pensó en nada más. Tenía demasiadas cosas en la cabeza.

En sus habitaciones, Elizabeth le abrió pálida y ojerosa.

—Han traído un cofre. ¿Vais a marcharos otra vez con este amigo vuestro?

—El doctor Compton lo espera —respondió el alguacil por él.

Gideon mandó subir el cofre al cuarto que siempre tenía cerrado. Pagó a los soldados y a los mozos, y cerró la puerta con llave. Al pasar por la sala vio el cesto de costura junto al fuego. El ovillo blanco seguía allí. El paño rojo, no.

Elizabeth lo vio mirar el cesto. No dijo nada.

Gideon le prometió que volvería pronto y salió custodiado. Al cruzar el patio levantó la vista hacia sus ventanas, sin saber muy bien por qué. De la ventana del dormitorio colgaba un pañuelo rojo, empapado por la lluvia.

Gideon se detuvo. El alguacil se volvió hacia él.

—¿Qué ocurre?

Gideon abrió la boca. Pensó en Elizabeth, en el niño que esperaba y en la soga de Tyburn.

La cerró.

—Nada. Vamos.