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Un mes después, lady Eleanor Ashcombe recibió una carta de las Provincias Unidas.
La escribía Lucy, porque Julian había empezado tres y las había roto todas.
Sir Richard Ainsworth los había recibido en La Haya.
Había leído el despacho de capitán, el reconocimiento de Buckingham y la licencia de la reina, y después le había preguntado a su hija una sola cosa: si era feliz.
Lucy le había dicho que sí. Rochester estaba con ellos, y por las noches les leía versos que no pensaba publicar.
Un año más tarde, Eleanor tuvo en brazos a su nieta, a la que habían llamado Eleanor. Esta vez la tuvo mucho más que unos minutos.
Charlotte había recibido a Rochester entre las paredes ennegrecidas de la casa del río. Nadie supo qué se dijeron. En primavera, ella viajó a las Provincias Unidas con el pretexto de visitar a unos parientes.
Sir Silas Rowley se recuperó y volvió al servicio de Danby. Nunca dijo en público el nombre del hombre que lo había herido. No le convenía.
Evelyn Wynne siguió recibiendo al duque de Monmouth.
A finales de aquel mismo noviembre, Titus Oates acusó ante el Consejo a la reina Catalina de conspirar para envenenar a su marido.
Carlos se negó a escucharlo. Dijo, delante de testigos, que no permitiría que acusaran a una mujer inocente.
Compton estaba en la sala, siguió junto al rey y nunca dijo a nadie por qué aquella acusación lo había hecho palidecer.
Las cartas que Danby quemó no eran las únicas.
Ralph Montagu guardaba las suyas, y en diciembre las leyó ante los Comunes.
El perdón bajo el Gran Sello que Sayer había redactado con tanto cuidado provocó exactamente la pelea que había previsto.
No bastó. Danby pasó cinco años en la Torre, junto al río.
Kit Latch murió ahorcado en Tyburn dos años después por robar unos candeleros. Nunca lo acusaron de nada más.
Anne Vale entró en el convento de las benedictinas inglesas de Cambrai. Antes de irse, mandó decir una misa por un paje llamado Ralph Pomeroy. No volvió a escribir a su padre.
Joan Craddock devolvió el recibo de la reina el mismo día en que cobró el último penique de intereses.
Rochester murió dos veranos después, en Woodstock, a los treinta y tres años. Entre sus papeles encontraron un rizo de pelo negro que nadie supo explicar, y unas hojas escritas con una letra pequeña, cuidadosa y tan regular que parecía trazada con regla.
Gideon Vale no consiguió rehacer su vida.
Perdió el cargo en el guardarropa. Elizabeth se fue en un barco a Tánger con Ephraim Crowe, con los ahorros de su marido y con las mil guineas de Mercy, que había cobrado en su nombre.
Gideon acabó sentado en un patio de Whitehall, aceptando la comida de quienes antes trabajaban a sus órdenes, hablando con alguien que nadie más veía.
Buckingham se enteró y le asignó una pensión.
Le dio también una habitación en una de sus casas de las afueras de Londres y puso un criado a su cuidado.
En las caballerizas de aquella casa vivía Bramble, el caballo gris y viejo con el que Julian había llegado a la corte.
Pasaron seis años.
Una mañana, el criado encontró muerto a Bramble. Pocos días después entró en la habitación de Gideon y lo vio sentado en la cama, mirando las paredes como si acabara de despertarse en una casa desconocida.
—¿Dónde estoy? ¿Dónde están Elizabeth y Anne? ¿Qué hora es? Tengo que ir al guardarropa.
Gideon había recobrado la razón de golpe y no recordaba nada de aquellos seis años. Mandaron llamar a Compton, que se quedó con él y le contó otra vez todo lo ocurrido. Cuando supo que durante seis años había hablado con Mercy como si siguiera viva, soltó un grito y se derrumbó sobre la cama.
Unos días después le permitieron salir por primera vez. Se marchó sin decir adónde iba.
Aquella noche no volvió.
A la mañana siguiente, el sacristán abrió St Martin-in-the-Fields y lo encontró tendido sobre una losa sin nombre.
Debajo yacía Mercy Lane.
FIN