53
—Todavía no os lo he contado todo —repitió Lucy.
Julian soltó la mano que ella le había tendido.
—Os escucho.
Lucy no apartó los dedos del picaporte.
—Anteanoche escribí al doctor Compton. Le pedí que investigara a Mercy Lane y a Edmund Marsh por una trama relacionada con las cartas de la reina, que los llamara a declarar y que, si encontraba motivo, les impidiera huir.
A Julian se le borró la sonrisa.
—¿Qué sabíais de ella?
—Que había ido a Marsh a pedirle un bebedizo, que había visto las cartas en la cartera de Rowley y que Marsh conoce a la mujer que tiene el recibo de la reina.
Todo eso es cierto. —Lucy no se escudó en Catalina—.
Pero escribí esa carta después de que Jasper me dijera que dormíais cerca de Dorset Garden. Tuve celos.
Julian se alejó hacia el brasero y se quedó allí unos segundos.
—¿La han detenido?
—No lo sé.
—Pudo equivocarse al ir a ver a Marsh, y puede que guarde otros secretos. Pero nada de eso os daba derecho a acusarla por lo que hicimos vos o yo.
—Lo sé. Por eso os lo digo antes de salir por esta puerta. No quiero que descubráis después que callé mientras una mujer podía acabar en Newgate por mi culpa.
—Retiraréis la acusación. Y hablaréis con Mercy.
Lucy palideció un poco.
—De acuerdo.
—Lo que hicisteis fue injusto, y no sabemos si todavía estamos a tiempo de repararlo.
—Iremos a ver a Compton ahora mismo.
Julian volvió junto a ella.
—Y después nos casaremos.
Lucy levantó la vista.
—¿Todavía queréis?
—Os quiero. Eso no hace justa vuestra carta. Pero os habéis comprometido a reparar el daño.
Abrieron la puerta. La galería estaba vacía. En la saleta del oratorio esperaban Compton, Rochester, Charlotte y dos hombres de la Casa Real. Uno, Stephen Mallory, estaba despierto. El otro abrió los ojos cuando Mallory le dio un codazo.
—Ilustrísima —dijo Lucy—, tengo que hablaros de mi carta sobre Mercy Lane.
Compton se apartó con ellos hasta el escritorio.
—Me equivoqué —dijo Lucy—. Tomé mis sospechas por pruebas. Quiero retirar la acusación y os pido que canceléis cualquier diligencia basada solo en lo que escribí.
—No he ordenado detenerla. Vuestra carta no bastaba. He hablado con Mercy esta misma noche.
—Entonces quemad mi carta —dijo Lucy.
—No. Se queda en el expediente. Destruirla porque os hayáis arrepentido también sería una falta. Escribid otra en la que conste vuestra retractación.
Lucy escribió sin buscar palabras que la disculparan. Reconoció que sus conclusiones no se apoyaban en pruebas y pidió que no se tomara ninguna medida contra Mercy por lo que ella había escrito. Firmó y le entregó el pliego a Compton.
—También se lo diré a ella.
Rochester se inclinó hacia Lucy.
—Confesar una falta antes de la boda es una buena idea. —Charlotte lo miró de reojo, y él se volvió hacia ella—: No os alarméis, señora. Yo llevo años exhibiendo mis faltas. Nunca podréis decir que os pillaron por sorpresa.
Compton extendió sobre la mesa la licencia matrimonial.
—La boda no se celebrará antes de las ocho. Pero quiero preguntároslo ahora, sin que respondan por vosotros. ¿Venís libremente?
—Sí —dijo Lucy.
—Por mi propia voluntad —respondió Julian.
Las cinco horas siguientes pasaron despacio. Charlotte acompañó a Lucy a sus aposentos. Julian se quedó con Rochester y los dos testigos; uno de ellos volvió a dormirse.
Al amanecer, Rochester se levantó sin decir adónde iba. Volvió al cabo de un rato con la capa húmeda y se sentó junto a Julian.
—La ventana sigue limpia —murmuró.
—¿Qué ventana?
Rochester parpadeó, como si no se hubiera dado cuenta de que lo había dicho en voz alta.
—Nada. Cosas mías.
Pero Julian vio que se le habían relajado los hombros.
A las ocho, una luz gris entraba por los ventanales altos de la Capilla Real.
Compton los casó según el Libro de Oración Común.
Mallory y el gentilhombre firmaron como testigos, y Rochester y Charlotte asistieron en nombre de los reyes.
En el registro constaron los nombres por los que los conocían aquella mañana: Julian Vale y Lucy Ainsworth.
Buckingham, las tierras y la madre de Julian quedaron fuera de aquella línea.
Al terminar, Compton se quitó la estola.
—Tengo que dejaros. Su Majestad me espera a almorzar.
Una hora después volvieron a los aposentos de Lucy. Julian no dejaba de mirarla, como si temiera que el pergamino, las palabras ante el obispo y el anillo fueran otro sueño de aquella noche. Ella evitaba sus ojos, pero sonreía cada vez que creía que él no la veía.
En la puerta del dormitorio, Lucy se volvió.
—Esperad un momento.
Volvió con una bata de seda negra y el pelo recogido bajo una toca blanca. Julian abrió los brazos. Ella se dejó abrazar y lo besó, pero él notó su tensión y se apartó enseguida.
—Decidme qué os inquieta.
—Hemos ido más deprisa que nuestros sentimientos. Necesito tiempo. Sé lo que la ley permite exigir a un marido. Os pido que no toméis de mí, ni esta noche ni ninguna, nada que yo no quiera daros.
—No usaré la ley para pediros lo que no queráis darme. Estaremos juntos como vos queráis y cuando vos queráis.
—¿No os ofendo?
—Me dolería que me tuvierais miedo. Que me pidáis tiempo, no.
Lucy abrió un cajón, sacó el rizo con el lazo de diamantes y se lo dio.
—Guardadlo vos. Ahora sí puedo dároslo. Si Carlos os pregunta, contadle lo que le contó la reina. Nos hemos casado porque nos queremos. La mentira es solo para protegerla a ella.
Tomó un candelero y lo llevó al dormitorio. Junto a la cama, un velo negro cubría un retrato. Lucy lo retiró. Una mujer de unos cuarenta años, pálida y hermosa, los miraba desde el lienzo con una dulzura cansada.
—Lady Cecily Wycliffe. Mi madre. Murió hace cuatro años.
Se sentaron frente al brasero. Lucy le contó que su madre había esperado durante años las cartas de un marido al que el rey mandaba a Tánger, a las guarniciones, a cualquier sitio donde hiciera falta un hombre de confianza.
Cuando llegaba un barco sin noticias, empezaba otra espera. Nunca le pidió que dejara las armas.
—Teméis que conmigo os pase lo mismo.
—Sí. Pero no voy a pediros que renunciéis antes de haber servido un solo día.
Julian acercó su silla a la de ella.
—Serviré y aprenderé a mandar a mis hombres. Pero no pondré una campaña por delante de nuestra vida solo para ganar fama.
Lucy lo llevó de nuevo ante el retrato.
—Juradme aquí que no le habéis prometido vuestro amor a Mercy.
—Os lo juro. Ella me ofreció su afecto, y yo sentí deseo y gratitud. Fui torpe al aceptarlo sin hablarle claro. Pero os amo a vos.
Julian empezó a arrodillarse. Lucy le tomó las dos manos y no lo dejó.
Esta vez fue ella quien lo besó.