Seis días de lluvia 52
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Rochester avanzaba por las galerías de Whitehall con una mano en el bastón y la otra apoyada en la pared. Llevaba tres noches sin dormir. Cada vez que creía entender lo que pasaba, alguien abría otra puerta.

Un ayuda de cámara lo hizo pasar a la primera antecámara. El rey se había quedado dormido esperándolo.

El hombre se inclinó sobre el lecho. Entre las mantas apenas asomaba la nariz de Carlos II.

—Señor, ha venido el conde de Rochester.

Carlos abrió un ojo.

—¿Ya ha amanecido?

—Son las tres, majestad.

—Llamad a Chiffinch. Hace frío.

Chiffinch le colocó dos almohadas en la espalda y lo envolvió en una bata forrada de piel. El rey bostezó y se quedó mirando el dosel.

—¿Para qué os he llamado?

—Quizá queríais compañía hasta que os volviera el sueño.

—Eso ya lo conseguisteis hace unas horas con vuestra visita. Todavía estoy intentando entender qué me dijisteis.

Rochester sospechó que el rey le estaba devolviendo los disparates con los que él había ganado tiempo para la reina.

—Contadme algo del duque de Buckingham —dijo Carlos.

—No respondo por él, señor.

—Hablábamos del duque. Y quizá de su hijo. O de un sobrino. Esperad… también había un rizo.

—¿Qué rizo?

El rey suspiró.

—Ahora no me acuerdo de nada más. Podéis retiraros.

Se tapó hasta la barbilla y cerró los ojos.

En la galería, Rochester se detuvo ante una ventana desde la que se veía el ala de los alojamientos. Contó las ventanas hasta dar con la de Elizabeth Vale. A esa hora no se distinguía nada. Volvería a mirar al amanecer.

—Caballero —lo llamó una doncella desde una puerta—, la condesa de Norwood quiere veros.

Charlotte salió a su encuentro en la antecámara de la reina.

—Gracias a Dios que os han dejado marchar.

—El rey me ha llamado para preguntarme por qué me había llamado. Creo que ninguno de los dos ha quedado satisfecho con la respuesta.

—Os esperan junto al oratorio. ¿No os ha dicho que tenéis que asistir a una boda en su nombre?

Rochester se detuvo.

—¿Quiénes se casan?

—Julian Vale y Lucy Ainsworth. Compton espera en la saleta con dos testigos de la Casa. La ceremonia no se celebrará antes de las ocho. Los reyes no asistirán, porque Catalina teme que su presencia parezca una orden para Lucy. Vos y yo asistiremos en su nombre.

—¿Y los novios están de acuerdo?

—Lucy me ha dicho que sí. Julian está ahora con ella, pero Lucy ha pedido unos minutos más a solas con él. Dice que tiene algo que confesarle antes de presentarse ante el obispo.

—¿Sabéis qué es?

—No.

Rochester miró hacia el corredor que llevaba al oratorio. Al fondo ardían las lámparas, y la puerta seguía cerrada.

—Entonces esperemos.

Charlotte le tomó la mano libre, y él se dejó llevar hasta la saleta sin apartar los ojos de aquella puerta.