51
Lucy lo esperaba junto a la mesa, con una mano apoyada en el borde y la otra cerrada sobre la falda para que no le temblara.
Julian se quedó en el umbral.
Nunca la había visto vestida así: satén marfil bordado en oro, una diadema de flores esmaltadas y un velo de gasa. Las joyas eran antiguas y valiosas, de las que se eligen para una ceremonia.
—Acercaos —dijo ella—. Pero antes decidme una cosa. ¿Qué pensasteis al leer mi carta?
—Que apenas entendía una palabra. Todavía no sé si estoy aquí de verdad.
—¿Por qué creéis que os he hecho venir a mis habitaciones a estas horas?
—Porque necesitáis ayuda. No sé de qué clase, pero podéis contar conmigo. Con mi vida, si hace falta.
Lucy había temido otra respuesta.
—La necesito. Pero antes tengo que contaros lo que ha pasado esta noche.
Tomó un paquetito de la mesa. Dentro había un rizo de pelo negro sujeto con un lazo de oro y diamantes con las armas reales.
—Es mío. Y según la historia que ha oído el rey, arriesgasteis la vida para recuperarlo.
Le contó la visita de Carlos, las preguntas sobre las cartas de Rowley, la criada sobornada que nunca había existido y el rizo que el rey había querido ver.
También que, mientras Rochester lo entretenía con disparates, Catalina le había cortado un mechón y entre las dos habían fabricado aquella joya.
—De modo que el rey cree que vos y yo…
—Que nos amamos. Y ha dicho que, si es verdad, nos casará.
—Y ahora me pedís que convierta la mentira en verdad.
—No me casaría con nadie por una mentira. Pero esa mentira nos ha obligado a decidir antes de estar preparados.
Abrió el escritorio y sacó un pergamino.
—Esto también es vuestro.
Julian leyó el encabezamiento.
—Capitán de la tercera compañía de la Guardia de a Pie del Rey.
—La reina pidió la merced y el doctor Compton se encargó de conseguirla. No es el precio de vuestra respuesta.
Julian sostenía el pergamino como si pudiera romperse.
—Llegué a Londres sin nada más que un caballo viejo. Ahora soy capitán, tengo dinero y hasta sé quién me engendró.
Miró la diadema, el velo y las joyas. Se dejó caer en un sillón y se levantó enseguida para tomarle la mano.
—Decidlo. Tengo miedo de haberlo entendido mal.
—Quiero casarme con vos. —Lucy retiró la mano con suavidad—.
La diadema y las joyas eran de mi madre.
El vestido me lo ha regalado la reina. El doctor Compton ha conseguido una licencia para que podamos casarnos sin amonestaciones.
Los reyes están al tanto. Lo único que falta es vuestra respuesta, y nadie va a obligaros a darla.
—Sabéis que os amo. Lo que no entiendo es cómo hemos llegado hasta aquí después de lo que me dijisteis anteanoche. Habéis preparado una boda y apenas os he visto sonreír desde que he entrado. Si hacéis esto solo para salvar a Catalina, decídmelo y buscaremos otro camino.
—Os quiero.
Julian no dijo nada, y Lucy comprendió que tendría que decirlo todo ella.
—Os quise cuando os pusisteis entre Rowley y yo sin saber quién era.
Os rechacé porque creía que mi padre nunca aceptaría al sobrino del guardarropa mayor.
Me avergüenza haberlo pensado. Después supe quién era vuestro padre y me alegré, y eso tampoco me dejó muy orgullosa de mí.
Y luego me contaron que vivíais en casa de Mercy Lane. Tuve celos. Todavía los tengo.
Julian bajó la vista.
—Mercy me ofreció su casa y me dijo que me ama. Esta noche fui a hablar con ella antes de venir, y no estaba.
—¿La queréis?
Él tardó en responder.
—Le tengo cariño. Me atrae, y me duele saber que voy a hacerle daño. Pero mi amor es para vos.
—Solo necesitaba saberlo. —Lucy lo miró de frente—. Y si siguierais siendo solo Julian Vale, ¿me habríais pedido?
—Lo habría intentado hasta que me echarais de Whitehall. Pero esa pregunta debería hacérosla yo a vos.
Lucy no apartó la mirada.
—Ya os quería antes de saber lo de Buckingham. El apellido no cambió lo que sentía. Solo me ayudó a saltar el obstáculo que yo misma había levantado. Ojalá pudiera deciros algo mejor de mí.
—Es la respuesta que necesitaba.
Julian sacó la seda azul en la que envolvía sus documentos y buscó la carta del duque.
—Leedla. Después decidid si todavía queréis casaros conmigo.
Lucy la leyó despacio. Julian buscó en su cara alguna duda y no la encontró.
—Quiero casarme con vos.
—Puedo usar su apellido, pero no heredaré el ducado. Eso sí, mi madre dejó unas joyas para la mujer con la que me case. Están en el cofre. Cuando vuelva a tenerlo, serán vuestras.
—Ya hablaremos de ellas. No quiero que formen parte de lo que decidamos esta noche. —Lucy señaló el rizo que descansaba junto a las velas—. Conocéis la historia que le han contado al rey y sabéis por qué hemos preparado esta boda. Os lo pregunto sin testigos: ¿queréis ser mi marido?
—Sí.
—Yo también quiero ser vuestra mujer.
Lucy sonrió por primera vez desde que él había entrado. Julian le besó la mano.
—Nos están esperando —dijo ella.
Recogió el rizo y lo guardó junto al pecho. Fue hacia la puerta y apoyó la mano en el picaporte.
No abrió.
Julian la vio quedarse quieta, de espaldas a él, con los dedos sobre el metal.
—Lucy.
Ella se volvió. Había perdido la sonrisa.
—Todavía no os lo he contado todo.