50
Julian salió del Cisne Negro con los papeles de Buckingham pegados al pecho.
Tomó Drury Lane y bajó hacia el Strand bajo la lluvia.
A cada paso notaba el roce del papel contra la camisa.
Podía usar el apellido Villiers y tenía tierras y una renta que no lograría gastar en varias vidas.
Y lo habría cambiado todo por haber crecido con unos padres que no hubieran tenido que esconderlo.
Nathaniel y Amos le habían enseñado otra forma de medir lo que valía un hombre.
Lo que de verdad le dolía era pensar en su madre: una mujer de alto linaje que, según la carta, nunca había sabido el verdadero nombre del hombre con quien lo engendró.
Pensó en Lucy. El apellido de un duque quizá ayudara a que sir Richard Ainsworth aceptara su cortejo.
Y luego estaba Mercy. Le había ofrecido su casa, su confianza y un amor que todavía lo desconcertaba. Julian sentía por ella deseo. Con Lucy, desde la primera noche, había sentido otra cosa. Tenía que hablar con Mercy antes de que su silencio se convirtiera en una promesa.
Al llegar a la casa de Mercy vio una figura bajo el alero de la puerta.
—¿Quién está ahí?
—Un hombre mojado, dolorido y harto de esperaros. Si con eso no me reconocéis, añadid un bastón y una mala reputación.
—¡Rochester!
—Martha me dice que Mercy salió con Jasper hace horas y que vos no habíais vuelto. Me ofreció esperar dentro, pero desde aquí podía veros llegar antes de que se os ocurriera escaparos otra vez.
Rochester se apoyaba en el bastón con las dos manos. Tenía el sombrero empapado y la cara pálida de cansancio.
—¿Qué ha pasado, amigo Vale?
—No me llaméis así. Esta noche he sabido que Nathaniel no era mi padre.
—Fue vuestro padre durante veinticinco años. No le quitéis ese nombre porque hayáis encontrado otro en un papel.
Julian bajó la vista.
—Tenéis razón. Pero ya no sé quién soy.
—Por ahora sois Julian. Contadme qué habéis encontrado.
—Gideon ha abierto un cofre que guardaban para mí. Hay un acta de bautismo, un reconocimiento, escrituras de propiedades, una promesa del rey y una carta. Mi padre es George Villiers. El duque de Buckingham.
Rochester no sonrió.
—El duque me lo confió cuando me pidió que os buscara.
—¿Y mi madre?
Rochester tardó un instante en responder.
—No lo sé.
—Él tampoco la nombra. Dice que quizá un día me reconozca por unas joyas que dejó para mi esposa.
—Entonces dadle tiempo. Y hasta que habléis con el duque, medid lo que decís. Podéis llevar el apellido Villiers, pero no sois heredero del ducado, y la promesa del rey no os convierte todavía en caballero.
Sacó un pliego de la casaca. Julian reconoció la letra antes de cogerlo.
—Mercy no está —dijo—. Quería hablar con ella antes que con nadie.
—Lucy os espera ahora. Mercy, mañana.
Julian miró la puerta cerrada de la casa. Después miró la carta.
Eligió la carta.
Bajo el farol de la hostería de la esquina desplegó el papel.
Os espero con una impaciencia que no sé explicar.
Venid a Whitehall en cuanto recibáis esto.
Entrad por la puerta privada del Cuarto de las Damas.
Si milord Rochester no puede acompañaros, llamad y decid: «El capitán Julian Vale».
Una doncella os llevará a mis aposentos. Destruid esta carta. Y venid pronto.
Lucy Ainsworth.
—«El capitán Julian Vale». ¿Por qué me llama capitán?
—Lucy quiere daros ciertas noticias en persona. Le he dado mi palabra de no adelantároslas.
Rochester abrió la portezuela de su linterna. Julian acercó el papel a la llama y lo sostuvo hasta que el fuego alcanzó la firma. Dejó caer las cenizas en el barro y las deshizo con la bota.
—Dadme el brazo —dijo Rochester—. Así quizá lleguemos antes del amanecer.
En Whitehall, Rochester llamó a la puerta privada del Cuarto de las Damas. A la segunda vez contestó una voz de mujer.
—Decid la contraseña.
—El capitán Julian Vale.
Se descorrieron dos cerrojos. La doncella hizo pasar a Julian e intentó cerrar enseguida, pero Rochester metió el bastón entre la hoja y el marco.
—Yo también estoy invitado, si no me han retirado la invitación.
—¿Sois el conde de Rochester? Hay un recado para vos. Ha llegado una orden del rey: si volvíais a Whitehall, debíais presentaros en sus aposentos sin demora.
Rochester soltó un suspiro.
—Por lo visto, esta noche el rey y yo no podemos vivir el uno sin el otro.
Le apretó el hombro a Julian y se alejó por la galería. Los golpes de su bastón se perdieron a lo lejos.
—Caballero, dadme la mano —dijo la doncella.
Julian la siguió por una escalera y un corredor a oscuras. Antes de llegar a la puerta pasaron junto a una escalera de servicio. En el hueco de los peldaños le pareció oír una respiración.
Se detuvo y llevó la mano a la empuñadura de la espada.
—¿Ocurre algo, señor?
Julian miró hacia la oscuridad. No vio nada.
—Nada.
La doncella giró la llave. Al otro lado, varias velas iluminaban la estancia. Julian cruzó el umbral, y durante unos segundos su figura quedó recortada en la luz.