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El grito llegó desde la calle en el momento en que Julian bajaba la escalera del Cisne Negro.
—¡Ladrones! ¡Ladrones!
Morland y Harker salieron detrás de los dos hombres que huían con el bulto. Julian se lanzó contra los otros cuatro.
El primero no esperaba que nadie saliera de una hostería cerrada.
Julian le golpeó el brazo con el plano de la espada y el hombre soltó el arma.
El segundo atacó por la izquierda. Julian paró el golpe con la daga, giró y le dio en la cara con la empuñadura.
Los dos soldados de la escolta, que se habían visto superados, recuperaron el valor y cargaron contra el tercero.
El cuarto era el más joven. Se quedó un instante quieto bajo el farol de la hostería, como si no supiera si atacar o huir. Julian le vio la cara.
Era Kit Latch, el mozo del guardarropa que hacía dos noches lo había llevado a casa de Joan Craddock.
Kit también lo reconoció. Echó a correr calle abajo y desapareció en la oscuridad.
Al fondo de la calle, Morland y Harker habían alcanzado a los otros dos. Los ladrones soltaron el bulto y escaparon por una calleja. Los soldados de la escolta tenían magulladuras, pero podían andar.
Gideon estaba sentado en el barro, abrazado a sus rodillas.
—¡Señor! Me habéis salvado la vida.
—¿Señor? Soy vuestro sobrino. Debéis de haberos dado un buen golpe en la cabeza.
—Tengo la cabeza en su sitio. Entrad conmigo y entenderéis por qué os llamo así.
Los mozos subieron el bulto a la sala de al lado de la que ocupaban Morland y Harker. Al quitarle la lona apareció un cofre de hierro de pie y medio de largo, tan pesado que los dos hombres respiraban con dificultad. Gideon cerró la puerta. Sudaba a pesar del frío.
—Uno de los que os atacaron era Kit Latch —dijo Julian.
Gideon se quedó inmóvil.
—Kit trabaja para el mayor Carstairs. Lo oí en una taberna.
—Carstairs. —Julian dejó la espada sobre la mesa—. Esta noche le ha pagado a Lovell cincuenta guineas para que me matara. Y ahora sus hombres quieren este cofre. ¿Qué hay dentro, tío?
—No volváis a llamarme así. —Gideon señaló el cofre—. Nathaniel fue vuestro padre ante la ley y os quiso como a un hijo, pero no os engendró. Yo no soy vuestro tío de sangre.
Julian tardó un momento en responder.
—Me dijisteis que Amos no pudo hablar antes de morir.
Gideon bajó la vista.
—¿Os dijo algo?
—Sí. Y me dejó este cofre.
Julian no dijo nada.
—Me ordenaron llevarlo intacto a Fulham —dijo Gideon con un hilo de voz—. Pero han intentado robármelo, y tenéis derecho a saber qué guarda.
Sobre la cerradura había un testimonio sellado. Julian lo leyó en voz alta: Arthur Pembroke, escribano de Witney, daba fe de que Nathaniel Vale había recibido el cofre cerrado el día de san Marcos de 1653.
Gideon sacó la daga. Julian no lo detuvo.
La hoja cortó el papel. Debajo, encajada en una ranura de la tapa, apareció una llave.
Un paño de seda azul cubría varios documentos. Debajo había cuarenta cartuchos de cincuenta piezas de oro cada uno. Una segunda tela protegía veinte estuches de terciopelo con perlas, piedras, cadenas, sortijas y una antigua insignia de san Jorge de la Orden de la Jarretera.
Gideon abrió los estuches uno tras otro, y el brillo de las joyas le devolvió el color a la cara.
Julian tomó el primer documento.
El reverendo Amos Vale y el escribano Pembroke certificaban el bautismo de un niño llamado Julian Villiers. Su padre era George Villiers, duque de Buckingham. La madre era una dama de linaje tan alto que se omitía su nombre para protegerla.
Julian volvió a leer aquello.
En el segundo pliego, de su puño y letra, Buckingham reconocía al niño como hijo suyo y le daba derecho a usar el apellido Villiers y unas armas propias, aunque no lo convertía en heredero del ducado.
Otros cuatro documentos le asignaban señoríos, prados, granjas y molinos libres de cargas, con una renta de unas cinco mil libras anuales.
Había también un compromiso firmado por Carlos II durante el destierro: lo armaría caballero cuando tuviera edad de llevar armas, si su conducta lo merecía, y tendría en cuenta su nombre para la primera vacante de la Jarretera.
Quedaba una carta. Julian reconoció al pie la firma del duque.
Hijo mío:
Si recibís estas palabras, habré muerto o habréis cumplido veintiséis años. En cualquiera de los dos casos, confío en que estéis preparado para llevar mi apellido sin deshonrarlo.
Amé a vuestra madre. Le oculté quién era bajo un nombre falso durante más tiempo del que debía. Vos nacisteis de aquel engaño, y la culpa fue solo mía. No aceptéis nunca otra versión.
Ella no conoce mi verdadero nombre ni el nombre con el que os criarán.
Ha sabido en secreto que vivís, y ha dejado para vos un aderezo de joyas que vale veinte mil libras.
Quiere que lo lleve vuestra esposa el día de vuestra boda.
Quizá, si Dios le conserva la vida, reconozca sus joyas cuando vea a vuestra mujer en la corte, y sea ella quien pueda acercarse a vos.
Julian dejó de leer. Su madre podía estar viva. Podía haber pasado a su lado sin saberlo.
Os reconozco y os dejo medios para vivir conforme a vuestra sangre.
Pero no os llevo conmigo. Quiero que crezcáis en una casa humilde y aprendáis a ser bueno, leal, instruido y valiente antes de saber quién soy.
Si descubrís vuestro nacimiento antes de mi muerte o antes de cumplir veintiséis años, tomaréis posesión desde ese momento de cuanto os dejo. Si aún vivo, venid a buscarme.
Que la fortuna no os vuelva soberbio, y recibid la bendición de vuestro padre.
George Villiers, duque de Buckingham.
Gideon cerró el último estuche.
—Ahora entendéis por qué os he llamado señor.
Julian miraba la carta. Dos días antes había entrado en Londres con lo puesto. Ahora tenía dinero, tierras, un apellido, un enemigo que pagaba por su muerte y una pregunta que el duque se negaba a contestar.
Reunió los documentos, los envolvió en la seda azul y los guardó bajo la casaca. Las monedas y las joyas se quedaron en el cofre.
—Señor Gideon Vale —dijo—, me mentisteis. Me mirasteis a la cara y me dijisteis que Amos no había hablado.
Gideon no levantó los ojos.
—Pero Nathaniel seguirá siendo mi padre, porque fue él quien me crio. Y vos seguís siendo su hermano. No pienso perder también eso esta noche.
Gideon parpadeó, como si hubiera esperado otra cosa.
—¿Y qué hacemos con el oro?
—Cerrad el cofre y que los soldados no se separen de él. Y cuidad sobre todo las joyas de mi madre. No consentiré que falte ni una.
Salió sin esperar respuesta. Morland y Harker ya cenaban en la sala de al lado; habían quedado en verse al mediodía en Will’s.
En la calle seguía lloviendo. Al otro lado, bajo el alero de un portal, se movió una figura baja y ancha. Julian no le vio la cara. La figura se apartó y se fundió con la oscuridad.
Julian apretó los papeles contra el pecho y echó a andar hacia la casa de Mercy.