Seis días de lluvia 48
49%

48

Mercy no oyó la llave. Llevaba horas en el suelo, y hacía rato que había dado la una, cuando se dio cuenta de que ya no estaba sola. En la oscuridad había un hombre que la observaba.

Se limpió la cara con la manga y se levantó.

—¿Cómo habéis entrado? Salid de aquí.

—Llevo todo el día buscando la ocasión de hablaros a solas. No ha sido fácil: no os separáis de Julian Vale.

Él dio un paso hacia la luz de la vela y Mercy lo reconoció. Era el hombre del patio, el del bigote engominado y la banda carmesí. Calzaba botas de jinete, aunque servía en la Guardia de a Pie, y traía consigo un olor a cuadra que la lluvia no le había quitado.

La miraba de una manera extraña. No como la miraban los hombres en el teatro, sino como se mira algo que uno perdió hace tiempo y acaba de encontrar.

—Tenéis una cicatriz en el hombro derecho —dijo—. Sir Silas me habló de ella.

Mercy se subió el manto sin pensarlo.

—¿Qué queréis?

—Lo mismo que sir Silas: justicia. Julian tiene que pagar lo que hizo. Y vos tenéis motivos para quererlo muerto, aunque todavía no lo sepáis. Os ha engañado. Cuando empezó a cortejaros, ya quería a Lucy Ainsworth.

Mercy le sostuvo la mirada.

—Vos pagasteis a Lovell.

Carstairs sonrió.

—Pagué para saber de qué está hecho el muchacho. Ya lo sé.

—¿Vive?

—Ha salido ileso. Lovell no tanto.

Mercy dejó escapar el aire.

—Gracias a Dios.

—Pronto agradeceréis también saber dónde va a pasar el resto de la noche. Mis hombres han visto a Rochester salir de los aposentos de Lucy Ainsworth con una carta en la mano. Va a buscar a Julian a vuestra casa para traerlo a Whitehall.

—Eso es una suposición.

—Entonces comprobadlo. Os llevaré a un sitio desde donde podréis ver la puerta de Lucy sin que nadie os vea.

Mercy no dijo nada. Deseaba que se equivocara tanto como deseaba seguirlo.

—¿Y después?

—Él saldrá de ese cuarto. Y yo lo estaré esperando.

No hacía falta que dijera más. Mercy comprendió qué le estaba ofreciendo a cambio de acompañarlo: callar ante un asesinato. Pensó en Julian dormido en su cama, con la mano abierta sobre la colcha. Y pensó en una puerta cerrándose detrás de él y de otra mujer.

—Si lo veo entrar, no me interpondré.

Lo dijo tan bajo que Carstairs tuvo que inclinarse para oírla. Después añadió algo que no iba dirigido a él:

—Que Dios me perdone.

Carstairs bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.

—Vamos. Podría llegar antes que nosotros.

Mercy tomó el manto del respaldo del sillón, pero no se movió.

—Juradme que no me engañáis.

—Os lo juro. Estáis a solas conmigo. ¿Qué ganaría mintiéndoos? Además, sir Silas os aprecia.

La llevó por los pasillos altos de Whitehall sin encender ninguna lámpara. Conocía los cambios de guardia, las puertas que chirriaban y los tramos de suelo que crujían. Mercy tuvo que guiarse por el ruido de sus pasos.

Llegaron a la galería del Cuarto de las Damas. Al otro lado del corredor, una luz tenue recortaba una puerta.

—Es ahí —susurró Carstairs.

Enfrente había una escalera de servicio. Carstairs la hizo meterse bajo los peldaños, en un hueco donde apenas cabían dos personas. Desde allí se veía la puerta sin quedar a la vista.

Mercy se arrebujó en el manto. La fiebre le hacía temblar las rodillas, y tenía al lado a un hombre que olía a caballo y respiraba despacio, como quien está acostumbrado a esperar.

Esperaron.