47
Compton salió de la cámara de Catalina con la cara serena, pero la serenidad le duró hasta doblar la esquina.
Allí apoyó la mano en la pared. Le fallaron las piernas y lloró sin hacer ruido.
Acababa de oír a la mujer que amaba hablar de su felicidad con otro hombre, el rey al que él servía.
Le había besado la mano como corresponde a un obispo leal, y al día siguiente almorzaría con ella.
Se secó la cara con la manga. Todavía le quedaba trabajo aquella noche.
Jasper Quill lo esperaba al pie de la escalerilla de la cámara del rey.
—Mercy está en mi buhardilla. Le he prometido que vería a Julian entrar en los aposentos de Lucy.
—Os habéis aprovechado de sus celos.
—Y vos queríais hablar con ella sin que se enterara media corte. Los dos tenemos lo que queríamos. —Jasper bajó la voz—. Tened cuidado al subir. Hace un rato he oído aquí arriba al mayor Carstairs con Kit Latch.
Subieron a tientas, Compton agarrado a la casaca del bufón. Al final de la escalera, Jasper llamó a una puerta y se oyó un cerrojo.
—¿Ha venido Julian? —preguntó Mercy desde la oscuridad.
—No, hija. Esta noche no lo verás aquí. He traído a otra persona.
Jasper encendió una vela. La luz le dio a Mercy en la cara.
Compton se detuvo.
—Rose.
—Me llamo Mercy Lane, mi señor.
—Lo sé. Perdonadme. Sois igual que vuestra madre.
Mercy miró a Jasper.
—Nunca me dijisteis su nombre.
—Rose Fletcher —dijo Compton—. Me crie con ella. La quise mucho.
—¿Y mi padre?
Jasper negó con la cabeza.
Compton no podía dejar de mirarla. El parecido iba más allá de los ojos. Había algo en su manera de levantar la barbilla antes de una pena. Después se fijó en el brocado, las perlas y el diamante.
—¿Os paga el teatro esas galas?
Mercy se irguió.
—Sabéis muy bien quién las paga. Si habéis venido a preguntarme por mi honra, no hacía falta traerme a palacio con engaños.
—He venido porque corréis peligro. Os han denunciado ante la junta que presido. La denuncia menciona vuestro trato con Edmund Marsh.
Jasper dio un paso adelante.
—¿Quién la ha denunciado?
Compton no respondió. No pensaba darle el nombre de Lucy al hombre que había buscado un asesino por proteger a Mercy.
—Fui a ver a Marsh —admitió ella—. Creía estar enamorada de un hombre y quería retenerlo. Hice una tontería.
—No daré orden de prenderos esta noche. Pero tenéis que apartaros de todo lo que os ha traído hasta aquí. Dejad el teatro y marchaos de Londres una temporada. Puedo conseguir que os acoja una familia honrada en el campo.
—Dejaré el teatro; ya lo había decidido. Pero de Londres no me iré. Aquí está Julian.
Una hora antes, Compton habría callado. Entonces todavía creía que la reina miraba a aquel muchacho, y le convenía que Mercy lo retuviera. Ahora sabía que Catalina nunca lo había mirado, y ya no tenía ninguna razón para engañarse ni para engañar a Mercy.
—Tiene el corazón puesto en otra mujer —dijo—. Y a vos no puede prometeros matrimonio.
Mercy palideció.
—Lucy Ainsworth. —Se volvió hacia Jasper—. Por eso me habéis traído. Queríais que lo viera entrar en su cuarto.
—Quería que supieras a qué atenerte.
Compton se inclinó hacia ella.
—¿Qué os ha dado Julian para que estéis así?
—Antes de conocerlo, no sabía que pudiera querer de este modo.
Jasper se interpuso entre los dos.
—Los religiosos siempre tienen el mismo consejo para una mujer que se queda sola: renuncia, sé razonable. —Miró a Mercy—. No he velado por ti tantos años para verte enterrada en una casa de campo justo cuando empiezas a vivir. Si quieres a Julian, lucha por él.
—Jasper, basta —dijo Compton.
—Será suyo o no será de nadie.
El obispo se puso en pie.
—Eso no es amor.
—En Whitehall todos amenazan con lo que tienen. Y yo también tengo algo. —Jasper no apartó la vista—. Puedo contarle a Carlos por qué miráis así a su mujer.
Compton se quedó inmóvil. Mercy lo comprendió antes de que él pudiera decir nada.
—Amáis a la reina.
—Mercy…
—No, Jasper. Dejadme a mí. —Se volvió hacia el obispo—. La amáis y calláis porque es la esposa de otro, vuestra soberana y la mujer de un hombre que confía en vos. Tenéis motivos para luchar contra lo que sentís. Pero ¿por qué me exigís a mí la misma renuncia?
Compton no encontró una respuesta que fuera a la vez verdadera y digna de su cargo.
—Vuestra vida corre peligro por algo más que ese amor —dijo, sin fuerzas.
—Decidme qué debo responder sobre Marsh y responderé. Pero no uséis vuestro miedo para mandarme al destierro.
Jasper volvió a plantarse frente a él.
—La junta no la tocará. Por vuestro propio bien.
Compton miró la cara de Mercy, tan parecida a la de Rose.
—Dejadme salir. Que Dios nos ayude a todos.
Jasper tomó una lámpara apagada para guiarlo. Bajaron a oscuras por corredores que el obispo no conocía. Al pasar ante una puerta, oyeron la voz de Gideon Vale al otro lado.
—Sujetadlo bien y tapadlo para que nadie vea qué llevamos. En Long Acre nos espera un coche. Desde allí iremos derechos a Fulham.
El cofre, pensó Compton. Gideon iba a cumplir lo que él le había ordenado, y él no estaría allí para recibirlo. Debería volver a Fulham. No tenía fuerzas para hacerlo.
Jasper lo dejó en la galería del Cuarto de las Damas.
—Desde aquí ya encontraréis el camino. Tened compasión de Mercy. Y de vos mismo.
El bufón desapareció hacia la escalera. Compton se quedó solo en la oscuridad, con la pregunta de Mercy todavía en la cabeza.
¿Por qué me exigís a mí la misma renuncia?