Seis días de lluvia 46
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Rochester había oído la historia del rizo desde el pasadizo, con la oreja pegada a la madera y la pierna ardiéndole. Charlotte había ganado unos minutos con la enfermedad fingida de Lucy. El resto del tiempo tenía que ganarlo él.

Un ayuda de cámara lo hizo pasar al dormitorio real. Carlos había vuelto por el pasadizo de buen humor. Por una vez, nadie le había dicho si debía recibir a Rochester o no: lo había decidido él solo. Ahora fingía leer el Libro de Oración Común.

—John Wilmot, conde de Rochester —anunció el gentilhombre—, vizconde Wilmot de Athlone y barón Wilmot de Adderbury.

—Y pobre —añadió Rochester desde el umbral.

Se arrodilló, besó la mano del rey y esperó a que cerrara el libro.

—Por lo visto traéis un asunto urgentísimo —dijo Carlos.

—Lo traía al entrar, señor. Delante de vuestra majestad se me ha ido de la cabeza.

—Intentad recuperarlo.

Rochester miró la casaca de terciopelo del rey como si buscara la respuesta en las costuras.

—Contemplaba las tres coronas de Inglaterra, Escocia e Irlanda. Caben todas en vuestro cuerpo, y aún sobra sitio en la casaca.

—No os he hecho pasar para que me habléis de mi ropa.

—Cierto. Venía a quejarme de mi destierro.

—Os mandaron allí por culpa de vuestra lengua.

—Que también he perdido, por lo visto. Antes habría sabido explicar qué hago aquí.

—Rochester. ¿Qué queréis de mí?

—Paciencia.

El rey suspiró y volvió a abrir el libro. Rochester se quedó de pie, con el sombrero bajo el brazo, apoyado en el bastón.

No sabía cuánto tardaría la reina en fabricar una prueba que no existía, ni cuánto tiempo más podría hablar sin decir nada antes de que Carlos lo mandara a la Torre. La pierna empezó a dolerle y después a arderle. Cambió el peso de un pie al otro.

—¿Seguís aquí?

—No me habéis dado licencia para retirarme.

—Os la doy. Marchaos.

Rochester inclinó la cabeza y no se movió. Pasaron los minutos.

—¡Os he mandado salir!

—Y habría obedecido, señor. Pero quise pediros perdón por haberos hecho perder el tiempo, y no me atrevía a interrumpir vuestras devociones.

—Quedáis perdonado. Idos ya, y no volváis a pedirme audiencia.

Rochester hizo una reverencia y salió.

Recorrió la galería helada soplándose los dedos. Había ganado tiempo, aunque no sabía si el suficiente. Pensó en la ventana de Elizabeth. Esa noche le tocaba vigilarla a Jasper. Se dijo que podía confiar en él.

De una celosía salió un siseo.

La reja se entreabrió. Detrás estaba Charlotte.

—¿Cómo os ha ido?

—He salido entero, aunque su majestad debe de seguir buscándole sentido a mis palabras.

Charlotte sonrió.

—Lucy Ainsworth quiere veros ahora mismo. Os espera en sus aposentos, frente a la escalera del corredor donde nos encontramos anteanoche.

—Empiezo a ganarme la vida como correo.

Rochester le besó la mano a través de los huecos de la celosía.

—Guardadme algo de vuestro tiempo cuando termine con los asuntos de todos los demás.

—Os lleváis mi tiempo entero.

Lucy lo recibió con las mejillas encendidas y un papel doblado entre las manos.

—Oísteis lo que se dijo en la cámara de la reina.

—Hasta que os mandaron llamar.

—Necesito que encontréis a Julian esta noche. ¿Sabéis dónde buscarlo?

—En casa de Mercy Lane. Vuestros desdenes lo llevaron hasta allí.

Lucy encajó el golpe.

—Si le pido que venga, ¿saldrá de esa casa?

—Por vos saldría de una prisión.

—No me habléis como un poeta. Voy a casarme con un hombre al que apenas conozco. Decidme si, cuando hable con él, se olvidará de Mercy.

Rochester la miró un momento antes de responder.

—Julian es un príncipe sin título, Lucy. Os ha querido desde la primera noche. Cuando sepa que lo queréis, no habrá otra mujer para él.

Lucy dejó de retorcer el papel y sonrió por primera vez desde que él había entrado.

—Os creo.

Le dio la carta.

—La puerta privada del Cuarto de las Damas estará abierta para él a cualquier hora. Que se anuncie como el capitán Julian Vale.

—¿Capitán?

—Tengo su despacho. Tercera compañía de la Guardia de a Pie. No le contéis nada de esta conversación. Quiero verle la cara cuando le pregunte si quiere casarse conmigo.

Rochester se lo prometió y se marchó. Avanzó despacio por el corredor, mirando la carta cerrada que llevaba en la mano. No le había mentido a Lucy. Pero sabía en qué casa iba a buscar a Julian, y quién estaría esperándolo allí.

—Pobre Mercy —murmuró.