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Lucy esperaba en la saleta cuando Charlotte entró a buscarla.
—Os acabo de declarar enferma delante del rey. Estáis en la cama y no podéis levantaros.
—¿Por qué?
—Porque Rochester me lo pidió. Apareció en la antecámara cubierto de polvo y me dijo que, si quería sacar a la reina de un apuro, dijera eso y os hiciera esperar hasta que el rey se marchara. Él se encargaría de entretenerlo. Ya se ha ido. Venid.
Catalina la recibió de pie. Tenía el miedo de los últimos minutos todavía en la cara.
—Las cartas de Rowley ya no existen, pero seguimos pagando por ellas. Necesito uno de los seis lazos de diamantes que me regaló Carlos. Búscalo en mi cofre. Y trae también unas tijeras.
Lucy no preguntó nada. Volvió con un lazo de oro cuajado de diamantes, con las armas reales esmaltadas en el centro y un nudo hueco capaz de guardar algo pequeño.
—Siéntate aquí.
Catalina se colocó detrás de ella y empezó a deshacerle las trenzas.
—Tienes pelo de sobra para prestarme un mechón sin que nadie note que falta.
Las tijeras se cerraron con un chasquido. Catalina levantó el mechón a contraluz.
—Es demasiado largo para parecer un rizo dado en prenda.
Lucy se volvió, todavía a medio peinar.
—¿Dado en prenda a quién?
—A Julian Vale. El rey cree que lo quieres y que vais a casaros.
Lucy se levantó tan deprisa que Catalina tuvo que apartar las tijeras.
—No os he dado permiso para prometer mi mano.
—Todavía no he prometido nada en tu nombre. Ayúdame a convertir esto en una joya. La guardarás tú, y nadie la entregará sin tu consentimiento.
Lucy dudó. Después enroscó el mechón hasta formar un aro y lo sujetó dentro del nudo. Quedó una pieza hermosa, como si llevara años en un cofre esperando a que alguien la sacara.
Acababa de fabricar la prueba de una historia que todavía no conocía.
—Ahora contádmelo todo.
Catalina le pidió que terminara de trenzarse el pelo. Mientras Lucy recogía los mechones, la reina le contó lo ocurrido con Carlos: la galería, el chantaje de Rowley, la criada sobornada que nunca había existido y el rizo que el rey quería ver. También que le había asegurado que Lucy amaba al joven.
Cuando terminó, Lucy se llevó la mano al lugar donde faltaba el mechón.
—Me casaré con Julian.
—¿Estás segura?
—Lo quiero. Eso tampoco os lo había dicho. —No sonrió—. Pero no sé si él me quiere a mí, ni si merece que yo lo quiera. Vive en casa de Mercy Lane y la acompaña al teatro. Un hombre que me quiere no busca a otra tan deprisa.
—¿Quién te lo ha contado?
—Jasper Quill. Y medio Londres lo comenta.
—También tú lo rechazaste.
Lucy bajó la vista. Recordó lo fría que se había mostrado. Pensó también en la carta que había escrito a Compton.
—Seré su esposa si, cuando hable con él, sigo queriendo serlo. Antes necesito mirarlo a los ojos. Se lo contaré todo. Si Carlos vuelve a preguntar por el rizo o por la galería, Julian tiene que conocer la historia que habéis contado en su nombre. Lo recibiré esta misma noche.
Catalina no se lo discutió. Abrió un arcón junto a la ventana y sacó un vestido de satén marfil bordado en oro.
—Carlos prometió pagar el vestido de tu presentación como dama de mi cámara. Lo tenía preparado. Si dices que sí, servirá para otra cosa.
Lucy tocó la tela sin atreverse a tomarla.
En la antecámara, Charlotte esperaba.
—Necesito ver a Rochester antes de que salga de Whitehall —le dijo Lucy—. ¿Podéis hacerle llegar un recado?
—Se lo diré.
Charlotte salió al corredor oscuro a esperarlo.
Lucy apretó el lazo en la mano hasta que los diamantes le marcaron la palma.