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Catalina llevaba un vestido granate bordado en plata. Las plumas y los diamantes que le sujetaban el pelo temblaron cuando cerró el devocionario y vio arrodillarse al obispo.
—Alzaos, doctor. Sois vos quien podría reprenderme por mis pecados.
—Ojalá todos pecáramos como vuestra majestad.
Compton se sentó a la distancia que correspondía a un prelado y metió las manos en las mangas para que ella no viera cuánto le temblaban.
—Me alegra vuestra visita —dijo Catalina—. Hoy necesito deciros que soy casi feliz. Carlos vino aquí anteanoche por su propia voluntad, sin ministros y sin testigos. He descubierto que todavía me quiere. Esta noche lo espero, y puedo decirlo sin sentirme ridícula.
Compton apretó los dedos contra los brazos del sillón. Aquella felicidad llevaba el nombre del hombre al que él debía lealtad. Intentó rezar mientras la escuchaba.
—Pero Carlos sigue sin escucharme cuando le hablo de Danby —continuó ella—. Al menos ya no tienen mis cartas. —Bajó la voz—. Estuve a punto de consentir una muerte para recuperarlas.
—Vuestra conciencia os detuvo.
—No, doctor. Me detuvo un muchacho que hizo gratis lo que yo estaba dispuesta a pagar. Mi conciencia todavía no ha tenido que decidir nada. —Se recompuso—. ¿Recibirá Julian lo que se le prometió?
—Lucy Ainsworth tiene ya su despacho de capitán. Ella se lo entregará.
Catalina sonrió.
—Él la quiere. Harían un buen matrimonio. Quiero darle una posición que permita a sir Richard Ainsworth aceptarlo en su familia. ¿Cuánto os ha costado el nombramiento?
—Trescientas guineas. Wakefield consiguió que rebajaran el precio.
Compton mintió con una calma que lo inquietó a él mismo. De la casa de Fielding habían salido mil doscientas guineas. No pensaba cobrarle a Catalina ni una sola.
—Danby ha ordenado que me paguen los atrasos de mi asignación —dijo ella—.
Vuelvo a tener dinero. Y no es la única buena noticia: Latimer saldrá de la casa de Monmouth, Cavendish se irá a La Haya y los regimientos volverán de Flandes.
Desde que perdió a Rowley, Danby ha cambiado de conducta.
—Lo miró con una alegría que a él le dolió—.
Mañana almorzaréis conmigo, doctor. Por primera vez en meses quiero celebrar algo.
—Será un honor, señora.
—Danby está acabado.
—Desconfiad de un hombre que se vuelve amable cuando pierde su ventaja.
—¿Hablabais de mi buen Thomas Osborne?
Carlos II acababa de salir del pasadizo secreto.
Catalina y Compton se pusieron en pie. El rey les indicó que volvieran a sentarse, besó la mano de su esposa y se acercó al brasero.
—Hace un frío espantoso. Dicen que hay hambre en los condados. —Se calentó las manos—. Al entrar me ha parecido oíros conspirar.
—Contra Danby —dijo Catalina—. Podríais uniros a nosotros.
—No necesito conspirar contra mi ministro. El día que quiera apartarlo, lo apartaré. Hoy ha reconocido sus errores. Rowley lo engañaba. Le enseñé ciertas pruebas sin decirle de dónde venían, y se ha apresurado a remediarlo. Catalina, quiero que lo perdonéis. Y también a Eleanor.
Compton reconoció la voz de Danby en cada palabra del rey. Catalina también.
—He oído que hablabais de un caballero al que le debemos algo —añadió Carlos.
—Julian Vale —respondió la reina—. Sobrino de vuestro guardarropa mayor. Hirió a Rowley.
El rey dejó el atizador.
—¿Por qué?
—Para defender a Lucy Ainsworth.
—Tiene edad para casarse —dijo Catalina—. Julian sería un buen esposo.
—Sir Richard no aceptará en su casa al sobrino de un hombre que corta libreas.
—No es sobrino carnal de Gideon —intervino Compton—. Gideon asegura que el padre es el duque de Buckingham.
—¡Villiers! —Carlos parecía mucho más interesado—. ¿Y la madre?
—Nadie lo sabe. O nadie quiere decirlo.
—En esta corte, cuando nadie quiere decir algo, es que todo el mundo lo sabe. —El rey miró a su esposa—. Pero hay algo que no entiendo. El muchacho llegó a Londres anteayer. ¿Cuándo tuvo tiempo de conocer a Lucy y de enamorarla? ¿Y por qué tuvo que defenderla de Rowley?
Compton sintió que la habitación se encogía.
—Julian buscaba a su tío por Whitehall —dijo Catalina sin vacilar—.
Un paje lo mandó por una galería oscura, y allí oyó a Lucy discutir con Rowley.
Sir Silas había sobornado a una criada para que le robara un objeto con el que podía comprometerla: un rizo de su pelo, atado con un lazo de diamantes con las armas reales.
Uno de los seis que me regalasteis. Yo se lo había dado a Lucy.
—¿Y el pelo? Nadie puede cortarle un rizo a una mujer sin que lo note.
—Basta con recogerlo del peine cada mañana.
Carlos asintió, satisfecho con la explicación.
—Quisiera ver ese lazo.
Compton mantuvo las manos dentro de las mangas. No había rizo, ni lazo, ni criada sobornada. Catalina no cambió de expresión.
—No sé si Lucy habrá deshecho ya el rizo.
—Mandad llamarla.
Catalina dio dos palmadas. Lady Charlotte apareció detrás del tapiz. Como primera dama, ocupaba el lugar de Eleanor mientras durara su indisposición.
—Decidle a Lucy que venga.
Charlotte hizo una reverencia y salió.
Compton sintió el sudor bajarle por la espalda. Había hablado con Lucy hacía unos minutos y la joven no sabía nada de aquella prenda inventada. Bastaría una sola pregunta para que toda la explicación se viniera abajo.
Carlos, ajeno al peligro, volvió a la boda.
—Si se quieren, encontraremos un título y una renta para Julian. Quizá haya que atribuirle algún servicio extraordinario para convencer a sir Richard. Nos perdonará una pequeña mentira hecha por el bien de su hija.
—Hay ocasiones —dijo Catalina— en que decirlo todo puede causar un daño mayor. El doctor Compton sabrá explicarlo.
El obispo entendió la súplica que había en aquellas palabras.
—Si con ello se evita una desgracia sin perjudicar a un inocente, callar o desviar la verdad puede ser un deber. También un veneno puede servir de medicina.
—No hará falta inventarle méritos —dijo Catalina—. ¿Recordáis las cartas de Shaftesbury y de Latimer que os di anteanoche? Julian se las quitó a Rowley. Estaban junto a la prenda de Lucy.
—Eso sí merece premio. —Carlos se echó a reír—. ¡El bastardo de Buckingham nos ha prestado un gran servicio!
Se oyó movimiento en la antecámara. Charlotte volvió sola.
—Señora, Lucy está enferma y no se ha levantado de la cama. Si ordenáis que venga, pedirá ayuda para llegar hasta aquí.
Compton la había dejado de pie en su gabinete hacía apenas unos minutos. Charlotte mentía. No sabía por qué, pero acababa de salvarlos.
—No, que no se mueva —dijo Carlos.
—Traigo además un aviso urgente, señor. El conde de Rochester pide audiencia. Dice que no puede esperar.
—¿Cómo sabe que estoy aquí?
—No lo sé.
El rey se levantó de mala gana.
—Otra vez se llevan al rey y os dejan sin marido. Quisiera saber qué calamidad me trae Rochester.
Besó la mano de Catalina y desapareció por la puerta secreta.
La reina esperó a que el panel se cerrara del todo.
—Charlotte nos ha salvado.
—Eso parece, señora.
—Dejadme sola. Y al salir, decidle a Charlotte que entre.
Catalina le tendió la mano. Compton la rozó con los labios y se apartó antes de que su rostro pudiera delatarlo.
Al día siguiente almorzaría con ella. Por primera vez en años, se permitió esperar algo.