43
El doctor Henry Compton entró en Whitehall por una puerta que casi nadie usaba, cerca del Cuarto de las Damas.
Había ido a ver a Mercy Lane, pero antes necesitaba hablar con Lucy Ainsworth.
Su carta pedía detener a la actriz y a Edmund Marsh por un asunto capaz de comprometer la honra de la reina, y quizá su vida, aunque no explicaba lo suficiente para sostener una acusación ante un magistrado.
Y había otra pregunta que Compton no se atrevía a hacerle a nadie, ni siquiera a sí mismo.
Desde que Gideon la había puesto en su cabeza, no conseguía quitársela.
Tampoco se había acordado del cofre de Witney, que Gideon debía llevarle a Fulham a medianoche. O sí se había acordado, y había decidido que podía esperar.
La litera lo dejó bajo una galería del patio inferior. Llamó a una puerta.
Walter Kersey levantó el cerrojo y cerró detrás del obispo.
—Os habéis recogido temprano, señor Kersey.
—Perdonad la oscuridad, milord. Estaba vigilando desde la ventana. Desde que anocheció, hay dos hombres embozados rondando por la galería derecha del patio.
Compton se asomó. Eran dos figuras quietas bajo los arcos.
Pidió papel y tinta y escribió unas líneas para la junta.
—Que lo lleven ahora mismo. Si esos hombres se marchan antes de que lleguen los alguaciles, que un lacayo discreto averigüe adónde van. Y avisad a la señorita Ainsworth de que deseo verla.
Kersey lo dejó en el gabinete de Lucy. Tenía la piel más pálida que de costumbre y los ojos de quien no ha dormido.
—Gracias a Dios que habéis venido. ¿Habéis mandado prender a Mercy y a Marsh?
—Todavía no. Vuestra carta no basta. Si esas dos personas pueden dañar a la reina, es porque otros las han puesto en situación de hacerlo. Detenerlas ahora sería avisar a esos otros.
—Cuando una casa arde, nadie espera a saber quién prendió el fuego.
—Si entramos sin fuerzas para apagar el incendio, nos quemaremos también nosotros.
Compton tendió las manos hacia el brasero. Tenía que hacer la pregunta de otra manera.
—Hay un joven recién llegado al que la reina parece conocer bien.
Lucy levantó la vista.
—No lo conoce.
—Y, sin embargo, me escribió para favorecerlo.
—Porque recuperó las cartas que ella había escrito a sir Silas Rowley. La reina agradece un servicio, y no le sobran hombres leales.
Compton sacó un documento de la sotana.
—El despacho de Julian. Capitán de la tercera compañía de la Guardia de a Pie. Entregádselo vos.
Lucy se ruborizó. Tomó el despacho por los bordes.
—Gideon Vale cree que la reina está enamorada de su sobrino —dijo—. Os lo contó, ¿verdad?
—Me habló de sus sospechas.
—Y por un momento le creísteis.
Compton no respondió. Lucy lo tomó por un sí.
—Julian entró en los aposentos de Catalina, pero no pasó de la saleta que hay junto a la Galería Privada.
Yo estaba allí. La reina lo observó desde detrás de un tapiz para saber si podía fiarse de él.
Él no llegó a verla. Le di la carta para vos y lo hice salir.
No ha vuelto a Whitehall desde entonces.
Compton tardó en recomponer la escena. Un tapiz, una saleta, un rosario de perlas en la penumbra. Ningún amor. Solo una reina prudente que estudiaba a un desconocido antes de confiar en él.
Sintió vergüenza, y debajo de la vergüenza, alivio.
—Os debo una disculpa —dijo—. El joven se mostró muy reservado. No quiso contarme qué servicio le había prestado a la reina.
—En eso fue discreto.
—¿Solo en eso?
—Dicen que ahora vive con una comedianta y que la acompaña al teatro —respondió Lucy, fingiendo indiferencia.
Compton miró el despacho entre las manos de la joven.
—¿Sabéis algo de su nacimiento?
—Gideon me aseguró que su padre es el duque de Buckingham. Y Jasper Quill sabe quién es la madre, pero se niega a decirlo. —Lucy titubeó—. Aunque lo dijo de una manera que me hizo pensar que la conozco.
Compton prometió averiguarlo. Después volvió a la pregunta que de verdad importaba.
—¿Vos lo queréis?
—Sí. Me acompañó de noche, bajo la lluvia, sin saber quién era yo.
Después volvió con las cartas de Rowley, arriesgando la vida.
He rechazado a nobles sin ningún esfuerzo, y hasta el rey quiso convertirme en uno de sus pasatiempos.
Acabo de conocerlo y llevo dos noches sin dormir.
Me enfurece haberle permitido hacerme esto.
Y todavía me enfurece más que, después de buscarme a mí, se deje ver con Mercy Lane.
—Si Buckingham lo reconoce, quizá vuestro padre no se oponga a que os caséis con él.
—Mi padre no decide por mí. Le entregaré el despacho, y así podré decirle que ya no espero nada de él.
Compton no discutió aquella intención. Sabía demasiado bien lo que significaba no esperar nada.
—Queda vuestra denuncia.
—La escribí por la seguridad de la reina. Os lo juro.
—Os creo. Pero investigaré más antes de ordenar ninguna detención.
Lucy tomó una vela.
—La reina os tiene por un hombre de bien. Os recibirá.
Lo condujo a través de varias estancias y le pidió que esperara ante una puerta de servicio. Al quedarse solo, Compton se miró las manos. Iba a ver a Catalina sin la sospecha que lo había atormentado durante dos días. Ya no tenía de qué acusarla, y eso lo dejaba más indefenso que antes.
Lucy volvió con la mirada más serena.
—Su Majestad os recibirá.