41
Poco antes de medianoche, Julian y Giles Morland dejaron atrás la estatua de Carlos I en Charing Cross y subieron por St Martin’s Lane bajo la lluvia.
Bordearon el cementerio de St Martin-in-the-Fields y siguieron hasta las últimas casas.
Más allá de una tapia medio derruida había un cobertizo de ladrillo al que se bajaba por una rampa cubierta de cascotes.
—¿Quién va? —preguntó una voz desde dentro.
—Morland. ¿Está Lovell?
—Lleva un buen rato esperando —dijo Harker.
Los padrinos descubrieron sus linternas. La luz alcanzó dos paredes ennegrecidas, el suelo polvoriento y los huecos de puertas y ventanas sin madera.
—Empecemos —dijo Lovell. Desenvainó y le quitó la linterna a su padrino.
Morland le dio la suya a Julian.
Lovell atacó sin previo aviso. Julian desvió la estocada y golpeó con el pomo la linterna de su rival. El cristal estalló y media estancia quedó a oscuras.
Por el rabillo del ojo, Julian vio que Harker se deslizaba junto a la pared con la mano en la empuñadura.
—Salid de la sombra, poeta.
Harker desenvainó. Julian se volvió y le descargó en el pecho el plano de la espada. El golpe le cortó la respiración sin hacerle sangre.
Lovell volvió a lanzarse. Julian levantó la linterna con la izquierda y dirigió la luz primero a los ojos de uno y luego a los del otro.
Con la espada mantenía a Lovell delante de Harker, sin darles espacio para rodearlo.
Cada vez que uno buscaba el flanco, recibía un cintarazo en el brazo o en el hombro.
Cada vez que intentaba cubrirse, la luz lo deslumbraba.
—¡Quedaos quieto! —le gritó Lovell a Harker.
—¡Pues apartaos vos!
Julian todavía no había usado el filo. Quería dejarlos sin fuerzas para seguir, no tender a dos hombres en el suelo. Después de lo de Rowley, no quería más heridos.
De pronto, Lovell se pasó la espada a la mano izquierda y empuñó con la derecha un pistolete que llevaba escondido en el cinturón. Julian vio el cañón a tiempo y le alcanzó el antebrazo con su espada justo cuando disparaba. La bala se estrelló contra los cascotes. El arma cayó al suelo.
Harker bajó la espada.
—Se acabó —dijo Julian—. Lovell, buscad quien os cure. Harker, acompañadlo.
—Lo que habéis hecho es una infamia —escupió Lovell, apretándose la herida.
Julian miró al poeta y luego el pistolete tirado en el polvo.
—Me habéis atacado dos a la vez y habéis disparado mientras me defendía de vuestras espadas. Elegid mejor esa palabra.
Lovell salió por la rampa jurando que volverían a verse. Harker se disponía a seguirlo cuando Morland le cerró el paso.
—Una pregunta, poeta. ¿Le han pagado?
Harker se frotó el pecho y miró hacia la rampa por la que se había ido Lovell.
—Cincuenta guineas. Se las dio un mayor de la Guardia, uno de bigote engominado. Lovell me prometió diez si le ayudaba.
Morland soltó una maldición.
—En la Guardia de a Pie solo hay un mayor capaz de pagar por algo así.
—Carstairs —dijo Julian—. Ya me han hablado de él.
Harker los miró a los dos.
—¿Vais a contar lo del pistolete?
—Callaremos mientras Lovell calle —respondió Julian—. Por ahora prefiero hacer otra cosa.
—¿Cuál?
—Cenar. ¿Conocéis alguna hostería abierta?
—El Cisne Negro, en Long Acre —dijo Morland.
La puerta del Cisne Negro estaba cerrada. Morland llamó dos veces y dijo su nombre. El hostelero entreabrió lo justo para asomar un ojo.
—Entrad sin hacer ruido. Si algún vecino avisa a la ronda, la multa será mayor que lo que yo saque de vuestros platos. Ahora todo el mundo prospera denunciando a otro. Danby tiene el reino lleno de delatores.
Julian le puso una guinea en la mano y el hombre cambió de tono. Los llevó a una sala con espejos y fue a despertar a la criada.
No llevaban ni un minuto sentados cuando se oyó un grito desde la calle.
—¡Ladrones! ¡Ladrones!
Julian se puso en pie. Conocía aquella voz.
—Es mi tío.
Bajó corriendo la escalera, con Morland y Harker detrás. El hostelero se plantó delante de la puerta.
—No os aconsejo salir. Habrá ronda y preguntas.
Julian lo agarró del jubón.
—Abrid.
El hombre levantó el cerrojo. Fuera, cuatro hombres rodeaban a Gideon, y otros dos huían calle abajo con un bulto pesado en los brazos.
Julian desenvainó.
—Seguid a esos dos —les dijo a Morland y a Harker—. Yo me ocupo de los otros cuatro.