Seis días de lluvia 40
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Mientras Mercy pisaba el escenario, el teatro ya había decidido quién era Julian. Ella había llegado con un joven desconocido justo cuando, según los rumores, sir Silas Rowley agonizaba. Así que el joven tenía que ser su nuevo amante.

—No le doy muchos días de vida si Rowley se recupera —dijo un actor rechoncho.

Doll Fenton, alta y de ojos azules, estudiaba a Julian sin disimulo.

—Quizá Mercy sabe algo que nosotros no sabemos. No habría venido tan arreglada si esperara ver mañana a sir Silas en pie.

Giles Morland, alférez de la Guardia de a Pie y visitante habitual de aquel pasillo, se acercó al grupo con noticias.

Las estocadas a Rowley venían de muy arriba, aseguraba.

El secretario quería tenderle una trampa a Danby, y el conde se le había adelantado.

Por eso no se había detenido a nadie. También habían puesto a Compton al frente de la junta de la conjura. Y Rochester andaba por Whitehall.

Julian escuchaba su propia historia contada por otros, y apenas la reconocía.

Doll se apartó del grupo y fue hacia él.

—¿Me permitís? —dijo, rozándole el hombro.

Debía de ser la Doll de la que Mercy le había hablado en el coche.

Julian la saludó con una inclinación de cabeza y volvió a buscar a Mercy entre los actores.

Durante unos minutos, Doll elogió el talento de su amiga y le preguntó qué le parecía la obra.

Julian le respondía cada vez con menos palabras.

Lovell había vuelto del patio y se había quedado detrás de ellos.

—¿Hace mucho que conocéis a Mercy? —le preguntó Doll a Julian.

—No —contestó Lovell por él.

—Se lo preguntaba a él, no os entrometáis como siempre hacéis.

Lovell se acercó a ella y levantó la mano. Doll se escondió detrás de Julian.

—Marchaos, Lovell —dijo Julian.

—¿De aquí? —El joven señaló el suelo con la punta del zapato—. Puedo echaros delante de todo el mundo.

En ese momento, Julian le dio una bofetada. Lovell perdió el equilibrio, chocó contra un bastidor y cayó de espaldas. El telón pintado tembló y una nube de polvo le cayó sobre la casaca.

Se levantó con la cara encendida y desenvainó. Morland, dos actores y varios poetas le cerraron el paso.

—¡Soltadme! ¡Voy a matarlo!

—Si habláis en serio —dijo Julian—, decid hora y lugar.

—Detrás de St Martin-in-the-Fields hay huertas y cobertizos —intervino Morland—. A medianoche no habrá curiosos.

—Acepto —dijo Lovell.

—Soy nuevo en Londres —dijo Julian—. Necesitaré que alguien me enseñe el camino.

—Yo os acompañaré —se ofreció Morland—. A las once y media en Charing Cross, junto a la estatua del rey mártir.

Uno de los poetas, Harker, se ofreció para acompañar a Lovell.

Doll esperaba a Julian junto al bastidor.

—No sé cómo agradeceros lo que habéis hecho por mí. Vivo en King Street. La casa de la aldaba dorada…

Mercy salió de escena a tiempo de oír aquello. Su cara no reveló nada. Tomó a Julian del brazo y se lo llevó entre los telones.

—Me han dicho que vais a batiros.

—A medianoche.

—No sabéis quién es Lovell. —Bajó la voz—. Antes de salir a escena lo vi en el patio hablando al oído del mayor Carstairs.

—¿Quién es Carstairs?

—Un mayor de la Guardia de a Pie. Le debe todo a Rowley.

Julian guardó silencio.

—¡Mercy, vuestra entrada! —gritó alguien.

—No os vayáis antes de que termine —le pidió ella, y corrió hacia el escenario.

Morland se acercó a Julian.

—Os iba a decir que no me extraña que la queráis, pero veo que os preocupan otras cosas. ¿Sois soldado?

—Es posible que pronto me nombren capitán en la Guardia de a Pie.

—Si es la tercera compañía, estaréis al mando de la mía. Soy su alférez. —Morland sonrió—. En ese caso, el desafío os llega en buen momento. Todo el mundo pone a prueba a un capitán nuevo.

—Esta noche necesito más un testigo que un padrino.

Morland dejó de sonreír.

—Entonces iré con los ojos bien abiertos.