39
Mercy había elegido el brocado azul porque el vestido blanco no estaba preparado para aquella tarde. Ella tampoco lo estaba.
El coche esperaba bajo la lluvia. Por dentro olía a cuero nuevo y a su perfume.
Los paneles estaban pintados con paisajes chinescos, las cortinas tenían ribetes de oro y una piel de oso cubría el suelo bajo las botas embarradas de Julian.
Todo lo había pagado Danby: el coche, el brocado y las perlas cosidas en las mangas.
El conde quería que Londres la mirase y supiera quién podía permitírselo.
Julian no se fijó en nada de eso. Mercy le había dejado la mano entre las suyas, y él notaba que le temblaban los dedos incluso cuando el coche se detenía.
Ella quiso atribuirlo al frío, pero la noche anterior, bajo la lluvia de Long Acre, se había metido en su cuerpo algo que todavía no se había ido.
Tosió y escondió la tos contra el hombro.
Julian se inclinó hacia ella. Mercy apartó los labios.
—Perdonad —dijo él—. Creo que estoy perdiendo el juicio.
—Cuando estoy con vos, quisiera ser otra mujer. —Mercy miró por la ventanilla, donde el agua deformaba las casas—. Me arriesgo al llevaros al teatro. Podríais olvidarme en cuanto conozcáis a mis compañeras. Doll Fenton os mirará dos veces y no volveréis a acordaros de mí.
—Lo dudo.
—Todavía no la habéis visto.
—Anoche me dijisteis que me queríais.
—Y lo decía en serio. Precisamente por eso os pido que vayamos despacio.
Si mañana nos separaran, si os encerraran sin decirme dónde o a mí me echaran de Londres, pasaríamos semanas buscándonos.
Y quizá luego solo nos quedaría el recuerdo de esta tarde.
No quiero prometer una vida entera cuando acabamos de encontrarnos.
—He jurado amor eterno otras veces —dijo Julian—. Lo creía mientras lo decía, y luego descubrí que me equivocaba.
Mercy no le preguntó a quién.
—Delante de la compañía os trataré como a un pretendiente. Vos queréis casaros conmigo y yo os doy alas por diversión. Cuando estemos solos, dejadme intentar ser la mujer honrada que nunca me dejaron ser.
El coche se detuvo ante la entrada de servicio de Dorset Garden. Un lacayo sostuvo una lona encerada sobre su cabeza. Mercy se recogió la falda y cruzó el barro de puntillas.
—¡Reina de las reinas! —exclamó un joven que esperaba junto a la puerta—. Esas escaleras merecen un brazo más firme que la barandilla.
—Gracias, señor Lovell. Este caballero ya me ha ofrecido el suyo.
Percival Lovell los siguió escaleras arriba. Mercy lo conocía desde hacía dos temporadas: era rico a medias, vanidoso del todo y se le daba mejor la espada que la conversación.
—No sabía que vendríais acompañada —dijo—. Y con lo que se cuenta de sir Silas Rowley… Pensé que guardaríais luto por él.
—Esta tarde tengo una cita.
—¿Con quién?
—Con Wittmore.
Lovell tardó un segundo en acordarse de que Wittmore era el galán de la comedia.
En el camerino, Martha la esperaba con el manto preparado. Lovell entró detrás de ellos y se sentó como si fuera el dueño del cuarto.
—¿Es pariente vuestro? —preguntó, señalando a Julian.
—Un amigo. Aspira a ser algo más, aunque no le he prometido nada.
—¿Sois de la tierra de Mercy?
—No sabría decirlo —se adelantó ella—. Ni yo misma sé de dónde soy.
Lovell lo tomó por una broma y ofreció su amistad al recién llegado con una cortesía que a Mercy le pareció excesiva. Después se levantó.
—Os veré desde abajo. No me perdería vuestra primera escena.
Salió. Una voz la llamó desde el pasillo.
Bajó con Julian a los bastidores, donde se cruzaban actores, criadas, poetas y hombres a los que nadie recordaba haber invitado.
—Este caballero viene conmigo —le dijo a un compañero—. Dejad que se quede.
Mientras terminaba el prólogo, esperó su entrada junto al primer bastidor. Por costumbre, apartó un poco el telón pintado y miró al patio.
Junto a la primera fila, Percival Lovell hablaba al oído de un hombre corpulento, de bigote engominado y banda carmesí. Mercy lo conocía. Era el mayor Hugh Carstairs, el hombre de Rowley que la víspera había visto a Julian en su casa. Carstairs escuchaba mirando hacia los bastidores.
—¡Mercy, vuestra entrada!
Salió a escena. El patio estalló en aplausos. Dijo su primer verso sin saber muy bien qué estaba diciendo.