38
Gideon llegó empapado a la casa de las Damas Inglesas y le dijo a la portera las palabras junta de la conjura. Beatrice lo dejó pasar sin pedirle más explicaciones. Aquel otoño, en Londres, la junta abría más puertas que una orden del rey.
Mistress Long entró en el locutorio cuando ya ardían las velas.
—Me dicen que venís de parte de la junta.
—De su presidente.
—¿Y desde cuándo trabaja el guardarropa del rey para el obispo de Londres?
—Desde hace unas horas. Yo tampoco lo tenía previsto.
Gideon apretaba bajo la capa la nota sellada de Compton.
Tenía que conseguir una nueva carta para Danby, pasar por Whitehall, sacar el cofre de su escondite y estar en Fulham antes de medianoche.
Y desde aquella mañana debía revisar cada guante que saliera del guardarropa, mientras en el cesto de costura de su mujer seguía un paño rojo.
—Salí de esta casa con vuestra carta para el conde —mintió—. En la calle me paró un hombre que decía servir al Consejo. Me ordenó ir a ver a Compton y se quedó con el pliego.
—¿Quién era?
—No me dijo su nombre.
Mistress Long no lo creyó, pero reconoció el sello privado de Compton y rompió el lacre verde.
La nota del obispo le reprochaba que permitiera que las intrigas de la corte entraran, al amparo de la reina, en una casa que acogía a mujeres perseguidas.
La carta para Danby no llegaría a su destino.
Debía escribir otra que se limitara a lo que hubiera visto con sus propios ojos, sin hacer daño a nadie con sospechas que no pudiera probar.
Y debía entregar al señor Vale, además, su respuesta para el obispo y la carta que había recibido de Danby, o una copia fiel.
Mistress Long dejó el papel sobre la mesa.
Había ayudado a muchas mujeres a escapar de registros y denuncias, y sabía lo que significaría que un magistrado llamara a aquella puerta.
Danby tenía un poder inmenso, pero Compton disponía ahora de una junta capaz de convertir una insinuación en un interrogatorio.
Levantó la vista hacia Gideon. Ella creyó ver en él el silencio calculado de un agente del obispo. Él tomó la quietud de la superiora por la calma de una mujer capaz de arruinarlo con una sola frase.
Se temían el uno al otro por igual.
Mistress Long escribió la nueva carta a Danby sin vacilar.
Lady Charlotte había ido a preguntar si podrían admitir, durante la ausencia de su marido, a la hija de una antigua criada suya.
Lord Rochester deseaba socorrer sin dar su nombre a la familia de un oficial muerto dos años atrás en una pelea en Epsom.
Habían llegado por separado y por asuntos distintos.
Ella no había visto entre ellos más confianza que la de dos antiguos conocidos.
Releyó lo escrito. Si Danby decidía comprobar aquellas mentiras, harían falta algo más que tinta para sostenerlas.
La segunda carta, la dirigida al obispo, no ocultaba nada. Seguía convencida de que Charlotte y Rochester se amaban. Había retirado sus sospechas ante el conde porque Compton se lo ordenaba, y le enviaba copia de todo para que supiera exactamente lo que había hecho.
—Esta es para el conde —dijo, tendiéndole un pliego—. Y esta, para el obispo.
Gideon guardó las dos. Ya se levantaba cuando ella volvió a hablar.
—Y cuidad de vuestra casa, señor Vale. Hasta aquí llegan los rumores.
Gideon se quedó inmóvil en el umbral.
No le preguntó qué rumores. No hacía falta.