37
Los pasos se detuvieron ante la puerta del gabinete. Compton miró hacia la alcoba: la cortina todavía se movía.
—Milord —anunció el reverendo Pritchard—, sir Miles Wakefield.
Wakefield entró antes de que el obispo pudiera salir a su encuentro, agitando un pliego.
—Aquí está. Julian Vale ya es capitán.
Compton tomó el documento. Tenía el sello, los refrendos y la firma real. Todo estaba en regla.
—Contadme cómo lo habéis conseguido.
Wakefield sonrió. Llevaba todo el día esperando esa pregunta.
—Esta mañana cobré las mil doscientas guineas en casa de Ambrose Fielding.
Con setecientas convencí a un capitán de que echaba de menos la vida retirada, y el coronel aceptó la renuncia.
A Sayer le di cien para que consiguiera la firma del rey antes del mediodía.
Otras trescientas se han ido en caballo, armas y uniforme. Las cien que sobran son vuestras.
Dejó una bolsa junto al tintero.
Compton pensó en la cortina de la alcoba. Jasper estaba oyendo todo, pero si interrumpía a Wakefield ahora, el bufón sabría que tenía algo que esconderle.
—La reina puede darse por servida —dijo Wakefield—. Y he visto otras cosas. He pasado un buen rato en la antecámara del rey.
—Contadme.
—Dicen que Rochester ha vuelto a Londres y que fue él quien hirió a sir Silas Rowley. Nadie lo ha visto, pero todo el mundo conoce a alguien que sí. También dicen que la duquesa viuda de Ravensbourne se ha retirado indispuesta porque el rey pasó la noche en los aposentos de la reina.
Compton tomó las tenazas y movió un leño que no necesitaba moverse.
—Su Majestad no me ha hablado de ello.
—Danby debió de enterarse. Dicen que se pasó media noche furioso en la antecámara real. Esta mañana, en cambio, salió de la cámara del rey muy sonriente. Habla de mandar a lord Cavendish a La Haya y de sacar a lord Latimer de la casa de Monmouth. —Wakefield observó a su anfitrión—. ¿Os ocurre algo?
—El cansancio.
Wakefield no quedó convencido, pero siguió hablando hasta que Compton dejó las tenazas.
—Perdonadme, Miles. No me encuentro bien. Tengo los pies helados y la cabeza en otra parte. Necesito acostarme.
—Os dejo las cien guineas. Volveré mañana.
Al salir, Wakefield miró atrás. El obispo parecía perfectamente capaz de seguir en pie toda la noche.
Sus pasos se alejaron. Jasper salió de la alcoba apartando la cortina con la mano.
—Tenéis un amigo bien situado. Y una manera muy cara de fabricar capitanes. Mil cien guineas por un muchacho al que conocéis desde anteanoche.
—Lo pidió la reina.
—Ya lo sé. Lo he oído.
Compton dobló el despacho sin responder.
—Me prometisteis que vería a Mercy.
—Y la veréis. A las diez, en la escalerilla de la cámara del rey. Antes tengo que recogerla a la salida de Dorset Garden. Si la compañía se queda a cenar, tardaré más. El teatro da hambre, y a Mercy, además, le ha dado por enamorarse.
—¿De quién?
—De un hombre al que conocéis. Uno que os inquieta mucho.
—Hace años que renuncié a esa clase de sentimientos.
—Pues todavía os queda trabajo. Mercy está enamorada de Julian Vale. Del flamante capitán que acabáis de pagar.
A Compton se le crispó la mano sobre el pliego: la reina, según Gideon, y ahora la hija de Rose.
—¿Y él le corresponde?
—Mercy confía en que lo hará.
Jasper se ajustó el capotillo y salió sin añadir nada.
Compton se quedó solo con el despacho entre las manos. Si el muchacho era de Mercy, no podía ser de Catalina. Le avergonzó el alivio que le produjo esa idea, y no consiguió librarse de él.
Guardó el despacho en la sotana, metió las cien guineas en un cajón y llamó a Pritchard.
—Preparad la litera. Vuelvo a Whitehall.